Formalismo político: El poder como centro absoluto, el individuo como ofuscación liberal.

Los derechos, como muchas otras cosas, son un constructo social. Ningún individuo los posee inherentemente porque ningún individuo es anterior a la sociedad, ni puede existir como individuo sin ella, es decir, la condición de persona y su individualidad es debido a la comunidad a la que pertenece. Los derechos emanan, en consecuencia del centro social fundador, del Poder.

Afirmar que existe algún tipo de derecho universal, ajeno al contexto social, tradicional e institucional en el que se encuentra cada persona, es llevar la voluntad de un Poder concreto a una posición de dominio al respecto otro rival interno o externo que niega este «derecho universal» (de forma real o ficticia) y que normalmente es presentado como perverso o tiránico. De hecho la invención de estos derechos como universales proviene de una tradición y una serie de instituciones concretas en un lugar del mundo concreto, que se han sobrepuesto en el mundo del activismo, estudio en las academias de derecho y periodismo como hegemónicos, sin ser más que otra colección de argumentos para legitimar acciones normalmente internacionales contra poderes igual de poderosos o menores, a los cuales se quiere subyugar por su deslealtad o por un simple ímpetu centralizador en competición con el de los promotores de derechos universales contra el poder que supuestamente los niega.

En otras palabras, es una ficción jouveneliana (de competencia por el poder) donde la periferia (la parte de la sociedad sin poder real alguno) consiste de un individuo definido como entidad anterior a cualquier interacción social, el Poder central podríamos encontrarlo en las élites transnacionales (las cuales obviamente tienen Estados Núcleo), y los intermediarios serían las distintas soberanías nacionales que se les oponen. El proceso de difusión del concepto lo lleva a cabo una red de fundaciones, medios de comunicación, universidades y organizaciones “de la sociedad civil”; su objetivo es la desestabilización política que llama a la centralización fuera de las fronteras (o al menos parcialmente), lo describe Charles Bartles en Getting Gerasimov Right:

«Para los rusos, el patrón de cambio de régimen por la fuerza de los Estados Unidos ha seguido estas líneas: decide ejecutarse una operación militar; se encuentra un pretexto apropiado, puede ser evitar un genocidio, persecución de algún grupo que podría ser aliado, neutralizar armas de destrucción masiva y, finalmente, se lanza la operación para cambiar al régimen.

Sin embargo en Rusia empiezan a creer que el patrón de golpes de Estado apoyados por EE. UU. ha sido suplantado en gran medida por un nuevos métodos. En vez de una invasión militar, la primera señal de un ataque estadounidense viene de la implantación de un bloque político opositor a través de propaganda estatal (CNN, BBC) o de otros canales más o menos afines a una u otra administración Occidental, el internet y las redes sociales, así como también a través de organizaciones no-gubernamentales (ONGs). Luego de una instalación exitosa de estas entidades o medios a través de los que se promueven la disidencia, el separatismo y/o la agitación social, al gobierno legítimo enfrenta muchas dificultades para mantener el orden por los cauces ordinarios (y en ocasiones extraordinarios).

Mientras la situación empeora, los movimientos disidentes son alimentados y se fortalecen; operaciones especiales no declaradas, milicias convencionales o privadas (contratistas de defensa) pueden ser introducidas para luchar contra el gobierno y así causar todavía más estragos. Una vez las fuerzas del gobierno legítimo son obligadas a aplicar medidas cada vez más agresivas para mantener el orden, los Estados Unidos o sus aliados adquieren un pretexto para la imposición de sanciones económicas y políticas, a veces incluso sanciones militares, como zonas de exclusión aérea, maniatando a los gobiernos sitiados y promoviendo incluso más disidencia.

Eventualmente el gobierno colapsa resultando en anarquía. Fuerzas militares bajo el nombre de Peacekeepers pueden ser empleados para pacificar el área en caso de triunfo del golpe (en caso de fallar es posible una guerra civil como el caso sirio) y de ser necesario, un nuevo gobierno afín a los Estados Unidos a Occidente o a la facción propuede ser instalado.»

Fuente: Bartles, C. K. (2016) Getting Gerasimov Right. Military Review, 96(1), 30-38.

La justificación para este nuevo método de centralización política informal más allá de las fronteras de una comunidad política percibido por los rusos y demás opositores a la hegemonía estadounidense ha sido el concepto en muchos casos defendido bajo la idea de los derechos humanos y de la democracia. Sobra decir que no hace falta comulgar con estos centros de poder opositores (a Occidente) para poder ver el proceso en acción.

Pero lo que quiero explorar aquí no es tanto la aplicación del concepto por parte del Poder, sino su consistencia. Es posible, por ejemplo, que una ficción o idea de poder que corresponda a algún aspecto verídico de la realidad, si bien no es común históricamente. En este sentido hace falta analizar críticamente al individuo de la modernidad.

Primero, hay que decir que este individuo lleva siempre alguna deidad implícita, pues sólo un recuento mítico es capaz de darnos esta clase de persona presentada como «individuo soberano» que elige libremente (como si pudiera abstraerse de sus creencias, opciones realistas constreñidos por las condiciones materiales etc.). La antropología y, sobre todo, algunas observaciones básicas de la realidad humana, testifican contra dicho concepto (aunque esto sería motivo de otra publicación).

Los humanos somos seres sociales, después de todo, y nuestra socialidad es lo que nos define. Desde que somos bebés, por ejemplo, dependemos de lazos sociales preestablecidos, y en nuestra niñez nuestra debilidad física la compensa un muro de cuerpos físicos. Aprendemos a ver el mundo a través de la interacción con los otros, de su instrucción, adoctrinamiento, creencias implícitas en el lenguaje y otras que son herencia imperativa. Aprendemos nuestros deseos igualmente de los otros, a través de la mimesis.

Se nos imponen obligaciones, se divide las labores. Esto es algo que las bestias algo inteligentes saben hacer. Lo que distingue al orden humano es la naturaleza de su autoridad, impregnada de una esencia religiosa (incluso hoy en día con mitos como la democracia y la ideología democrática o fundamentalismo democrático).

No se trata de que el individuo más fuerte mande por ser fuerte. En efecto, su fuerza es en sí misma un poder, pero hace falta más que eso para alcanzar y, sobre todo, conservar, la soberanía; dígase, el Poder, en mayúscula. En lo amplio de la comunidad su fuerza sólo es otra entre muchas, y no puede apuntar una daga al cuello de todos sus subordinados. Es otra cosa la que les une.

Para Bertrand de Jouvenel esta fuerza era un misterio. De ella escribía:

Una simple orden es suficiente para que el tumultuoso torrente de vehículos que, en todo un vasto país, se desplaza por la izquierda cambie y se desplace por la derecha. Basta una orden para que un pueblo entero abandone sus campos, sus talleres y oficinas e invada los cuarteles.

Semejante subordinación, dice Necker, no puede menos de sorprender a los hombres capaces de reflexión. Esta obediencia de un gran número a un pequeño grupo es un hecho singular, una idea casi misteriosa.»

— Bertrand de Jouvenel, B. (1945) Sobre el Poder. Historia natural de su crecimiento P.38.

Si vemos a los órdenes humanos como apenas relaciones contractuales entre individuos tiene sentido asombrarse de que puedan ser comandados con tanta facilidad. Uno podría incluso llegar a considerar la necesidad de establecer medidas de protección para el individuo, alguna manera de educarlo para que piense en y por sí mismo, pues es en exceso susceptible al Poder, pero esto es sólo una llamada a un Poder mayor para actuar, como delineamos antes. No es más que un mito que normalmente podemos ver en las sociedades liberales occidentales.

Ahora, si aceptamos el rol definitivo y constitutivo que tiene la autoridad sobre el individuo, la imagen resulta más clara. El individuo en sentido estricto pasa de ser una categoría universal, una definición casi divina, que se convierte en un mero punto alrededor de centros de poder mayores, actuando a voluntad de fuerzas que la superan en todo sentido, fuerzas sociales de colectividad.

Todos los saberes del individuo los define una autoridad o centro a través de la forja de tradiciones, todos sus deseos los deriva de una estructura mayor, todas sus acciones las enmarca un contexto social, de modo que hablar de derechos universales tiene poco sentido, como establecimos al inicio. No hace falta defenderle de nada porque no es una entidad separada del tejido social por una esencia mística ni por mitos originarios cuestionables, él es el tejido social y por ello su sumisión ante el Poder y sus subsidiarios es total.

No se le puede proteger tampoco de las influencias de su sociedad sin irrumpir en ella y deformarla. Precisamente es eso lo que el Poder hace para derrotar a sus intermediarios que niegan su verdadero poder (pongamos el caso de los nobles y el clero durante el absolutismo frente a la monarquía absoluta) a través de la centralización, proceso descrito por de Jouvenel, revelando más así la conexión entre los reclamos por derechos y el dominio del Estado moderno.

Afirmar supremacías culturales en esta esfera no se sostiene, porque para efectuar esos juicios de valor hace falta una tradición, instituciones que la propaguen y Poder que todo lo sostenga; no es posible salir de la Matrix. Los ilustrados estaban equivocados. No se puede iniciar una duda radical, y generar puntos neutrales. Es de la centralidad del Poder que nace la centralidad del conocimiento ya que siempre se piensa al respecto un centro si no sé es un complejo utópico, hasta Foucault lo reconocía.

Ahora bien, la base antropológica opuesta a la ontología liberal de individuos atómicos y desligados se encuentra delineada en un campo de estudio inaugurado por Eric Gans hace un par de décadas ya. Para Gans, la cultura humana nace de un punto singular en el tiempo, de un evento significativo. Lo llama la “escena originaria” (mi calco, por falta de uno traducción mejor), y construye sobre los aportes de René Girard su antropología generativa.

Nos pinta Gans la idea de una tribu de pre-humanos, no tanto en el sentido biológico como en el psicosocial, o bien, para sensibilidades más tradicionales, en el sentido espiritual; un prefijo más adecuado sería proto, eran proto-humanos. Estos proto-humanos carecen de lengua. Se organizan socialmente por la fuerza bruta, por el conflicto y la imposición puramente física de la voluntad, si es que se puede llamar voluntad a los procesos que habitan su mente, o mente a aquello que dirige su carne.

Los proto-humanos, al igual que nosotros, son miméticos. La mimesis genera conflicto, porque imitando al otro aprendo a desear a través de él, pasando de ser un par a ser un enemigo. Gans modela su escena originaria como una crisis mimética colectiva. Nos habla de un centro alrededor del cual todos los miembros de la tribu se congregan, y lo ilustra con la figura de una presa recién cazada, cazada además luego de mucho tiempo de escasez.

El centro los atrae a todos, los llama desde sus mentes primitivas, desde su hambre. Entonces todos se lanzan hacia la presa, rompiendo así la jerarquía animal de alfas y betas. Todos van en un furor animal porque, a fin de cuentas, eso es lo que son. Algo diferente ocurre, sí. No terminan despedazándose. Un miembro duda antes de llegar a la presa; un miembro que está más cerca del centro que el resto, de modo que todos son capaces de verlo perfectamente. Esta duda pudo expresarse como un movimiento de la mano, digamos, y es un gesto que todos los demás copian en su furor, uno tras de otro, hasta que todos gesticulan de la misma forma hacia el centro.

El gesto es arbitrario, bien pudo haber sido una mano, o un pie el alzado, o bien un giro del cuello, o agachar la cabeza. Con que fuese lo suficientemente notorio bastaba, y fue esta naturaleza puramente arbitraria lo que lo hizo trascendental; el gesto supuso el primer símbolo, la primera forma con un significado definido por quienes lo producen e interpretan. Gans lo llama gesto abortivo de apropiación.

La pronunciación de este gesto significó el colapso del orden animal y fundó una nueva jerarquía lingüística, una jerarquía humana, con el centro, la presa, encarnando una entidad divina que detuvo el descenso abrupto a la violencia (Girard es muy notorio en esta parte). Así es como Gans concluye también que el lenguaje humano es fundamentalmente un mecanismo para evitar la violencia, y es una constante redirección de los deseos y rencores meméticos hacia un centro, que bien puede o no estar definido, o puede o no ser visible, dependiendo de si lo ocupa una persona o una figura física o más abstracta.

