Para entender dónde se descarriló la relación entre EE. UU. y Rusia tras el mundo unipolar de la posguerra fría, creo que estaría bien comenzar con House of Cards, temporada 3, episodio 6 , que se emitió en 2015, no es nada ortodoxo utilizar la ficción creada por el propio imperio americano para hablar de él, pero creo que se me entenderá gracias a ello (spoilers en los siguientes tres párrafos).
Dejé de ver House of Cards al final de la temporada 4, así que no sé qué pasó después, aunque sé que Kevin Spacey fue cancelado y eliminado de la serie tras una de las purgas en el entorno de la Revolución cultural progresista americana. Para aquellos que no lo han visto, la serie en sus primeras temporadas protagonizó a Spacey como Frank Underwood, un congresista demócrata blanco del sur de EEUU, y presenta la serie como el ascenso de este a la presidencia.
Para el momento de S3:E6, Underwood había alcanzado el puesto más alto y básicamente resolvió el problema de la paz en Oriente Medio a través de negociaciones con el presidente ruso «Viktor Petrov», un suplente de ficción obvio de Putin. Todo ha sido resuelto, excepto por un detalle molesto:
Los «homofóbicos» (utilizando la terminología progresista) rusos arrestaron a Michael Corrigan (John Pasternak), un activista estadounidense por los derechos de los homosexuales que hacía activismo en Rusia, no dejándolo ir hasta que se disculpe por hacer activismo LGTB en Rusia frente el país. Todo el trato se basa en esto, de lo contrario los rusos no aceptarán, es decir, se pide una renuncia a uno de las puntas de lanza del hegemón americano a cambio de un acuerdo beneficioso en Oriente Medio que liberaría muchos efectivos de dicho país.
Nuestro Putin de la ficción revela que tiene dos ministros del gabinete que son homosexuales, y el sobrino de su ex esposa, que es como un hijo para él, también es homosexual, pero a pesar de todo esto, debe tener en cuenta los sentimientos del pueblo ruso y no puede ceder en el Problema LGBT (esto asegura al espectador que ninguna persona inteligente puede estar en desacuerdo con ellos, solo tontos fanáticos de ideología). A Underwood realmente no le importa la cuestión LGTB ya que como realista político suele aparcar temas ideológicos en un segundo plano, pero a su esposa Claire (Robin Wright) sí, y conoce a Corrigan en su celda de la prisión, donde llega a simpatizar con el activista porque se niega a aceptar las condiciones de la liberación y exige, la mujer del presidente, que Putin acepte su homosexualidad. Claire se pone de lado del activista contra Frank y Putin. No estropearé el final para aquellos a quienes les importa, ya que no es relevante para apreciar la importancia del episodio.
“Viktor Petrov”, listo para lograr la paz en Medio Oriente siempre que tenga las manos libres para tratar con LGBT según las formas rusas, es decir que se respete la soberanía rusa respecto el tema, frente la mentalidad universalista que niega la soberanía de los estados (bajando si se quiere las defensas de estos en ciertas cuestiones) para configurar la administración de una forma deseada por los activistas progresistas en todas las naciones del planeta.
Hay dos cosas que entender sobre House of Cards. En primer lugar, es un programa hecho para personas que están muy involucradas en la política, tipos muy educados cuyas opiniones están moldeadas por lo que hay en The New York Times y The Atlantic, etc. En otras palabras, los liberales (progresistas) que quedan atrapados en las histerias de la corriente principal como el Russiagate, pero que no están tan enojados ni tan alejados como para estar al borde de la locura más desquiciada del despertar y no pueden apreciar una representación artística de los niveles más altos de la política estadounidense.
En segundo lugar, el tema del programa en sus primeras temporadas era que Frank y Claire son políticos despiadados que aplastarán a cualquiera que se interponga en su camino en busca del poder. Claire estaba dispuesta a hacer estallar un acuerdo de paz en Medio Oriente y tal vez las posibilidades de reelección de su esposo debido a una preocupación genuina por un activista por los derechos de los homosexuales, un raro ejemplo de idealismo en un programa conocido por tener una visión tan cínica como realista de la política. Claro, los Underwood son monstruos, pero ni siquiera Claire puede negar la fuerza moral de LGBT como un tema geopolítico. Para la audiencia del programa, impedir que árabes y judíos se maten entre sí palidece en importancia en comparación con su filantropía fanática.
El trasfondo de esto es que en 2013, Rusia aprobó una ley que prohíbe la propaganda LGTB hacía menores y en la sociedad rusa. Esto se produjo inmediatamente después del arresto en 2012 de miembros de Pussy Riot, un colectivo feminista de artes escénicas, por actos «sacrílegos» en la Catedral de Cristo Salvador en Moscú. Tres miembros del grupo fueron sentenciados a dos años de prisión cada uno, y dos de ellos cumplieron sus sentencias completas, y al ser liberados se enfrentarían a Putin de la ficción en la Temporada 3, Episodio 3 de House of Cards.
La respuesta de los medios estadounidenses a las Pussy Riot y la ley contra los homosexuales fue nada menos que histérica, y la cobertura de Rusia, un país que anteriormente había sido visto con gran indiferencia por las élites estadounidenses debido seguramente a la supremacía de este durante lo que podríamos llamar la Pax americana o unipolaridad de 1991-2012, una indiferencia qje nunca ha sido la misma. Mi impresión es que la ley contra la propaganda LGTB puede haber obtenido más cobertura en la prensa estadounidense que cualquier otro evento que haya ocurrido en Rusia desde la caída de la Unión Soviética.
En las elecciones de 2012, cuando Romney llamó a Rusia “nuestro mayor enemigo geopolítico”, Obama respondió con una geopolítica y unas relaciones más deterioradas con Rusia desde la Guerra Fría, de hecho, hizo un reclamo de que quería recuperar la política exterior americana de los 80 al respecto. Esto fue antes de la ley de propaganda LGTB. Aunque es difícil demostrar que este fue el punto de inflexión, como alguien que estaba estudiando relaciones internacionales en ese momento en un campus universitario y que prestaba mucha atención a la política estadounidense, se sintió como si se hubiera cruzado algún Rubicón y cualquier movimiento hacia relaciones más amistosas se había acabado. Era imposible ya para 2015 que se reencauzaran dichas relaciones, incluso antes del ascenso de Trump, Putin no era el líder de un país soberano, sino un villano de Hollywood.
En 2014, vimos el derrocamiento de Yanukovych, la toma rusa de Crimea y el comienzo de la guerra en el este de Ucrania. Si bien esto fue un gran problema para los halcones de la política exterior, no capturó la imaginación liberal de la misma manera que lo hizo la ley de propaganda LGTB. Russiagate requirió años de demonización para despegar y, a partir de 2016, Putin se convirtió no solo en un homófobo y antifeminista, sino en el ius hostis (enemigo legítimo) del EEUU progresista, un hombre que finalmente podría acabar con la democracia estadounidense.
¿Es el tema LGBT tan importante?

Creo que la mayoría de la gente va a ser intrínsecamente escéptica ante la idea de que las políticas LGBT y de identidad en general desempeñen un papel tan importante en los asuntos internacionales. Sin embargo, la gente tiene menos problemas para aceptar el hecho de que los problemas de guerra cultural en gran parte simbólicos relacionados con la raza, el género y la orientación sexual impulsan la política interna. Las élites de la política exterior son de la misma clase que los que crearon el Gran Despertar Progresista, y si su modelo de miembros de esta clase implica que sean fanáticos ilógicos y destructivos en cuestiones de identidad, debemos asumir que toman estas cuestiones en cuenta al pensar en asuntos internacionales. Sus suposiciones y convicciones más profundas y la construcción de la realidad a partir de ella dan forma a las formas en que discutimos temas geopolíticos, con los que la mayoría de los estadounidenses y por extensión los europeos que se intoxican con propaganda americana no tienen experiencia de primera mano.
Uno puede preguntarse por qué las Pussy Riot y la ley de propaganda LGTB rusa causaron una impresión tan grande en los Estados Unidos cuando otros países como Arabia Saudita tienen antecedentes mucho peores en estos temas. Hay unos 71 países en este momento que prohíben las relaciones homosexuales. Rusia ni siquiera hizo eso, y aparentemente hay una mundo LGTB en Moscú que se parece mucho a cualquier otro lugar de Europa.
La oposición rusa al LGBT provoca más en las élites estadounidenses que en las leyes y prácticas anti-gay en otros lugares porque Rusia es una nación que justifica sus políticas basándose en una apelación a los valores cristianos y tradicionales/nacionales rusos.