El gesto es en sí una expresión abarcada por el modo ostensivo, modo más simple del lenguaje, consistiendo apenas de llamar la atención hacia algo. Así, desarrolla Adam Katz, fue que nacieron el modo imperativo (llamar la atención de manera prolongada hacia algo), luego el modo interrogativo (llamar la atención hacia algo que no está presente) y el declarativo (llamar la atención hacia algo que no existe, o que no tiene forma concreta); es decir, el modo ostensivo, y su existencia dependiente de un centro constante, suponen la fundación de todo el lenguaje humano.

Que si la escena originaria carece de pruebas arqueológicas (los pensamientos no dejan ruinas), o si entra en discordia con los modelos de evolución biológica (no lo hace explícitamente, sólo se opone a su aplicación sobre la consciencia humana) es algo irrelevante, dado a que su poder explicativo es superior a los recuentos darwinistas del origen del lenguaje, y el valor de una teoría no reside en cuántas “pruebas” esta puede amasar, sino en cuán buenos son sus modelos a la hora de predecir y explicar fenómenos concretos; la antropología generativa, en esencia, explica la existencia de todas las disciplinas, porque explica el origen de los bloques que las sostienen—el pensamiento humano, posible sólo a través del lenguaje al respecto un centro social—de un modo en que ninguna otra puede hacerlo. “The big one discipline“, le llamó Katz.

Gans era liberal, sí. No estaba tan consciente de las implicaciones de su idea. En ese aspecto se parecía mucho a de Jouvenel. La escena originaria de Gans pintaba a todos los miembros en igualdad ante el centro, mientras que la escena originaria posteriormente formulada por Katz nos habla de una dimensión además del espacio entre el centro y la periferia. Katz nos habla del tiempo en el que cada miembro iteró el signo. El primer miembro tuvo que estar más cerca, y tuvo que haberlo hecho antes que todos los demás, de modo que toda la comunidad fuese capaz de observarlo y seguidamente copiar el gesto. De otro modo tendríamos a una parte de la comunidad en furor animal consumado, despezándose entre ellos por su ignorancia del signo, y a otra parte, consumida por la primera forma divina, a merced del primer grupo.

La figura del primer miembro gesticulando nos deja un concepto fundamental: la primicia. El primero en descifrar el signo, en conocer al centro, se ve en la responsabilidad de contener a sus hermanos de la violencia. Esta contención no puede darse por la fuerza solamente. Esto rompería la propia naturaleza del acto. Se da a un nivel más profundo, a un nivel, de nuevo, psicosocial, o espiritual si se quiere. Es el primero de todos el que posee mayor consciencia del centro, y es quien insta a todos los demás. En otras palabras, la espontaneidad del signo no es igual en todos los que lo ejecutan. No hace falta pensarlo mucho para conectar esta idea con la magia del Poder que tanto impresionaba a de Jouvenel anteriormente mencionada.

Pero, más importante, la primicia, y la responsabilidad que conlleva, justifican la existencia del Poder. Habrá siempre individuos en la sociedad que, debido a ciertas características innatas y parcialmente acrecentadas a través de la socialización, se verán más cerca del centro social que el resto, y se verán en la responsabilidad de retrasar la violencia inherente a nuestras disposiciones miméticas. Son los intermediarios, las autoridades sociales.

Ahora, para Gans y para Katz, una de estas autoridades sociales es capaz de ocupar al centro en sí. “El hombre fuerte”, según el recuento extendido de Gans, por su propia fuerza, riqueza y carisma, fue capaz de usurpar el centro, siendo así el fundador de la monarquía, y de los imperios divinizados, del cesaropapismo, pero no es necesariamente un requisito para la existencia del orden humano. Simplemente es una expresión particular. El centro bien pueden ser nociones vagas de deidades, de fenómenos naturales. Pueden ser ídolos, ancestros, virtudes. Puede tratarse de ideas de colectividad. Lo único constante es el centro que mantiene a toda la comunidad unida. Un centro humano simplemente hace todo más sencillo de mapear, pues incluso en estos órdenes donde un hombre no necesariamente encarna al centro, eventualmente se necesitará tomar decisiones de vida o muerte que afectan a todo el orden, y ahí habrá alguien de carne y hueso invariablemente. El soberano, después de todo, es aquel que define la excepción, a quien todos claman cuando el cielo se cae.

Así, el formalismo político, basado en el modelo jouveneliano, sólo es la conclusión lógica de la antropología generativa en la política, del mismo modo en que las concepciones de las tradiciones todo-contenedoras del pensamiento humano según Chris Bond, partiendo de Alasdair MacIntyre, lo son para el campo de la epistemología y la ética.

Esta línea de pensamiento apunta hacia una sola dirección: la centralidad humana, la necesidad de primeras causas para todo fenómeno en el reino humano, que recordará, quizá poco sorprendentemente, a la filosofía de antiguos como Santo Tomás de Aquino, o a la de Sir Robert Filmer.

En efecto, hace unos cuantos siglos, esta forma de ver el mundo, si bien no explicada en términos lógico-positivistas, más bien en términos metafísicos y filosóficos, era perfectamente comprendida y celebrada como correcta. Existía en los mitos, en la consciencia popular, en el arte.

Y, en verdad, no es que haya cambiado esta realidad con la llegada de la modernidad. Sólo se ha ido ofuscando por necesidad del Poder, algo que también es explicable a través del propio modelo. No se trata la verdadera disidencia de negarse a la centralización, o negarse a todo aquello que es moderno por ser, en el fondo, una deformación de una tradición. Al final estos son hechos que responden a necesidades de los que ocupan o quieren ocupar el centro. Se trata de reconocer esta realidad, lo inescapable que es, lo sumergidos que estamos en sus mecanismos, y cómo nos desarrollamos por y para ella, de modo que podamos hacerla más visible, estable y perfecta. Se trata de adoptar el centro más sólido de nuestro entorno y reforzarlo aún más, de construir centros paralelos que puedan desplazar a los centros menos formales, a los inestables y vacuos.

Formalizar no es más que hacer visible aquello que ya es. Sólo así es posible utilizar el lenguaje para su función última. Persistir en engaños conflictivos, como el individualismo, el liberalismo, la democracia, y los derechos humanos, es quizá la fuerza más destructiva para cualquier sociedad. Efectivamente imposibilitan un ordenamiento orgánico, y sumen a quienes habitan su periferia en ese furor animal que el signo evitó, a la vez que los subordina cada vez más a sus designios; es anarco-tiranía completa.

El liberalismo nos vuelve bestias. Podrá decir darnos todos los derechos del mundo, pero no hace más que cegarnos ante su propia guerra eterna, ante su inestabilidad innata. Y nos ciega ante mundos con mejores órdenes y mejores gentes. Es necesario, entonces, oponerse a toda doctrina que tenga por madre al orden liberal (localizado en el individuo solo supuestamente) de la modernidad y a sus semejantes en la antigüedad.

Debemos aspirar a un centro verdaderamente absoluto y formal, a un centro que cumpla su función en vez de guerrear contra quienes deben cooperar para ordenar y dar propósito a sus gentes. Hemos de volver para luego poder avanzar. Hemos de asegurar y reconocer al Poder para fortalecer una seguridad poderosa y visible pero, sobre todo, una seguridad formalizada, sin ocultamientos ideológicos.

Geopolítica de China: La teoría de la historia de Xi Jinping.

“La historia siempre avanza de acuerdo con sus propias leyes a pesar de los giros y vueltas, y ninguna fuerza puede detener sus ruedas giratorias. La marea del mundo está avanzando. Los que se sometan prosperarán, y los que resistan perecerán «.

—Xi Jinping, discurso en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú (2013)

Para comprender la política exterior de la República Popular China, primero comprenda esto: Xi Jinping cree en las “leyes de la historia”, y quiere que sus diplomáticos y su administración también crean en ellas.

Las relaciones exteriores de un país no pueden reducirse completamente a la ideología personal de un solo hombre, por prominente o poderoso que sea. Pero en el caso del secretario general Xi Jinping, esto no es por falta de intento. Xi recuerda constantemente a los que trabajan en las embajadas de China que su primera lealtad es el Partido Comunista de China y su primer deber es implementar las directivas del Comité Central (que dirige el propio Xi). Esto para un presidente de Estados Unidos y la superestructura y el diseño diplomático con numerosas burocracias con autopoder y relativamente autónomas que mantienen su Imperio es realmente impensable un centro que haga esa función de disciplina a la burocracia, Xi debe lidiar con un aparato de política exterior que no está acostumbrado a tener un rumbo marcado por ser una superpotencia. Pero a diferencia de sus homólogos estadounidenses, Xi ha tomado medidas claras para domesticar la máquina.

Comunicar su visión precisa de la política exterior le preocupa a Xi: ningún secretario general chino ha pronunciado más discursos sobre asuntos exteriores. Se han creado nuevas oficinas (Comisión Central de Asuntos Exteriores que es dependiente de Xi) y órganos de coordinación (Comisión de Seguridad Nacional del Partido Comunista de China) para darle forma a la burocracia , todo con Xi a la cabeza. La iniciativa de política exterior característica de Xi, La Franja y la Ruta, (One Belt, One Road) que consiste en la iniciativa del Estado chino que tiene como objetivo construir una red de comercio e infraestructura que conecte Asia con Europa y África a lo largo y más allá de las antiguas rutas comerciales de la Ruta de la Seda, incluso se ha incluido en la constitución del Partido Comunista. Dos veces Xi ha convocado a todo el Politburó, el estado mayor general y los comandantes regionales del Ejército Popular de Liberación, los cuadros principales del Ministerio de Relaciones Exteriores y el Departamento de Trabajo del Frente Unido, y todos los embajadores en servicio de China en Beijing para escuchar sus instrucciones personales.

En la segunda de estas dos reuniones, dio a conocer el “Pensamiento de Xi Jinping sobre Asuntos Exteriores”, un conjunto de principios y pautas que se supone que todos los funcionarios públicos de China que se enfrentan al exterior deben memorizar, internalizar e implementar.

Xi Jinping comenzó ambas reuniones revisando las «tendencias subyacentes» de nuestro tiempo. «No debemos permitir que nuestras opiniones se vean bloqueadas por nada intrincado o transitorio» , dijo el líder del aparato de política exterior de China en 2014. «En cambio, debemos observar el mundo a través del prisma de las leyes históricas». Xi ha dado consejos similares en muchas otras ocasiones. Uno de los primeros se produjo en una conmemoración del 4 de mayo de 2013, cuando Xi aprovechó el aniversario para aconsejar a las nuevas generaciones de China que:

«… Basar sus ideales y convicciones en el reconocimiento racional y la aceptación de las teorías científicas, en una comprensión correcta de las leyes de la historia y en una comprensión precisa de las condiciones nacionales básicas; siga aumentando su confianza en el camino, las teorías y el sistema chinos; tener más fe en la dirección del Partido y seguir siempre al Partido en la defensa del socialismo chino.»

Xi no estaba abriendo nuevos caminos cuando unió «teoría científica», «leyes de la historia» y «fe en la dirección del Partido». Durante una generación, la Constitución del Partido Comunista de China ha abierto su justificación del gobierno del Partido con la declaración «El marxismo-leninismo revela las leyes que gobiernan el desarrollo de la historia de la sociedad humana». La capacidad del Partido de vanguardia para discernir estas leyes y desarrollarlas en “teorías” de acción coherentes valida el papel primordial del Partido en la vida china. Xi explicó esta línea de razonamiento en el 95 aniversario de la fundación del Partido. «Adoptar el marxismo como nuestra guía para la acción», dijo, permitió a los comunistas de China «liberarse [ellos] de las limitaciones de todas las fuerzas políticas anteriores, que se centraron en perseguir sus propios intereses especiales» y «nos permitió aferrarnos al materialista visión dialéctica «.

Xi deja en claro que la versión del análisis histórico materialista que guía la política del Partido «no ha permanecido estática» desde los días de Marx. Este es un «sistema científico teórico que se adapta a los tiempos». Como tal, «debemos creer que el sistema teórico del socialismo con características chinas es la teoría correcta para guiar al Partido y al pueblo hacia la realización del rejuvenecimiento nacional».

Xi repite constantemente —y presumiblemente cree— que, como administradores de un modo de análisis «científico» y materialista, su Partido está en una posición única para discernir las leyes de la historia. Pocos otros gobiernos, cuya visión está corrompida por intereses de clase o partidistas, pueden estar tan seguros de haber «captado el pulso de los tiempos».

Es mucho más difícil, sin embargo, encontrar explicaciones de cómo se supone que los cuadros utilizan la teoría materialista y marxista de dialéctica de la historia en la práctica. Miembro del Politburó y exjefe del Ministerio de Relaciones Exteriores de Yang Jiechi intento de explicar este aspecto del Pensamiento de Xi Jinping sobre Asuntos Exteriores sigue siendo vago y poco práctico:

Debemos captar con precisión la gran tendencia en el desarrollo del mundo y la China de la Nueva Era. [En 2018] El secretario general Xi Jinping ha enfatizado que para comprender la configuración internacional, debemos ser capaces de ver con precisión los asuntos desde la perspectiva de la historia, la perspectiva de la situación general y desde la perspectiva del papel [de China dentro del todo].

No está claro cómo se analiza un tema desde el punto de vista de la «historia» (suena una completa abstracción), el orden existente y el papel del país en el conjunto. Yang, en cambio, se lanza a un resumen de la evaluación de Xi de cada una de estas tres preguntas. Yang no muestra cómo Xi llegó a estas conclusiones, sino que celebra que el Núcleo del Partido haya logrado hacerlo.

El secretario general Xi describe consistentemente este tema con una frase que ahora se ha convertido en un eslogan oficial del Partido: “el mundo moderno está experimentando grandes cambios nunca antes vistos en un siglo”. Varios comentarios del partido han intentado su mano en la decodificación de esta frase. Hace un siglo, el manto del poder y el motor del crecimiento económico global se trasladó de Gran Bretaña a los Estados Unidos, nos recuerdan estos comentarios, lo que significa que ahora deben estar ocurriendo cambios de igual importancia. El corazón de la economía mundial se desplaza del mundo desarrollado al mundo en desarrollo, señalan, y el centro del poder mundial se mueve de Oeste a Este. Esta marea no se puede cambiar. Como explicó Xi Jinping al cuerpo diplomático chino en 2014:

«La tendencia creciente hacia un orden multipolar no cambiará. Debemos ser plenamente conscientes de que el ajuste económico mundial en curso no será fácil; también debemos reconocer que la interconexión económica no se detendrá. Debemos estar plenamente alerta a la gravedad de las tensiones y los conflictos internacionales; también debemos reconocer que la paz y el desarrollo son la tendencia subyacente de nuestro tiempo y permanecerán sin cambios.»

En un discurso tras otro, Xi enseña que el arco de la historia se inclina hacia la «multipolarización» y la «interconexión». Cada uno se enfrenta a sus propios obstáculos (al estilo maoísta, describe estos obstáculos como «contradicciones» vinculadas a las fuerzas productivas que crean las propias tendencias), pero esos obstáculos no pueden revertir la tendencia general. Después de todo, como Xi instruyó en 2018, “El desarrollo del mundo siempre ha sido el resultado de contradicciones que se entrelazan e interactúan entre sí”. Más importante es que los cuadros tengan «una profunda apreciación de la esencia y la situación general» para que no «se pierdan en una situación internacional compleja y cambiante». La clave es identificar las fuerzas de la historia que trascienden cualquier crisis individual y asegurar que el Partido-Estado se mueva a favor y no en contra de su desarrollo.

Como haría cualquier marxista adecuado, Xi identifica estas fuerzas de la historia como poderes desatados por las fuerzas productivas materiales de nuestra época. Estas fuerzas son independientes de la voluntad humana -algo que quién escribe esto le parece uno de los problemas centrales del marxismo por recurrir continuamente a fuerzas impersonales- el producto de desarrollos materiales que ningún individuo puede esperar controlar.

Una de sus declaraciones más directas de esta misma creencia marxista fue entregada, irónicamente, a los «capitalistas» reunidos en Davos para el Foro Económico Mundial de 2017 del que podríamos pensar que Xi dice muchas cosas que para un realista político son una «burrada» pero que parece afirmar sinceramente:

«Desde una perspectiva histórica, la globalización económica es el resultado de una creciente productividad social y un resultado natural del progreso científico y tecnológico, no algo creado por individuos o países…. Hubo un tiempo en que China también tenía dudas sobre la globalización económica, pero… llegamos a la conclusión de que esa integración con la economía global es una tendencia histórica.
… Te guste o no, la economía global es el gran océano del que no puedes escapar. Cualquier intento de cortar el flujo de tecnologías de capital, productos, industrias y personas entre las economías y canalizar las aguas del mar de regreso a lagos y arroyos aislados simplemente no es posible. Va en contra de la tendencia histórica.»

¿Importa que Xi Jinping crea que hay un telos de los tiempos? (Seguramente no sea tan ingenuo) Es posible que todo esto sea solo una narrativa. Si no puedes convencer al mundo de que le gustas, al menos puedes convencer al mundo de que eres inevitable. Y para un secretario general preocupado por la decadencia de la “fe” de los cuadros del Partido, afirmar que el Partido ha dominado las leyes de la historia tiene un atractivo ideológico. Pero descartar todo esto como mera retórica es difícil de cuadrar con el escenario en el que Xi apela al «pulso de los tiempos». Uno no llama a todos los embajadores en Beijing solo para aburrirlos con los últimos trucos de propaganda. Xi convoca estas reuniones porque tiene una idea exacta de cómo quiere que sus diplomáticos, burócratas y generales hagan su trabajo. Direcciones como estas se parecen menos a discursos de campaña electoral y más a manuales de instrucciones.

También existen vínculos claros entre las fuerzas que Xi cree (o dice creer en términos propagandísticos) que gobiernan el futuro y las estrategias que ha respaldado para guiar el ascenso de China al poder. Como todos los líderes del Partido desde los días de Deng Xiaoping, Xi ha declarado que la «misión histórica» del Partido Comunista es devolver a China a su posición de eminencia premoderna. Los comunistas chinos han creído durante mucho tiempo que esto requerirá transformar la naturaleza del orden internacional. Ellos declaran abiertamente que cualquier orden cuyas estructuras de gobierno y sustentos morales estén entrelazados con ideas e ideales liberales no puede acomodar con seguridad a una potencia asiática. Para salvaguardar la estrella en ascenso de China, Xi debe encontrar una manera de aumentar la riqueza y el poder de China mientras crea un entorno internacional que sea «más propicio» para el socialismo chino que el que existe ahora.

Xi Jinping ha calificado su solución a este problema como «el camino del desarrollo pacífico». Ni la frase ni la estrategia que evoca son nuevas en la era Xi; de hecho, cada vez que él usó la frase en la década de 2010 fue un recordatorio sutil de que China no había ido a la guerra en cuarenta años. Pero «el camino del desarrollo pacífico» no es solo una decisión para evitar la guerra con potencias extranjeras. Es una búsqueda para construir el poder chino y remodelar el orden global a través de un desarrollo «interconectado» o «beneficioso para todos». Esta fórmula rechaza implícitamente la agitación revolucionaria de los días maoístas de China y se opone a las intervenciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio. Pero, ¿por qué ha decidido el Partido que las herramientas militares son de uso limitado para lograr su orden mundial preferido? Xi ofreció su respuesta en un seminario de 2013 sobre trabajo diplomático: “El camino del desarrollo pacífico es la elección estratégica del Partido en consonancia con los tiempos y alineada con los intereses fundamentales del país”.

En otras palabras, el “desarrollo pacífico” fue una decisión estratégica deliberada del Partido. Fue adoptado porque nuestra era está definida por dos tendencias irreversibles: la integración económica internacional y el surgimiento de las economías en desarrollo. En una era así, vincular el desarrollo de China “con el desarrollo común de otros países en desarrollo” y construir una “red de asociación económica y tecnológica que vincule todas las partes del mundo” con China es la forma más eficaz de aumentar el poder y la influencia chinos sin sufrir grandes pérdidas, únicamente hay que esperar a que acumulen el suficiente poder y riqueza. En este entorno, la violencia abierta es una mala herramienta de cada al exterior para aumentar el poder nacional o la influencia internacional. Como dijo Xi en uno de sus primeros discursos como secretario general del Partido Comunista de China:

«La marea de la historia es poderosa. Los que lo sigan prosperarán, mientras que los que se resistan perecerán. Mirando hacia atrás en la historia, podemos ver que aquellos que lanzaron la agresión o buscaron la expansión por la fuerza terminaron en fracaso. Esa es una ley de la historia. Un mundo próspero y estable brinda oportunidades a China … El éxito en nuestra búsqueda de un desarrollo pacífico depende en gran medida de si podemos convertir las oportunidades del resto del mundo en oportunidades para China.»

De esta creencia (que también tiene mucho de propagandística) se derivan muchas de las características distintivas de la política exterior china en la era de Xi Jinping. En su discusión del Pensamiento de Xi Jinping sobre Asuntos Exteriores, Yang Jiechi hace explícita esta conexión entre las tendencias de la época y el programa de política exterior de Xi:

«Visto desde la perspectiva de la situación [internacional] general, la paz y el desarrollo siguen siendo el tema de nuestro tiempo. [Por lo tanto] debemos seguir enarbolando la bandera de la paz, el desarrollo y la cooperación de beneficio mutuo. Debemos [continuar] construyendo un nuevo tipo de relaciones internacionales y la comunidad de destino compartido para la humanidad … [y] debemos adherirnos firmemente a la senda del desarrollo pacífico, participar más activamente en la gobernanza y desempeñar un papel más importante en la asuntos internacionales. Comprender con precisión las nuevas leyes que gobiernan la interacción de las interacciones de China con el mundo y controlar activamente la nueva dirección de China y el mundo.»

La explicación de Yang Jiechi favorece la taquigrafía opaca del Partido. Frases como «construir un nuevo tipo de relaciones internacionales», construir «la comunidad de destino compartido para la humanidad» y «participar más activamente en la gobernanza global» y «controlar activamente la nueva dirección de China y el mundo» denotan una amplia gama de las políticas que el Partido-Estado ha seguido durante la última década. Una breve lista de estas políticas podría incluir:

-Los billones invertidos en la iniciativa «Belt and Road» , que utiliza proyectos de infraestructura para vincular el futuro del mundo en desarrollo a la economía china.

-El impulso de Beijing para reformar las instituciones internacionales existentes o fundar otras completamente nuevas (por ejemplo, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura).

-La decisión de Beijing de rechazar las alianzas militares o políticas formales en favor de las «asociaciones» económicas y tecnológicas sin comprometerse así estratégicamente.

-La directiva de Xi Jinping de que el Partido debe adoptar un » enfoque holístico de la seguridad nacional » que ponga las amenazas a la «seguridad ideológica», la «seguridad económica» y la «seguridad cultural» de China en el mismo plano que las amenazas militares tradicionales.

-La campaña de China para proporcionar la próxima generación de infraestructura digital y de alta tecnología para el mundo, y un intento correspondiente de influir en la “gobernanza global” de Internet y los estándares industriales de los sectores tecnológicos emergentes.

-El creciente perfil del trabajo del “Frente Unido” (aglomera a todos los partidos políticos legales del país) , donde agentes y organizaciones del Partido intentan forjar directamente relaciones con individuos de partidos políticos y organizaciones cívicas extranjeras (a menudo con sobornos) con la esperanza de utilizarlos como peones.

-La militarización de los lazos económicos de China con el mundo exterior, con el Estado confiscando propiedades extranjeras, excluyendo a los extranjeros del mercado chino o boicoteando los productos extranjeros para castigar el comportamiento o el discurso fuera de China en contra del hegemón que pueda considerarse amenazante.

Como sugiere ese último punto, el compromiso del Partido con una estrategia de desarrollo pacífico no es un compromiso de abandonar la coerción. Xi Jinping sabe que uno de los beneficios que proviene de «trabajar duro para formar una red altamente integrada y mutuamente beneficiosa a través de una amplia cooperación económica, comercial y tecnológica» es que permite al Partido-Estado reemplazar el derramamiento de sangre con menos desorden pero aplicando formas de coacción. Xi entiende que «a medida que China ha aumentado su dependencia del mundo y su participación en los asuntos internacionales, el mundo ha profundizado su dependencia de China». Cree que el Partido debe aprovechar este hecho a su favor.

Pero, ¿y si cambia la tendencia global? ¿Cambiarán esos medios también? Esto no se puede predecir antes del hecho. El Partido Comunista de China no está ideológicamente preparado para un futuro en el que Xi ha leído mal las hojas de té. Qué sucede si las “tendencias de la época” ya no permiten que el Estado-Partido chino acumule poder y ejerza influencia a través de estas herramientas es una pregunta abierta. Si el desarrollo económico interconectado y la coerción económica a nivel interno y a veces externo pierden su utilidad, no sabemos a qué herramientas recurrirá el Partido en su lugar.