A diferencia de un país como Hungría, Rusia es en realidad es importante para la política internacional. Recuerde, estamos hablando de la misma élite que no se molestan en preocuparse por los negros que se disparan entre sí todos los días en las zonas pobres de EEUU. También son capaces de inventar excusas para aquellos que queman ciudades en respuesta a un oficial de policía que dispara a un criminal en el curso de un arresto. Por otro lado, los musulmanes homofóbicos, nunca inspirarán tanta furia justiciera en esta gente, en cambio, la plantilla de “cristianos conservadores blancos malos” es fundamental para su visión del mundo.
Mientras que populistas como Tucker Carlson y Sohrab Ahmari no están interesados en antagonizar a Rusia, la mayoría de los republicanos en el Congreso y en los think tanks más influyentes siguen estancados en la década de 1980 (viven aún en la Guerra Fría). Los demócratas a veces abogarán por una postura menos agresiva hacia Irán y China, pero se les ha vuelto imposible serlo menos hacia Rusia, la nación cristiana-occidental homofóbica que nos les dio a Trump y casi consigue que se destruya su democracia (en el imaginario colectivo de los más desquiciados).
El ascenso de Orban y otros populistas de derecha en Europa se ha sumado a la histeria. La forma en que los medios enmarcan el tema es una cuestión de “democracia versus autoritarismo”. Como he señalado antes, este encuadre es en su mayoría una tontería para justificar determinada política exterior. Este artículo del New York Times que vi recientemente, donde parece que los medios sesgados son una señal de autoritarismo, pero solo cuando ese sesgo es para apoyar a los conservadores o a opciones no conservadoras que no apoyan la democracia liberal:
NYT: «Europa del Este está involucrada en la «censura», que aparentemente se define por tener medios sesgados en la dirección equivocada que simpatizan demasiado con Djokovic. No hay un lenguaje común con el que hablarle a esta gente de “democracia”.
Convenientemente, este artículo sobre el aumento del autoritarismo en Europa del Este no menciona a Ucrania, que con una puntuación de 60 en uno de sus índices de democracia, es incluso menos “democracia” que Hungría ( 69 ), Serbia (64) o Polonia (82) según Freedom House. Tales algoritmos de clasificación de la democracia son estúpidos, pero cuando ni siquiera Freedom House puede fingir que Ucrania a la que se le venden armas, no se suele montar una histeria colectiva como la que se da contra Rusia.
Una vez que se comprende que la política estadounidense está motivada por una combinación de cabildeo de grupos de interés y resentimientos de guerra cultural para conseguir estatus por parte de la plutocracia occidental, la hostilidad hacia Rusia comienza a tener más sentido. Realmente se trata del «orden internacional basado en reglas», pero eso en realidad no significa seguir los fundamentos del derecho internacional como «no invadir otros países ni interferir en su política interna» como era tradicional en el derecho internacional, es todo lo contrario.
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Si de eso se tratara, uno podría responder efectivamente que EE. UU. ha tratado en las últimas décadas de derrocar a más países que todos los demás en el mundo juntos. Las élites de la política exterior ignoran a los teóricos antiintervencionistas que señalan este hecho, al igual que los miembros de su clase ignoran a quienes señalan que Hungría arresta a menos personas por hablar en la dirección que el Estado apoya que Francia.
El Brexit, Trump y el ascenso de Orban y otros populistas de derecha en Europa han ayudado a solidificar una narrativa en la que los piratas informáticos rusos y las operaciones de influencia están detrás de todo lo que las élites liberales encuentran desagradable, desde la oposición a los refugiados sirios hasta la prohibición de la teoría crítica de la raza.
Los detalles de los debates en torno a la de la expansión de la OTAN en la esfera de seguridad e influencia de Rusia, especialmente en Ucrania es lo que realmente le importa a Estados Unidos, pero lo que la gente sabe pierden en la historia más amplia, ya que las denuncias emocionales de Putin como fuente de toda actividad antidemocrática impulsan realmente dichas actitudes y políticas. Los hechos inconvenientes se ignoran porque en realidad no se trata de «democracia», «ley internacional» o cualquiera de las otras palabras que usan para ocultar el hecho de que se trata de guerras culturales que implican sometimiento a un modelo determinado, con el objetivo de aumentar el espacio de seguridad del Imperio exterior americano.
Entonces, ¿qué pasará en Ucrania?