Lo que sí sabemos: el compromiso de China con el desarrollo pacífico se basa en la creencia de su líder de que la globalización y la integración económica son una ley histórica irrevocable. En días de depresión y pandemia, este es un pensamiento inquietante. Seguramente el mandatario del gigante asiático sepa que simplemente China debe quedarse quieta en lo que respecta a aventuras militares y tratar de tomar el control de más y más mercados de forma paciente.

Sobre la difusión de ideas.

La cuestión de cómo se difunden las ideas debería ser bastante central para la teoría política, pensaría usted, pero obviamente no lo es, porque la teoría política aceptable o políticamente correcta sostiene el concepto sagrado de individuos racionales capaces de tomar decisiones claras y razonadas a este respecto, por lo que obviamente la difusión de ideas se debe a la obvia corrección de las ideas que se difunden como el sol e iluminan a todos (progreso), o al menos ese es el mito. Después de todo, esta es una sociedad democrática (irónicamente hablando), y todos los aspectos de la política se basan en esta premisa. Cualquier negación de las desviaciones en este proceso en el que el individuo se ilumina por las ideas genuinas (y no es iluminado como realmente ocurre) supone una gran afrenta para cualquier individuo contemporáneo, pues hablar en contra de ese principio niega la frágil individualidad liberal.

Entonces, ¿cómo se difunden las ideas? Hay una serie de formas obvias de transmisión que están cubiertas por el proceso mimético de Rene Girard (los humanos imitamos los deseos y adopta las ideas de otros mediante socialización y, así, quiere los mismos objetos que el otro) , pero tal vez la mejor pregunta no sea tanto cómo se propagan, sino cómo se generan. No solo la teoría política, sino la economía que está subordinada a la política, no explica realmente la génesis o la difusión de las ideas, porque su actor central es defectuoso. Entonces, podemos preguntarnos «¿por qué ha tenido tanto éxito el progresismo?» o «¿por qué son tan populares los juguetes de plástico basados en ‘Frozen’?» la única respuesta oficial que puede producirse es una narrativa basada en la idea de que los individuos han tomado decisiones racionales y razonadas y han llegado a la conclusión de que X es superior a otras opciones. La preferencia del individuo es santa aunque realmente lo es más como afirmación performativa de individualidad o de la «libertad» que como algo real, es decir, más de lo que creemos está en cierta manera determinado.

Sin embargo, sabemos que esta preferencia está controlada y acorralada, en los mercados y en la política. Industrias, corporaciones enteras se basan en la generación de preferencias. El fiasco actual que involucra al Partido Republicano es una demostración de que este proceso se está rebelando en nombre del liberalismo (las cosas se refrescan desde la “derecha”. Pero esto plantea la pregunta, ¿de dónde sacan sus ideas los acorraladores y controladores?

Teniendo esto en cuenta, aquí hay una conclusión polémica a la que he señalado anteriormente y que es inherente a «On Power» de Bertrand de Jouvenel, y es que el poder crea el entorno en el que se seleccionan las ideas. El sistema de gobernanza –seguro o inseguro– dicta qué ideas finalmente tienen éxito y, como tal, estas ideas no se cultivan de manera racional, sino que se hacen inevitables por la lógica de los roles de los actores dentro del sistema.

Un monarca en una posición de poder débil, u otros actores de poder en una situación similar, favorecerán ideas y conceptos que aumentan su poder y socavan a sus competidores. Este será un proceso del que los participantes se convertirán eventualmente en marionetas, aunque al principio esto no será obvio. El monarca e incluso en ocasiones la nobleza subieron la baja en un proceso de nivelación que fue señalado por Tocqueville hace mucho tiempo, pero en este punto era claramente cínico. Este proceso fue una guerra indirecta de desgaste que se llevó a cabo mediante un diseño consciente.

Desde Juan de Gante que protegió al reformista religioso John Wyclif ya que simpatizaba con sus ideas de aumentar el poder civil frente al poder eclesiástico (padre intelectual según algunos de los Husitas y de los protestantes) y, a los reyes y electores del norte de Europa que albergaron y alentaron a los agitadores protestantes, a los «monarcas ilustrados» que fomentaron y alentaron la Ilustración, el juego ha sido el mismo, y en línea con la lógica de su insegura posiciones. El fracaso de los monarcas en controlar este proceso por más tiempo condujo a las revoluciones y al sistema democrático actual que sólo puede verse como un completo fracaso sistémico desde este punto de vista.

Todo está en piloto automático, con el proceso de nivelación a nivel interno en los que cada élite aspirante tiene grupos protegidos en los que basan su política pasando de ser una simple táctica cínica de poder ocultada bajo ideas, a ser la razón de ser del sistema, y cualquier desviación de este se castiga con la sustitución de los actores en cuestión, un bucle de retroalimentación de la ideología que se refuerza a sí mismo, siendo seleccionado por el poder, que selecciona para sus fines memes o productos ideológicos.

El protestantismo, el liberalismo y luego el progresismo nacido en Estados Unidos (1897 – 1920) es, por tanto, y ha sido, elegido por el poder de acuerdo con este proceso de nivelación y selección. El poder puede impedir que se propaguen ciertas ideas o por el contrario poder puede financiar grupos de pensamientos que le puedan ser útiles para expandir o mejor su posición, por supuesto, el ímpetu general no es la exactitud de la idea. Cualquier concepto o teoría que esté en la superficie (aunque sea claramente demencial) prosperará si es de valor en este proceso, y lo que es de valor en este proceso cambia, y siempre en la misma dirección eventualmente – más nivelación o reorganizar la sociedad-. Así es como se organiza una conspiración que parece que no ha sido organizada y al parecer es producto de la selección de las ideas por los individuos y colectivos.

Una buena forma de ver este proceso implementado en la “resistencia” al sistema progresista imperante es observar el desarrollo de ideas populares y exitosas en el conservadurismo y, posteriormente, en la extrema derecha. No hay forma de que se pueda argumentar que la adopción de ideas y teorías en esta área ha sido un proceso de descubrimiento de la exactitud de las mismas ideas y teorías sino que se han generado, tanto en los partidos conservadores, como en grupos de internet asqueados al respecto estos partidos.

De las segundas casi ninguna trasciende si estamos atentos ya que su combinación con lo aceptable por los partidos conservadores únicamente les serviría para ser más atacados mediáticamente (a menos que tratarán de destruir el propio sistema político que ellos mismos construyeron y patrocinaron), en este sentido las barreras de lo aceptable son empujadas por la clase dominante y el progresismo resulta ser más funcional mientras que el conservadurismo parece ser el guardián a la derecha. Cualquier cosa lo suficientemente desviada como para ser una amenaza será expulsada si pone en duda lo fundamental sea desde la izquierda o desde la derecha.

Poder y cultura

Llevo desde hace tiempo leyendo a algunos autores de derecha alternativa no cristiana que postulan que se necesita una nueva religión como medio para detener la «islamización» de Occidente. Ahora, mientras comparto sus preocupaciones sobre la inmigración, no estoy de acuerdo con absolutamente todo lo demás.

El primer punto de desacuerdo es con su concepción de la ventaja epistémica . No lo compro. Las ideas no ganan porque convencen con su brillante verdad. Existe una antropología seriamente sospechosa en funcionamiento bajo ese supuesto, que no toma en cuenta los hechos reales ni los conflictos estructurales dentro de la superestructura de poder. Iré más allá y afirmaré que existe una antropología liberal modernista en funcionamiento que se basa en conceptos liberales de interacción humana.


En realidad, lo que tiene éxito no se basa en un valor epistémico, es decir que sea claramente falso o verdadero. Lo que tiene éxito es lo que tiene valor para los sistemas de energía/poder en los que existen. El ejemplo del auge del cristianismo es un buen caso. El cristianismo primitivo, observado desde la premisa de que el poder determina la cultura y los centros de poder inseguros utilizan argumentos y grupos sin importancia política en su favor para reforzar su posición. Parece que es aplicable y aunque necesitaré investigar más el caso parece que es aplicable al dicho cristianismo primitivo.

Hay un libro de aspecto interesante con el título “Constantine and the Bishops” de H.A Drake, que parece indicar que el cristianismo fue controlado funcionalmente por obispos que se encontraban posicionados fuera de la estructura de poder tradicional romana que se convirtieron en aliados imperiales en un momento determinado.

Incluso hay afirmaciones de que el poder en la forma del emperador actuó sobre qué cepas del cristianismo tuvieron éxito:


Su preocupación por el orden y la estabilidad dentro del imperio también lo llevó a intervenir en las disputas cristianas internas, las dos más importantes fueron las relacionadas con la herejía arriana en Oriente y el cisma donatista en el norte de África. Al rastrear cómo Constantino lidió con los dos casos, Drake demuestra que en ambos » mostró una tendencia constante a ponerse del lado de los cristianos que serían inclusivos y no crearían problemas sustanciales para la estructura de poder imperial » (p. 250). Al tratar con rigoristas donatistas, arrianos inflexibles y padres nicenos puristas, Drake concluye: “Constantino favoreció no solo la paz y la armonía, sino también la inclusión y la flexibilidad” (p. 271). El argumento es que la agenda de Constantino era favorable “un cristianismo moderado e inclusivo, que a su vez sería parte de una coalición de cristianos y paganos unidos detrás de una estructura política que pretendía proporcionar un espacio público en mayor o menor medida religiosamente neutral” (Ibid.). Lo que sucedió en los últimos años de su reinado, según Drake, es que “Constantino perdió el control de la agenda cristiana y de los obispos, en última instancia, la narrativa dentro de dichos grupos con influencia creciente” (p. 272).

Me parecería que en el caso de Constantino tenemos un poder inseguro que actúa sobre la cultura y religión para satisfacer sus propias necesidades lógicas de perpetuación y estabilidad del centro de poder primario (Estado Imperial). No hace falta un gran salto de imaginación para transportar este mecanismo a la actualidad y observar la transformación del cristianismo en un unitarismo o ecumenismo tolerante, inclusivo y flexible. El poder dicta o al menos interviene mediante el mecenazgo de ciertos grupos en la cultura, la cultura no dicta el poder.

¿En caso de una islamización masiva como teme parte de la derecha mainstrem en Europa se convertirá la élite europea en masa al Islam? No.

Si todos desarrollamos una religión sofisticada de nueva cuña como indique al principio que sustituya el vacío epistémico ¿eso ayudaría? No. El poder actuaría en consecuencia para convertirlo en inclusivo, flexible y tolerante. Esto se puede lograr simplemente haciendo ilegal cualquier versión de la religión que no sea tolerante o funcional para el poder. Esto ocasionaría por propio realismo a «moderados» que harían que la religión fuera «moderada» para que pudiera practicarse. Estos moderados se encontrarían misteriosamente tremendamente exitosos y abundantes en subvenciones. Obviamente porque tienen una ventaja epistémica sobre las ramas no inclusivas, ultramontanas o fundamentalistas. Nada en política gana porque sea claramente cierto, puro o evidentemente más correcto, sino que se ve sometido a las contingencias del propio realismo político.

republica.del.logosIncluso hay afirmaciones de que el poder en la forma del emperador actuó sobre qué cepas del cristianismo tuvieron éxito :
Su preocupación por el orden y la estabilidad dentro del imperio también lo llevó a intervenir en las disputas cristianas internas, las dos más importantes fueron las relacionadas con la herejía arriana en Oriente y el cisma donatista en el norte de África. Al rastrear cómo Constantino lidió con los dos casos, Drake demuestra que en ambos » mostró una tendencia constante a ponerse del lado de los cristianos que serían inclusivos y no crearían problemas sustanciales para la estructura de poder imperial » (p. 250). Al tratar con rigoristas donatistas, arrianos inflexibles y padres nicenos puristas, Drake concluye: “Constantino favoreció no solo la paz y la armonía, sino también la inclusión y la flexibilidad” (p. 271). El argumento es que la agenda de Constantino era favorable “un cristianismo moderado e inclusivo, que a su vez sería parte de una coalición de cristianos y paganos unidos detrás de una estructura política que pretendía proporcionar un espacio público en mayor o menor medida religiosamente neutral” (Ibid.). Lo que sucedió en los últimos años de su reinado, según Drake, es que “Constantino perdió el control de la agenda cristiana y de los obispos, en última instancia, la narrativa dentro de dichos grupos con influencia creciente” (p. 272).
.
Me parecería que en el caso de Constantino tenemos un poder inseguro que actúa sobre la cultura y religión para satisfacer sus propias necesidades lógicas de perpetuación y estabilidad del centro de poder primario (Estado Imperial). No hace falta un gran salto de imaginación para transportar este mecanismo a la actualidad y observar la transformación del cristianismo en un unitarismo o ecumenismo tolerante, inclusivo y flexible. El poder dicta o al menos interviene mediante el mecenazgo de ciertos grupos en la cultura, la cultura no dicta el poder.
.
¿En caso de una islamización masiva como teme parte de la derecha mainstrem en Europa se convertirá la élite europea en masa al Islam? No.3 Me gustaResponderrepublica.del.logosSi todos desarrollamos una religión sofisticada de nueva cuña como indique al principio que sustituya el vacío epistémico ¿eso ayudaría? No. El poder actuaría en consecuencia para convertirlo en inclusivo, flexible y tolerante. Esto se puede lograr simplemente haciendo ilegal cualquier versión de la religión que no sea tolerante o funcional para el poder. Esto ocasionaría por propio realismo a «moderados» que harían que la religión fuera «moderada» para que pudiera practicarse. Estos moderados se encontrarían misteriosamente tremendamente exitosos y abundantes en subvenciones. Obviamente porque tienen una ventaja epistémica sobre las ramas no inclusivas, ultramontanas o fundamentalistas. Nada en política gana porque sea claramente cierto, puro o evidentemente más correcto, sino que se ve sometido a las contingencias del propio realismo político.

Las ideas nunca gobiernan.

Alguna gente afirma que los hombres de ideas impulsan la historia y que los hombres de acción bailan sobre sus hilos de marioneta. Este planteamiento se ha presentado habitualmente en mi mente y lo cierto es que me cuesta creerla en muchos casos. A continuación explicaré el motivo.

«Cuando los hombres de prestigiosa sacrifican todas las ideas de dignidad por una ambición sin un objeto distinto que su propio fin, y trabajan con instrumentos bajos y para fines bajos, toda la composición se vuelve baja y vil».

—Edmund Burke

César, el verdadero César, ya conocéis al tipo, mató a cientos de galos y saqueó una cantidad asombrosa y alucinante de oro por la pura emoción de la conquista y para hacerse inmensamente rico. La dignidad de las antiguas tradiciones de Roma exigía que César regresara a casa como un buen niño para enfrentar un duro escarmiento por desequilibrar las relaciones de poder. Sin embargo, Roma era un pozo negro degradado, corroído por las luchas facciosas, y César, bueno, todavía usamos su nombre en muchos casos de forma mayormente positiva.

Los hombres de acción gobiernan y se guían por las externalidades del día a día, no por los ideales de los filósofos. Los filósofos que se dice que «inspiraron» la Revolución Francesa, de hecho, seguramente no lo hicieron tanto como creemos y lo hicieron más el auge de la pequeña y mediana burguesía urbana y de las provincias que en mayor o menor medida se encontraba organizada políticamente y prefería un cambio estructural, algo que por supuesto salió mal para todos. Rousseau, Voltaire y similares estaban simplemente proporcionando unos textos para la racionalización post-hoc, en el mejor lenguaje intelectual.

En las Revolución inglesa en el siglo XVII, y después de sus carreras, sirvieron simplemente para validar el refuerzo del poder central que había vivido Europa durante aquellos años, tal nivel de destrucción . Los gobiernos de Reyes absolutistas habían sido en su mayoría edificados por curas, reyes y hombres ambiciosos (véase el Cardenal Richeliau, el Cardenal Mazarino, el Conde Duque de Olivares o el Cardenal Cisneros). Sin embargo, el absolutismo en sí mismo, en lugar de ser ideológico, fue un desarrollo que surgió de las luchas de poder entre la Corona, la Nobleza y el Clero que más tarde fue justificado por intelectuales absolutistas y teóricos del derecho divino que surgieron después de que dicha tendencia de concentración de poder fuera percibida pero no nombrada (en el momento previo a que los intelectuales argumentaron en favor de dicho sistema). 

Quizá podríamos encontrar como precedente al caso del absolutismo al teórico de la soberanía Jean Bodin, que aunque teorizaba en el contexto de las guerras de religión de la misma forma que hizo Hobbes es cierto que el proceso de refuerzo de los monarcas estaba ya realizándose antes de que publicara sus seis libros sobre la República y bien podríamos atribuir más a las contingencias geopolíticas entre reinos europeos que necesitaban explotar sus recursos internos de forma más intensiva para poder competir geopolíticamente que a otro motivo ideológico.

Como dije, los hombres de acción hacen lo que su voluntad de poder requiere e inspiran en numerosas ocasiones a la clase intelectual. La antigua dinámica del bardo elogiando al gran guerrero no ha cambiado sustancialmente ni un poco.

La carrera intelectual de Marx se dedicó a justificar a la parte más igualitaria de la Revolución Francesa representada por Robespierre y Saint Just de la misma forma que admiraba los propósitos revolucionarios de la Comuna de París y en menor medida interpretó el golpe de Napoleón II contra la II República como una forma de limitar las aspiraciones socioeconómicas de la primera parte de la II República, un reflejo exacto de Carlyle, que dedicó parte de su obra a Napoleón y Cromwell. El intelectual en ocasiones termina su «carrera» siendo utilizado una vez más, por los hombres de hechos (y no de ideas) posteriores, como prenda para envolver su desnuda política de poder.

El político-sacerdote secular e inmanentista (ideologizado) o trascendental (religoso) que, teniendo poder, intenta poner una idea en el trono invita al desastre. Voegelin los llamó «gnósticos». Los hombres de ideas no dirigen la historia porque un hombre, que tiene poder, debe dominar la idea o dejarse dominar por ella. Si ha dominado la idea, se convierte en Cromwell o en el propio César. Augusto, al intentar salvar la República, se convirtió en la República encarnada, aniquilando el ideal. Si la idea domina al hombre, obtenemos la espiral de pureza. Porque una idea en un trono significa un trono vacío, y en su nombre comienza una lucha simiesca y brutal por ocupar el centro espiritual ejemplificando pureza. Esta lucha la debe detener necesariamente un hombre de hechos, que debe ocupar el trono con la mayor decisión aunque supuestamente este ocupado por una idea, y muchas veces termina teniendo que matar a los adherentes de la idea cuando se oponen a su poca ortodoxia.

.

Lenin no tomó el poder de acuerdo con el dictado de Marx, no tomó el poder como representante de un proletariado organizado, sino que se lo arrebató por tener una superior garra política al por entonces Gobierno Provisional y cuando intento instalar las ideas de Marx como gobernante de Rusia, su vida y la vida de sus verdaderos creyentes se truncó ante la dura realidad política. Un gobierno no se instala como un programa de computadora, no se construye, se prueba y se depura por la mano sabia de un hombre inteligente y de pensamiento recto. El poder se lucha, con uñas y dientes: la refinada política de gabinete del Barroco, perfeccionada en un arte tan fino y preciso como su mejor música y pintura.

Carlos II fue restaurado por el Parlamento; por un Parlamento que tenía las espadas del general Monck apoyadas en la nuca. No literalmente, pero ¿importa si la espada está fuera o envainada? El caso de Carlos II es aún mejor dado que aunque era aborrecido por el Parlamento, finalmente, el general Monck, anteriormente al servicio de Cromwell decidió que la anarquía reinante era intolerable y en consecuencia sometió al Parlamento para así restaurar el orden. Sin embargo, es un hecho que el decoro y la cortesía de esa época están tan muertos y enterrados como la dignidad y el honor del Senado romano en el 49 a. C.

Monck no era un idealista. Era amigo de Cromwell, no un hombre cuya cabeza sonaba con » dieu et mon droit «. Los hombres de ideas durante la Revolución Inglesa que querían reformar y rehacer toda la institucionalidad eran los miembros del Parlamento Barebone que bien podría ser llamado como una asamblea de puritanos, en particular, sus miembros fueron señalados por su presunta baja condición social, su puritanismo y su relativa falta de experiencia política por la élite anglicana y demás opositores a dicha idea. Estoy seguro de que Monck pensó, o esperaba, que sería una revolución suave, una «revolución acogedora». (Y, por supuesto, estoy usando a Barebone como representante de toda su «élite» para simplificar). Monck era solo un tipo con un ejército que estaba harto de eso tras años de anarquía. Cuando hablo de «hombres de hechos» y «hombres de acción», esto es lo que quiero decir. Monck vio los hechos y tenía un ejército. Más anarquía o el rey Carlos. Carlos II intentó una vez que Monck traicionara a Cromwell. No lo haría mientras este estuviera vivo, por supuesto. Sin embargo lo hizo una vez Cromwell estaba muerto. Monck era leal a Cromwell. Si fuera un hombre de ideas, tal vez hubiera intentado construir un “cromwellismo” (tal y como hemos apuntado más arriba esto posiblemente hubiera ahondado más en qué admiradores de Cromwell buscarán la pureza de la idea creando aún más anarquía). Como era un guerrero y un hombre de hechos, se puso del lado de la realidad.

Incluso Carlos II hizo descuartizar a una docena de personas. Ni cerca de un millón o como suele pasar en la política contemporánea. Pero mató a personas que importaban. Si tienes la cabeza llena de nociones de democracia o de cualquier ideología masas, todos son importantes para el poder. Si crees en la realidad, sabes que pocos gobiernan y solo necesitas matar a unos pocos. Esta es necesariamente una diferencia de grado más que de otro tipo. ¿Es uno realmente más parecido a un simio que otro? El democidio o las masacres contemporáneas es para la democracia o para las ideologías de nuestra época lo que el regicidio es para la monarquía. Uno es más feo y causa infinitamente más sufrimiento. Pero, ¿el motivo básico es diferente? El mismo cuerpo de Cromwell fue exhumado y ahorcado. ¿Es este el acto de un mono o de un hombre? ¿Sufrió mucho la Restauración por este vil y pueril estallido de sentimiento simiesco? La respuesta es, ni un poco . Los guardias de Monck tuvieron que golpear a muchos puritanos en las calles, una simple demostración de dominio que no ha cambiado mucho desde la era tribal.

Es hora de dejar de preocuparse y aprender a querer más hombres de acción, porque la diferencia está clara dentro de la elección entre Monck que comprende la realidad y Robespierre que no. Tampoco podemos olvidar que el poder real es pragmático, realista, maquiavélico, arriesgado y una pizca de sociopata (amoral e ignorante de las externalidades), si es hábil provechará casi cualquier oportunidad posible. Limitadas solo por limitaciones tecnológicas y materiales, (no por la moral) las ideologías pueden distorsionar el espacio de pensamiento y, por lo tanto, crear o romper oportunidades para los jugadores maquiavélicos y hombres de acción, por desgracia afectan (significativamente) en lo que es posible y lo que no y creo que cualquiera de mis seguidores tiene una idea de lo importante que es la cultura a este respecto.

La conclusión es que la primera y segunda guerras púnicas se ganaron con este tipo de hombres la mayoría aristócratas de la antigüedad y que son precisamente análogas a la primera y segunda guerras mundial de la civilización occidental, aunque nos quieran hacer creer que en el segundo caso ganó la democracia, lo cierto es que la idea poco hizo por la victoria aliada-soviética. Pero estamos en aguas inexploradas, porque en el ciclo de vida de nuestro organismo-cultura, Cartago ganó. El imperio mercantil marítimo gobernado por una teocracia enloquecida derrotó al imperio terrestre militarista.

Progresismo, conservadurismo y élite gerencial: La «guerra de clases» no está sucediendo dónde crees en los Estados Unidos de América.

Según el progresismo culto público favorecido por nuestra élite, los Estados Unidos y Europa occidental hoy son según nuestra intelligentsia (élite intelectual) serían algo así como «meritocracias imperfectas divididas y perjudicadas principalmente por diferencias de raza y género, y no por clase». Cualquiera cuya carrera y sus aspiraciones laborales o intelectuales  no dependa de afirmar esta narrativa puede ver mucho más a través de ella.  Es obvio que los conflictos de clase han incendiado el mundo del Atlántico Norte.  ¿Pero cuáles son las clases a día de hoy?