Una vez que nos apartamos de los resentimientos por la guerra cultural y nos enfocamos en las duras realidades de la geopolítica, está claro que es posible que Rusia finalmente se salga con la suya, porque está dispuesta a arriesgar más por Ucrania que Estados Unidos y tiene la capacidad de amenazar o usar la fuerza militar para obtener lo que quiere. Cuando la decisión/determinación y las capacidades se alinean en el mismo lado, ese lado va a ganar. Por otro lado, la razón por la que a los estadounidenses no les importa Ucrania es que no le supone una victoria clave para mantener su influencia a los Estados Unidos, únicamente es arrinconar un poco más al viejo enemigo.
Las únicas preguntas ahora son hasta dónde llegará Putin y cuán duras serán las sanciones estadounidenses. Washington ahora se engaña a sí mismo creyendo que puede ayudar a facilitar una supuesta insurgencia en Ucrania. Esto no sucederá. Uno de los mejores predictores de insurgencia es tener los tipos de terreno que los gobiernos no pueden alcanzar, como pantanos, bosques y montañas, pero Ucrania es el corazón de la gran estepa euroasiática. Tiene algunos bosques en el noroeste y los Cárpatos orientales en el suroeste, pero es probable que Rusia ocupe como máximo el este y el centro del país, donde hay más hablantes de ruso, y dé la última palabra sobre cualquier nuevo gobierno que se forme en Kiev, siendo esté el programa de máximos.
Por otro lado, las áreas más pro-rusas son aquellas con terreno menos propicio para luchar con tácticas de insurgencia, pocos bosques, pocos accidentes geográficos, simplemente planicie en la que no se divisa el final. Por lo tanto, Rusia tendrá un poder militar abrumador en un área, que, por otro lado, puede tener mayor apoyo popular, un terreno que hará que la vida de los rebeldes sea extremadamente difícil. Sería prudente que su ejército dejara por otro lado, básicamente la mitad occidental de Ucrania a su suerte.
Incluso dejando de lado la geografía del país, no tengo conocimiento de ningún caso en el que un país o región con una tasa de fertilidad total por debajo del reemplazo haya luchado contra una insurgencia seria. Una vez que son el tipo de personas que no pueden o no quieren tener hijos, no van a arriesgar los pocos que se tienen y sus vidas por un ideal político. Cuando Estados Unidos invadió Afganistán e Irak, sus tasas totales de fertilidad eran de 7,4 y 4,7, respectivamente. Chechenia, donde Rusia ha enfrentado insurgencias en las últimas décadas, experimentó un auge demográfico después del colapso de la Unión Soviética y todavía estaba muy por encima del reemplazo con una TGF de 2,6 en 2020, frente a 3,4 en 2009, cuando terminó la última guerra de Chechenia. Ucrania está en 1.2. Vemos números como este y no nos detenemos a apreciar el gran abismo que separa la vida social y la disposición al combate con posibilidad de bajas de las naciones donde la persona promedio tiene 1 hijo de aquellos con 3 o más, mucho menos 6 o 7, cada uno.
En cuanto a la fertilidad, Rusia no es mucho mejor que Ucrania, pero tiene un Ejército competente y una poderosa fuerza aérea, y el bando que quiera librar una guerra de guerrillas tiene que ser el que esté dispuesto a sufrir un número mucho mayor de bajas. Hay un patrón constante de historia donde hay una conexión entre hacer la vida y estar dispuesto a sacrificarla. Por cierto, esta es también la razón por la que Hong Kong se pacificó fácilmente cuando China comenzó a tomar medidas drásticas, y por la que Taiwán se doblegará y no luchará contra una insurgencia si alguna vez se llega a eso.
Una debilidad del imperio estadounidense es que promueve ideales por los que pocos están dispuestos a luchar y morir. Estados Unidos enfrentó insurgencias feroces en Irak y Afganistán porque la religión y el nacionalismo son fuerzas motivadoras más poderosas que una preocupación por la definición occidental de “democracia”, e Irak solo fue pacificado a través de milicias religiosas chiítas con vínculos con Irán con ideales similares.
En Ucrania, el establecimiento estadounidense se ha sentido avergonzado por la realidad de que las organizaciones neonazis y nacionalistas fueron fundamentales para derrocar a Yanukovych y ayudaron a formar el nuevo régimen.Tampoco fue un accidente que Estados Unidos tuviera que depender de fundamentalistas religiosos para luchar contra la Unión Soviética en Afganistán en la década de 1980. Incluso dentro de los Estados Unidos, las élites liberales argumentan que están llevando los derechos de las mujeres a culturas atrasadas mientras se retuercen las manos por el hecho de que los estadounidenses que realmente luchan en nuestras guerras tienden a simpatizar con el «extremismo de derecha». Esta es la contradicción más pasada por alto del imperio americano; puede bombardear a quienes se resisten, pero Washington se encuentra menos efectivo cuanto más necesita depender de fuerzas terrestres, las cuáles implica que estén dispuestas a hacer sacrificios por sus ideales.