Si bien el proletariado sigue siendo un término bastante difuminado y que cuesta identificar a día de hoy los pensadores económicos estadounidenses tenían razón en que a mediados del siglo XX el poder económico había pasado del hipertrofiado Estado construido tras la Segunda Guerra Mundial y de los propietarios de negocios a una nueva clase dominante de tecnócratas o burócratas, cuyos ingresos, riqueza y estatus están vinculados a sus posiciones en grandes organizaciones jerárquicas (es decir, organizaciones sin fines de lucro, agencias gubernamentales, empresas industriales y financieras, etc.).

Podríamos utilizar el término «sobreclase» o «élite gerencial» para describir este grupo.  Un concepto similar, aunque no idéntico, es lo que se conoce, después de Barbara Ehrenreich, como la «clase profesional-gerencial» (CPG).  Cualquiera sea la terminología que prefiera utilizar, las generalizaciones sobre todas las élites occidentales deben ir acompañadas de un análisis más preciso a nivel de cada país.  En el caso de referirse solo a los EE. UU (siempre es el mejor ejemplo dado que es el Estado núcleo de la civilización occidental), creo que es útil ir más allá de la distinción básica entre la clase alta y la clase trabajadora e identificar grupos distintos dentro de cada uno.

Solo los marxistas más primitivos y fundamentalistas creen que un pequeño grupo de capitalistas individuales controla las sociedades detrás de escena. La élite gerencial propiamente dicha consiste en funcionarios de corporaciones, grandes bancos de inversión, firmas de abogados, agencias gubernamentales, tanto civiles como militares, organizaciones sin fines de lucro y universidades.  Pueden tener títulos profesionales, pero son esencialmente hombres y mujeres de organización en entidades centralizadas, jerárquicas y burocráticas.  Son los principales beneficiarios del sistema político que sucedió al sistema postliberal (en tanto entre los años 20 y 50 el capitalismo del liberalismo decimonónico sufre grandes reformas) establecido en el último medio siglo para reemplazar el orden del New Deal.

Pero la élite estadounidense incluye otros tres grupos, además de estos gerentes burocráticos. Uno consiste en rentistas hereditarios: herederos nacidos en familias ricas. Los viejos tipos de dinero deben distinguirse de los nuevos magnates como Bill Gates o Jeff Bezos, que tienden a ser productos de familias de clase media alta o modestamente ricas que se volvieron increíblemente ricos. No prestaré más atención al dinero antiguo esta publicación ya que las descripciones al respecto son abundantes. 

 En alemán se ha hecho una distinción entre el Besitzbürgertum (burguesía propietaria) y el Bildungsbürgertum (burguesía educada).  Los equivalentes de estos dos grupos existen hoy en los Estados Unidos.  Son distintos de los gerentes de las grandes organizaciones importantes en la política estadounidense fuera de toda proporción a pesar de su extenso número. Agruparlos como «clase profesional-gerencial» confunde las cosas.  Llamémoslos la burguesía profesional y la burguesía de las pequeñas empresas.

La burguesía profesional, compuesta por abogados, médicos, profesores, maestros de educación primaria y secundaria, periodistas, trabajadores sin fines de lucro y muchos miembros del clero, se concentra en los sectores de enseñanza, ayuda e investigación.  Sus trabajos a menudo se pagan modestamente, pero proporcionan tanto un estatus como un grado de autonomía personal que los funcionarios gerenciales mejor pagados en ocupaciones más jerárquicas no poseen.

.

La burguesía de las pequeñas empresas está formada por los propietarios-operadores de pequeñas empresas y franquicias, junto con contratistas genuinos (a diferencia de los «trabajadores» proletarios), tanto los que trabajan por cuenta propia como los que emplean a otros.

En los Estados Unidos (si no necesariamente en otros países occidentales), la sobreclase ampliamente definida, entonces, puede verse como un compuesto de la élite gerencial clásica más estas dos clases burguesas.  Un diploma universitario de cuatro años es un requisito previo para ingresar a todos estos grupos de élite, excepto para la burguesía de las pequeñas empresas, que incluye a algunas personas que se vuelven prósperas sin asistir a una universidad.

La clase trabajadora en los Estados Unidos también está dividida.  Primero, está la clase trabajadora del interior, aquellos que trabajan en las industrias y empleos ubicadas en el zonas extraurbanas de baja densidad de población. Estas industrias incluyen manufactura, agricultura, energía, distribución minorista y almacenamiento.

Luego está la clase trabajadora de la ciudades y metrópolis.  Esta clase de trabajadores se puede encontrar en metrópolis como Nueva York, San Francisco, Atlanta y Houston.  Muchos de estos miembros trabajan directamente para la clase superior urbana como limpieza, niñeras y otro personal doméstico, o indirectamente en servicios de lujo que atienden a la élite acomodada y a buena parte de la clase media muy acomodada.

(Una nota: por la «clase trabajadora del interior» no me refiero a la «clase trabajadora blanca» estereotipada. La mayoría de los afroamericanos e hispanos son trabajadores con educación secundaria que viven y trabajan en suburbios y extraurbanos. Esas áreas también contienen muchos  Los trabajadores nacidos en el extranjero, aunque los inmigrantes de primera generación representan una mayor proporción de las poblaciones de las ciudades centrales).

A las distintos tipos de clase trabajadora se puede agregar un tercer grupo no élite, a menudo descrito como el lumpenproletariado, o, quizás más claramente, la «subclase».  (En la década de 1990, el progresismo y la gente afiliada al mundo políticamente correcto prohibió el uso de «subclase» en usos académicos y periodísticos en los EE. UU).

La pobreza multigeneracional, tiene particularmente aquellos atrapados en la sombría subcultura carcelaria de viviendas públicas, cupones de alimentos, delitos menores y el complejo industrial penitenciario estadounidense (esto en Europa es bastante diferente).  Al igual que las clases trabajadoras extraurbanas y de las grandes urbes la subclase o lumpemproletariado es racial y étnicamente diversa, y se encuentra tanto en zonas urbanas como rurales de los EE. UU.

El lector que me ha seguido hasta este punto se sentirá aliviado al saber que mi taxonomía incluye solo estas seis categorías: tres dentro de la sobreclase ampliamente definida (la élite gerencial, la burguesía profesional y la burguesía de las pequeñas empresas) y tres dentro de la clase trabajadora ampliamente definida.  clase (la clase trabajadora de la metrópolis, la clase trabajadora de zonas extraurbanas y la subclase).

Según la definición más amplia de membresía en la clase superior (posesión de un título universitario de cuatro años, más unos pocos contratistas o dueños de negocios con educación secundaria y especializada), la herradura superior no incluye más de un tercio de la población de los EE. UU.

La política estadounidense es poco más que la política interna de la clase alta, ahora que la mayoría de la clase trabajadora ha perdido ciertas organizaciones o instituciones de base, las instituciones de membresía masiva que una vez le dieron poder de negociación colectiva: sindicatos del sector privado, organizaciones religiosas influyentes y partidos políticos locales (los hemos definido en otras publicaciones como centros de poder subsidiarios alternos al centro de poder primario). Los miembros de la mayoría de la clase trabajadora y la mayoría no juegan ningún papel excepto como votantes ocasionales. Tienden a ser ignorados, excepto durante las temporadas electorales, cuando son blanco de llamamientos manipuladores basados ​​en la raza y el género en el caso de los demócratas y la religión y el patriotismo en el caso de los republicanos.

 Tanto el progresismo de los demócratas más representativo en las grandes urbes y en la élite gerencial como el conservadurismo antifiscal del Tea Party son estrategias diferentes para evitar la proletarización de sus constituyentes burgueses.

 Centrémonos, entonces, en las tres facciones de sobreclase.  El sistema actual sirve bastante bien a la élite acreditada en las grandes burocracias privadas, públicas y sin fines de lucro de la élite gerencial. Por el contrario, los miembros de la burguesía profesional y la burguesía de las pequeñas empresas viven aterrorizados por la posible proletarización dada la potencia de escala de las corporaciones de la élite gerencial.  Muchos profesionales temen que no podrán asegurar trabajos de alto estatus con sus credenciales educativas, y los pequeños propietarios temen perder sus negocios y verse obligados a trabajar para otros.

A riesgo de ser demasiado esquemático, sugeriría que el «centro», la «izquierda» y la «derecha» de la política estadounidense del treinta por ciento superior se pueden mapear imperfectamente en la élite gerencial, la burguesía profesional y la burguesía de las pequeñas empresas.  En particular, tanto el progresismo del DSA y la facción más «izquierdista» del Partido Demócrata como el conservadurismo del Tea Party pueden entenderse como diferentes estrategias para orientar el poder del gobierno para evitar la proletarización de los constituyentes de las dos burguesías.

El objetivo del llamado progresismo en la América de 2020 es expandir las oportunidades de empleo para profesionales de centro izquierda con educación universitaria, al tiempo que agrega nuevas alas al Estado del Bienestar que se adaptan a sus necesidades personales. El eslogan «Defund the police» es interpretado por la izquierda profesional burguesa en el sentido de transferir ingresos fiscales de los oficiales de policía, en su mayoría sindicalizados pero sin educación universitaria, a profesionales de servicios sociales y sin fines de lucro, en su mayoría con educación universitaria pero no sindicalizados.

La promulgación de propuestas para la educación universitaria gratuita y la condonación de la deuda universitaria beneficiaría desproporcionadamente a la burguesía profesional que arrastra deudas de sus estudios académicos, no a la mayoría de la clase trabajadora cuya educación termina con la escuela secundaria.  Del mismo modo, la financiación pública para las guardería universal de los progresistas permite a ambas partes en una pareja profesional de dos trabajadores maximizar sus ingresos individuales y sus logros profesionales al externalizar el cuidado de sus hijos a una fuerza laboral mayoritariamente femenina y menos bien pagada a expensas de los contribuyentes.

No es casualidad que muchos profesionales en los sectores más dependientes de la financiación de donaciones ricos caprichosos, como la filantropía, los colegios y universidades los medios de comunicación, odian a los multimillonarios pero sin embargo dichi resentimiento tan sumamente apasionado no está presente para los benefactores. Sin embargo, en su opinión, en una sociedad justa, el arte o las ONG’s se financiarían permanentemente con ingresos fiscales, en lugar de recursos anuales de recaudación de fondos de esta o aquella fortuna y fundación personal del plutócrata de turno.

Gore Vidal decía que Estados Unidos tiene socialismo para los ricos y libre empresa para los pobres.  El progresismo estadounidense contemporáneo puede describirse sucintamente como socialdemocracia para la clase profesional y barrios multiculturales además de conflictivos para el resto.

 Mientras que la burguesía profesional, con sede en el sector público, universidades y organizaciones sin fines de lucro, es la base social del progresismo, la base social del conservadurismo es la burguesía de las pequeñas empresas, en particular las de este grupo que son nativas, blancas y suburbanas o extraurbanas, en oposición  a inmigrantes que dirigen pequeñas empresas.  Al igual que la burguesía profesional, la burguesía propietaria quiere reclutar el poder del Estado para proteger a sus miembros de la proletarización.

La burguesía de las pequeñas empresas se unen entre sí contra los oligopolios y monopolios que dominan la industria y las finanzas modernas y los gerentes que los dirigen, se obtiene la escuela antimonopolio pequeña y hermosa para los libertarios.  Su ideal anacrónico de pequeño productor, en el que todo lo grande ha sido desmantelado por litigios antimonopolio del gobierno, es una economía de pequeñas tiendas, cervecerías artesanales y médicos y abogados independientes.

Además de aclarar las circunscripciones y los objetivos de las facciones políticas americanas contemporáneas, todo esto nos puede ayudar también a entender las «las dos reaperturas» en el hegemón americano durante la pandemia COVID-19, ahora en el año 2020.

Las protestas asociadas con la primera reapertura fueron dirigidas durante las primeras etapas del cierre por miembros conservadores de la pequeña burguesía empresarial.  Muchos de sus negocios de tiendas subcapitalizadas, como salones de belleza, restaurantes y talleres de reparación de automóviles, fueron amenazados por las órdenes de cierre de el municipios by el Estado de turno. Las protestas fueron dominadas por dueños de negocios pequeñoburgueses y no por sus empleados mal pagados, algunos de los cuales podrían haber estado en peligro por un regreso prematuro a sus lugares de trabajo durante la pandemia.