Una vez más, no hay una «gran estrategia» americana. Sabemos lo que quieren los rusos. Han dejado claro, abierta y consistentemente, que no quieren que la OTAN siga expandiéndose. Cuando se hizo evidente en diciembre que una invasión estaba sobre la mesa, EE. UU. inició un proceso diplomático que implicó tratar de hacer concesiones en otras cosas, mientras se negaba a sacar de la mesa la membresía de Ucrania en la OTAN.
Algunos han argumentado que actualmente no hay planes para llevar a Ucrania a la OTAN de todos modos, por lo que no hay nada de malo a exponerlo si puede ayudar a evitar una guerra. Este análisis está incompleto; la élite de la política exterior de los EE. UU. cree que todos los países de Europa deberían eventualmente ser parte de la UE y la OTAN, y que a ninguno se le debe permitir acercarse a Rusia o adoptar una forma de gobierno «no democrática», con la «democracia» nuevamente definida como tomar decisiones internas que reflejen los resultados de las políticas que los funcionarios del Departamento de Estado desean que un presidente demócrata implemente en casa. Como ha demostrado Adam Tooze en su excelente ensayo, la propia Ucrania está ejerciendo presión para ser miembro de la OTAN, como lo es la propia OTAN. Putin entiende que eventualmente, cuando Rusia sea más débil o tenga un presidente que esté menos dispuesto a usar la fuerza y la coerción económica para salirse con la suya, la élite estadounidense aprovechará cualquier oportunidad que tenga para hacer avanzar su posición.
Todavía es cierto que si Rusia invade y convierte a Ucrania en un estado fallido o subordinado, la membresía en la OTAN está fuera de la mesa de todos modos. Entonces, de nuevo, ¿por qué no realizar una garantía de no intentar integrar a Ucrania en la OTAN y evitar la guerra? Si EE. UU. tuviera algo llamado una «gran estrategia» que reflejara sus intereses geopolíticos y la jerarquización correcta de estos teniendo en cuenta las amenazas existentes y más tangibles, en lugar de políticas determinadas por los prejuicios e intereses de una determinada clase, esto es exactamente lo que haría.
Sin embargo, creo que Biden pudiera hacer un trato con Rusia si quisiera. En varios momentos de su carrera, Biden ha mostrado su voluntad de rechazar las sugerencias más locas de la élite de la política exterior en lo que respecta a Libia y Afganistán. Su retiro final de este último fue uno de los actos más valientes de un presidente que la mayoría de nosotros jamás veremos. Pero no creo que pueda hacer concesiones a Putin y sobrevivir. Biden sería devorado vivo por la élite americana que domina la política exterior, los medios de comunicación y el Congreso, uniendo a los republicanos en su oposición y dividiendo a los demócratas también en su contra.
Incluso los populistas de derecha escépticos de defender a Ucrania seguramente se emocionarán más por derribar a Biden que por lo que Estados Unidos realmente hace en Europa del Este, como lo demostraron sus ataques a la retirada de Afganistán que todos habían apoyado cuando Trump estaba en el cargo.
Si Rusia invade, probablemente veremos sanciones, que generalmente son ineficaces, pero permiten que Washington actúe como si estuviera “haciendo algo”. La economía rusa podría sufrir, pero las sanciones son un arma de doble filo y empujarán a Moscú más cerca de Beijing además de la posibilidad de presiones inflacionarias en la UE que no podrían ser suplidas con un aumento de la oferta iraní de gas, lo que Washington dice no querer, pero parece decidido a hacer de todos modos es buscar avanzar y hacer depender más aún a la UE de su gas, más caro que el ruso por carecer de infraestructura.
Esto sería algo que las élites estadounidenses considerarían cuidadosamente si tuvieran una gran estrategia, pero no la tienen, y EE. UU. continuará por el camino contraproducente de alienar a las otras dos superpotencias en su contra. Pocos aprecian la conexión entre la incompetencia impulsada por la ideología en el país y su influencia en la política en el extranjero, siendo quizá este caso uno más de muchos que pasará desapercibido al ojo de la mayoría.