La respuesta inicial de la burguesía profesional progresista fue ridiculizar y denunciar a los derechistas por poner en peligro sus propias vidas y las de los demás haciendo caso omiso de los consejos de expertos en salud pública acreditados.

Luego, durante las protestas que siguieron al asesinato de George Floyd por parte de los oficiales de policía de Minneapolis, la misma burguesía profesional progresista concluyó que el racismo sistémico era una amenaza mayor para la salud pública que COVID-19. (Lo digo irónicamente)

No soy el primero en observar que lo que inicialmente fueron protestas que podrían parecer legítimas contra el uso excesivo de la fuerza por parte de departamentos de policía se han convertido en una campaña para una mayor financiación de los trabajos de servicios sociales y de encargados integradores sociales a favor de la diversidad.

.

¿Qué significa todo esto para la mayoría de la clase trabajadora descuidada al margen de la política estadounidense?  Hace un siglo, los sindicalistas como Samuel Gompers y los socialistas como Eugene Debs criticaron la ley antimonopolio y elogiaron las grandes corporaciones industriales, sobre la base de que en las corporaciones grandes y modernas es más fáciles de sindicalizar y socializar entre ellos a grandes grupos de trabajadores para mejorar sus condiciones.

 Se puede argumentar que tanto la burguesía profesional como la burguesía de las pequeñas empresas son reliquias de un paradigma tecnoeconómico anterior.  Cada uno es un bolsillo sobrante de atraso tecnológico y problemas laborales en una economía industrial avanzada.

 En la educación superior estadounidense, una minoría cada vez menor de académicos titulados, que utilizan métodos pedagógicos que parecen innovadores pero tranquilamente tienen unos cuantos siglos domina sobre una masa de trabajadores empobrecidos, los adjuntos mal remunerados.

Al mismo tiempo, los modelos de negocio de muchas pequeñas empresas operadas por sus propietarios en los EE. UU. son posibles gracias a los niveles de prestaciones sociales de los trabajadores y gran parte de la fuerza laboral está compuesta por inmigrantes recién llegado y desesperados de países pobres reales.  Debido a que los sectores atrasados de profesionales y de pequeñas empresas tienen una productividad mucho menor que las partes racionalizadas de la economía que requieren mucho capital, como la manufactura y la energía, pagan salarios bajos a gran parte de su fuerza laboral y cobran precios altos a los consumidores.

Observando esto huelga decir que cualquier estabilización del sistema Estadounidense tratando de mejorar a la clase urbana o extraurbana y con la decisión de hacer desaparecer a la subclase (con la integración en las dos anteriores o la persecución de su criminalidad para beneficiar también a los anteriores) de dicho sistema tendría que seguir la recreación de un Estado poderoso que decidiera prescindir de la alineación de élite gerencial+burguesía profesional o burguesía de las pequeñas empresas. Esto podría ocurrir con membresía masiva sindicalizada en sectores actuales y recientemente racionalizados (grandes empresas), lo que permitiría la transformación de la mayoría de los estadounidenses mejorar relativamente las condiciones y no ser meros objetos, de la política estadounidense sumado al intento de que las empresas de la pequeña burguesía mantuviera su actividad mientras mantiene unas mejores condiciones a sus trabajadores. Aunque las soluciones en realidad son una historia para otro día.

El imperativo del ocupante del centro: Una solución para el Imperium in Imperio y los conflictos esctructurales.

Que yo sepa, nadie ha colocado la «transición del poder» en el centro de la teoría política, ni como principio explicativo que distinga las formas de régimen entre sí, ni en términos normativos, como una forma de dar cuenta de lo que hace que una forma de gobierno sea buena.

A los propagandistas en favor de la democracia les gusta hablar de la «transferencia pacífica del poder», pero en general en el contexto y bajo el subconsciente del temor a que no tenga lugar dicho relevo -el otro día hablamos de que la democracia liberal se basaba en un sistema construido bajo el imaginario de evitar que el centro sea presidido por un tirano (en destacados en la publicación sobre la tiranía lo explico mejor)-, aunque nunca como una característica definitoria del propio régimen (ya que la ilusión política de la democracia tiene más de sacralización del inexistente poder del pueblo que de dicho temor).

Tales propagandistas son lo suficientemente inteligentes como para saber que no es un argumento -el de la transición del poder- particularmente fuerte ya que el buen gobierno puede ser indiferente de la forma política (se me ocurren estadistas hábiles tanto en las monarquías tradicionales, como en las absolutas, como en regímenes de partido único como en democracias liberales); de hecho, los defensores de la democracia saben que lo mejor es afirmar que su forma de régimen está favorecida bajo sus términos y que incluso proporciona la mejor gobernanza; sin embargo, esto no lo hacen en referencia a líderes concretos, mantienen en todo momento una especie muy particular de tono especulativo porque saben que los ciudadanos de dichas naciones tenemos una propensión a argumentos anti-autoridad y por suerte para ellos la democracia es el régimen que mejor diluye la autoridad política en la metafísica de abajo hacia arriba. Lo curioso sin embargo es que las monarquías no abordaron completamente la cuestión de esta manera (al menos hasta donde yo sé), tal vez porque no existe un método monárquico único para la transición de un ocupante del centro de una sociedad.

La primogenitura es, supongo, el método monárquico de sucesión más común, y uno puede ver cómo minimizaría los conflictos sobre la sucesión (siempre que haya descendientes sanos), pero las debilidades de este enfoque son obvias, y la historia está llena de sus consecuencias: reyes sin hijos o con hijos idiotas, o hijos malvados, estos problemas en la estructura de poder para la cual fue diseñado el sistema, sin ninguna forma clara de cerrarla nuevamente (una vez que la cadena se rompe, siempre puede haber preguntas sobre la legitimidad de la monarquía) crearon en las monarquías tradicionales unos conflictos políticos que se extendieron a todo el continente con cada potencia apoyando al pretendiente que más le conviniera en las crisis de sucesión.

Sin distraernos del núcleo de la cuestión, tal vez nadie haya querido centrar el pensamiento político en la cuestión de la sucesión porque nadie ha sentido confianza en ninguna respuesta. Pero realmente es la mejor manera de teorizar sobre la gobernanza: cualquier régimen que pueda presentar su forma de sucesión como una forma de continuidad que pueda rastrearse con las menores preguntas posible sobre el origen del orden social en sí mismo seguramente sería el mejor de las posibles formas de régimen.

Como formalista y seguidor de la Antropología Generativa se me presenta una propuesta o solución que para nada pretende ser definitiva: el actual ocupante del centro elige a su sucesor. Esto se desprende del rechazo de cualquier forma de imperium in imperio (Una característica típica de las formas de poder que crean élites inseguras de su posición), si hay alguna regla de sucesión independiente del gobernante, entonces el intérprete de esta regla es soberano. Y, por supuesto, el gobernante podría elegir a su hijo o un miembro de la familia, y esa sería a veces la mejor opción. Pero a veces no lo sería, y por lo tanto podemos derivar o crear una serie de reglas e instituciones para seleccionar un sucesor: quien sea que tenga éxito como gobernante debe tener el carácter de dejar a un lado sus intereses personales y familiares por el bien del país.

Esta no es una regla que podría imponerse al actual ocupante de cualquier centro (ni siquiera podría formularse de manera suficientemente coherente ya que requiere más desarrollo de dicha idea), aunque sería coherente decir que estaría instituida dicha solución sucesoria por el primer gobernante para elegir un sucesor fuera de su familia, si no antes.

Esto es una serie de «reglas», nuevamente, entendidas como condiciones culturales y pedagógicas óptimas que seguramente se descubrirán desde el primer principio de selección del sucesor. Aquí, me gustaría formular una hipótesis sobre el carácter necesario de un gobernante bajo el tipo de condiciones post-sacras, post-liberales que tenemos en la actualidad y que debemos imaginar para idear nuestro sistema político.

Continuemos con la selección para los mandos sucesores y los que eventualmente pueden estar por debajo del que domina el centro (ya que el centro jamás podrá gobernar un país entero de forma permanente sin recurrir a poder subsidiarios por debajo de él) que serían si el soberano lo desea posteriormente los elegidos (presumiblemente aunque no necesariamente) a suceder al soberano. Como cuestión de la sucesión es central, todo el orden social estaría orientado hacia este proceso, la capacitación de los mandos intermedios es de igual importancia. Las academias para capacitar a la próxima generación de élites o gobernantes subsidiarios por debajo del soberano y al mismo soberano solicitarían a lo largo y ancho de todo el país una admisión en dichos lugares de alto rendimiento donde se formarían a estos gobernantes, y seguramente la comunidad tendría un interés en ver a sus hijos e hijas nativos «acelerados» en estas Academias.

Esto se basaría en un pequeño número de estudiantes que se ponen en la senda de la educación para la gobernanza, recibiendo así capacitación más especializada en la ocupación del centro. Al ser seleccionados para este objetivo, los participantes están obligados a renunciar a otras ambiciones en aras de una ambición mucho más grande que, sin embargo, las probabilidades de que esto prospere están en contra de que se cumplan dichas ambiciones.

Los candidatos de más alto nivel, digamos, un par de docenas, de los cuales el actual gobernador siempre tendrá seleccionado para la gobernanza como «sus ministros», y jamás no podrán ejercer el poder por sí mismos. No se les permitirá asociarse con una ubicación o institución en particular, ni tampoco podrán jamás construir una base de poder separada.

Si bien nuestros elegidos no ejercen ningún poder directo, los elegidos serían la sombra del gobernante, aprendiendo los entresijos del gobierno, tomando decisiones, permitiendo al gobernador estudiar sus habilidades y eventualmente el soberano podría elegir a alguno de estos «elegidos» para la eventual sucesión.

Los candidatos vivirían por separado, y rara vez se verían o se relacionaría entre ellos (para evitar conspiraciones) y creo que debería considerarse una violación grave del protocolo que intentarán relacionarse. Esos candidatos que no son elegidos para tener éxito pueden ser mantenidos en una reserva por el soberano y cuando llegue el momento, o pueden ser removidos y devueltos a la vida ordinaria, sin ningún prejuicio (así el soberano tiene una posición segura donde el subsidiario no ponen en duda la estabilidad del centro), siendo en general excluidos de cualquier tipo de vida política pero gracias a su excepcional formación dedicarse a otros menesteres de la vida civil.

Por lo tanto, tendríamos gobernantes con un fuerte sentido de discreción y modestia, una capacidad de soledad, una sensación de haber sido elegidos, en gran medida debido a sus propios méritos pero, al mismo tiempo, con una sensación de haber cedido sus vidas a su país con la posibilidad de una «recompensa» que es al menos hasta cierto punto arbitraria, o al menos desconocida; sería imposible saber completamente por qué el gobernante decidió apostar específicamente por el país. Cada gobernante sería consciente de estar respaldado por poderosos apoyos institucionales y culturales que allanan el camino para un gobierno claro desde el centro, pero sin la necesidad contar con el apoyo de una poderosa camarilla familiar o institucional para apoyarse u operar informalmente.

El éxito de su gobierno dependerá en gran medida de su capacidad para promover, directa e indirectamente, el buen funcionamiento de las principales instituciones sociales. Podría tener una familia y, como sugerí anteriormente, bien podría construir lo que podría convertirse en una dinastía (podríamos imaginar una fuerte presunción de que un hijo suyo tendría que pasar por el proceso normal, pero esto estaría dentro de su prerrogativa ) —Los prejuicios antimonárquicos serían ridículos en tales condiciones— (aunque fundamentalmente casi todas las formas de Gobierno tengan algo de monárquicas) pero sería muy difícil en condiciones tecnológicas avanzadas utilizar el estado para adquirir el tipo de riqueza y poder institucional que podría garantizar su permanencia; solo una secuencia de buenos gobernantes podría lograrlo entonces.  Pero la responsabilidad que conlleva saber que, incluso si es su propio hijo, ha elegido a su sucesor, atenuaría cualquier tentación de revolucionar el cuerpo social dado que el poder estaría claramente formalizado. 

Para la teoría social, hemos utilizado los siguientes medios de regulación del «control de calidad», o lo que yo podría llamar imperativos desde nuestra perspectiva que enmarca al centro como vertebrador social:

-Primero, el poder y la responsabilidad deben coincidir lo más estrechamente posible: es inmoral que alguien tenga poder sin que ese poder fluya de regreso a los bienes comunales, o que alguien tenga la responsabilidad de realizar alguna tarea sin que se le brinden los medios para hacerlo. 

-Segundo, «de cada uno según sus habilidades, a cada uno según sus necesidades», siempre y cuando tengamos en cuenta las necesidades estratégicas del país cubiertas y por supuesto no se imponga una sociedad con puros fines hedonísticos (como la nuestra).

-Tercero, mientras que todos los chivos expiatorios centralizadores y violentos, ofuscan y producen acciones lamentables además de los centralizadores de poder más violentos y peligrosos, tan comunes entre el periodo de entreguerras y la actualidad, deben eliminarse y formalizarse en el ocupante del centro social: los motivos usurpatorios serán menos comunes y si existieran se podrían atribuir al ocupante del centro (y no en fuerzas impersonales), los motivos que desencadenan estas crisis de legitimidad y que se utilizan como un patrón de anclaje a los hechos y eventos serán eventualmente siempre más claros que en la actualidad. 

-Cuarto el Soberano deberá trabajar para mapear las acciones de la cotidianidad humana, es decir, este individuo deberá entender que dependemos de un orden creado por la costumbre que está sometido a una gran entropía teórica en los elementos de las prácticas sociales. Entendiendo así que la sociedad funciona gracias a que tenemos buenas razones para no desviarnos de la cotidianidad y existen mecanismos de verificación y reparación de errores dentro de nuestra inmensa artificialidad. La labor del soberano será entender que las sociedades que carecen de mecanismos hábiles en este sentido hacen que se pierda tiempo, dinero y confianza social en el sistema de cosas que hace posible la cotidianidad y en consecuencia gracias a su amplio poder podrá alterar las estructuras sociales para mejorar y optimizar el funcionamiento social. Será algo así como un gran arquitecto con el objetivo de optimizar los procesos sociales.

-Quinto, la dimensión mimética de las prácticas, nuestra dependencia de modelos y prácticas previas, deben hacerse más explícitas como un orden pedagógico de vinculación social en curso. 

-Sexto, el orden social debe ser visto como un proyecto, con la «sociedad» tratada como un equipo de equipos, dirigida hacia ese proyecto: ingresar a cualquier institución es unirse a un equipo y, por lo tanto, aprender sus reglas y progresivamente asumir lo establecido para con el transcurso de la actividad en dicho lugar crear nuevos roles. Quizá este es el principio de una sociedad orgánica en la posmodernidad.

Todos estos imperativos se superponen entre sí y ninguno de ellos proporciona la base para ningún tipo de Imperium in Imperio porque todos son inmanentes a un orden existente. Del mismo modo, el poder y la responsabilidad solo pueden coincidir en relación con algún ejercicio continuo de poder o reclamo de responsabilidad; nuevamente, tratar de mantenerse al margen y «medir» el poder y la responsabilidad sería un intento de asumir la responsabilidad sobre la base de alguna aspiración de poder (conflicto estructural). La centralización violenta siempre es muy precisa y específica del contexto y solo puede detectarse en el acto, en su aparición, por alguien posicionado para acelerar o desacelerar el proceso. Incluso un proyecto social e ideológico de cualquier tipo no es más algo que se señala, se abstrae y se convierte en un modelo para transformar una jerarquía de prácticas existente. Todos estos imperativos proporcionan puntos de entrada a las prácticas existentes que se introducen para hacerlas prácticas más exhaustivas y coherentes para la sociedad.

Un buen gobernante promueve, impone, ejemplifica y obedece estos imperativos. La mejor manera de examinar cómo esto dará forma a su personaje sería comenzar con el número tres. El gobernante es consciente de que todos los resentimientos pueden ser canalizados de alguna manera, especialmente una vez que se rechaza la coartada democrática de pretender que las decisiones y autoridad están por encima tuyo, es decir que no son realmente de la colectividad (aceptar esto es esencial para formalizar el poder).

El gobernante es sobre todo un especialista en formular y emitir órdenes: esta es su disciplina, su práctica, su pedagogía. Siempre hay una «brecha imperativa» entre el comando emitido y el comando obedecido: no se puede obedecer ninguna orden sin al menos ejercer cierto grado de discreción. La práctica de mandar es minimizar esta brecha y llenarla con ejemplos anteriores, decisiones previas y ejercicios previos de discreción que pueden traducirse para los propósitos actuales. Junto con todo un aparato sensorial e investigativo para dar seguimiento y, por lo tanto, informar la obediencia al imperativo. Cada comando emitido por el ocupante del centro se refiere de nuevo al modo de ocupación intrínseco a ese comando, mientras que simultáneamente establece esa ocupación en todos los puestos por debajo de él, es decir en centros subsidiarios que se ocupan de vertebrar las decisiones inferiores e intermedias son necesarios y deben ser leales si se trata de realizar una acción armoniosa en todo el orden social.

Breve crítica a la democracia.

Hay una presunción increíblemente ingenua subyacente a la democracia-liberal (como ideal ya que lo realmente existente dista siempre del “mundo de las ideas” o lo que la gente tiene en la cabeza): la dignidad humana parte de decidir cómo se gobierna uno a si mismo y cómo se gobierna la comunidad en su conjunto -eligiendo a “candidatos” o en el caso de España a partidos políticos (representación vs identificación)-, sin embargo, tanto el ciudadano en su vida cotidiana como el gobierno están a merced de numerosas superestructuras a su alrededor que limitan hasta un punto que ni podemos imaginar las opciones disponibles, por eso tiendo más a cierto tipo de determinismo en este sentido. 

Teniendo en cuenta lo anterior no me canso de negar la mayor de los mitos iluministas como la “batalla por las ideas”, la “libre competencia”, o cualquier mito que presupone que los individuos son presociales, es decir que forman sus preferencias antes de pertenecer a la sociedad. Curiosamente todo esto recuerda algo a la obsesión de la objetividad e imparcialidad como una posibilidad, de ser adoctrinados (no necesariamente en el mal sentido) por las instituciones formadoras de ideas sin olvidar que todo Estado gobierna delimitando la imaginación- por esa razón esas ideas terminan siendo propaganda- . La invención estructurada de instituciones formativas -públicas y privadas- (las segundas permitidas por la legislación estatal) es donde se limitan todas las formas del lenguaje.

1. La idea de participación política universal a través de la democracia electoral es una dignidad básica para nuestros gobernantes, una preferencia básicamente cuasi religiosa y estética de un ritual concreto, aunque igual que los rituales no son más que energía psicológica, el proceso electivo se puede controlar minando o promoviendo unos candidatos frente a otros (igual que se falsificaban los auspicios en la Antigua Roma), a su vez este acto ciega a los individuos de su visión al respecto otras formas de Gobierno que son consideradas algo así como tiranías a las que aparentemente no es indigno estar sujeto.

2. Esta noción de dignidad, está inspirada y arraigada en el mundo anglosajón y después ha sido exportada a todo el planeta, con una serie de cambios que van desde la protección de los derechos de los aristócratas hasta la supremacía del Parlamento para luego extender esta «dignidad» de ser representado a toda la sociedad (holización). Esta noción se basa en la naturaleza feudal original de la tan venerada Carta Magna y el Parlamento inglés, aunque podemos encontrar paralelismos en otras naciones, en el caso ingles es seguramente en el que más fuentes se puedan encontrar.

La idea de dignidad a través del derecho de voto está en la emulación envidiosa de las élites aristocráticas privadas de su prestigio de presidir el fogón sagrado o centro de la sociedad junto con el Primus Inter Pares. Igual que en Grecia en Inglaterra se pasó del reinado de la aristocracia al reinado del Demos (circunscripciones electorales basadas en criterios geográficos), en el caso de Inglaterra por la superioridad del Parlamento frente a la Monarquía y otras instituciones tradicionales, en el caso griego por la superioridad de gobernantes como Solón, Dracón y Clístenes que fueron desacralizando el centro y realizando alianzas que consistían en un centro (poder oficial) con elementos periféricos (la masa popular) contra los Intermediarios (Eupátridas), esto se consiguió expandiendo teóricamente el sujeto que dirigía la política (aunque estas reformas crearon gobiernos personalistas con mucho más poder que los de antes del proceso desacralización), dicho proceso es ciertamente análogo en nuestra civilización entre la cristiandad temprana y la sociedades de masas en el período de entreguerras. 

3. Más seriamente, esta supuesta dignidad universal no corresponde en modo alguno a ninguna facultad universal para la participación política, o al menos ninguna sociedad existente ha demostrado hasta ahora ser capaz de inculcar dicha facultad universal completamente dado que la Ley de Hierro de la oligarquía y la configuración de cualquier gobierno racional tiende más a la verticalidad que a la horizontalidad. La política, por mucho que nos  quieran convencer de lo contrario es algo de élites. Sin embargo, de alguna manera parece ser que estamos programados para mantener esta creencia no puede pasar desapercibida ya que es transversal a nuestra cultura, nuestra cotidianidad, nuestro lenguaje y por supuesto nuestra permanente perspectiva anti-autoridad. 

Uno no puede evitar hacerse eco de los viejos argumentos de Platón poniendo en boca de Sócrates, en su Protágoras, las siguientes palabras:

“En efecto, yo opino, al igual que todos los demás helenos, que los atenienses son sabios. Y observó, cuando nos reunimos en asamblea, que si la ciudad necesita levantar un edificio llama a los arquitectos para que aconsejen sobre la construcción a realizar. Si de construcciones navales se trata llaman a los ingenieros (armadores)… pero si hay que deliberar sobre los asuntos políticos [ton tes poleos diakeseos] entonces se escucha por igual el consejo de todo aquel que toma la palabra, ya sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar. Y nadie le reprocha, como en el caso anterior, que se ponga a dar consejos sin conocimientos y sin haber tenido maestro.”

4. Estoy seguro de que muchas personas que  en mayor o menor medida apoyan la ideología democrática (ya que no puede ser más que eso, una herramienta de ofuscación de cómo funciona la sociedad y el poder realmente) encontrarían sus mentes muy aliviadas si renunciaran a esta noción de dignidad, sabiendo como saben, que la mayoría de las personas están peligrosamente mal equipadas por su educación y el periodismo que sufren durante su día a día para participar en los problemas del gobierno. 

5. Por supuesto, esto no quiere decir que los humanos deben ser considerados como fines en sí mismos, y el gobierno tampoco debería estar fundamentado sobre esa base (esto lleva a la falsa conclusión que la democracia es la representación holizada de los fines del colectivo). Tampoco descartar que en algunas naciones occidentales la eficacia empíricamente verificable de los mecanismos electorales para lograr un Gobierno legítimo han solucionado el fundamental problema de la sucesión del mando dentro de algunas sociedades políticas (cualquier tipo de orden siempre es mejor que la anarquía). Sin embargo, para concluir decir que aunque la democracia tal y como se entiende hoy en día haya tenido por supuesto como causa el desarrollo de una cultura política fundamentalmente perniciosa que se abstrae de la capa basal (Patria, nación o pueblo) para mitificar en su perjuicio la abstracción de la democracia , es decir que l a idea deslocaliza la acción política que está necesariamente comprendida en una espacio determinado (eso es en esencia el globalismo, el multiculturalismo y el internacionalismo). Sin tratar de extenderme más, el tema de la transición del poder como característica definitoria de cualquier régimen lo planteare con una posible solución formalista a la democracia realmente existente en una publicación que subiré en breves.

Sobre la idea de España.

España no es originariamente una nación política, es decir, España no se constituye en su identidad histórica como nación. Esta tesis puede considerarse como una conclusión apoyada en dos premisas que la fundamentan: .

1: La nación, como categoría política alrededor de la que se fundamenta la acción y los territorios donde es legítima la acción de un Estado, es un producto histórico moderno de finales del XVII; lo que no significa que sea un producto inconsciente ni meramente superestructural, aunque podemos acotar su nacimiento como categoría política relevante al tratado de Westfalia, donde se impone la visión de Estado particularista en contra a la visión de Imperio Universal. .

2: Pero España, como unidad cuasi política, dotada de una identidad característica, exite mucho antes del siglo XVII. .

La existencia de España por lo tanto no debe ser confundida con la existencia de la nación española. .

En los debates de la confección de la “Constitución española del 78” los nacionalistas secesionistas, o bien subrayan el carácter precario de la nación española (en el límite: la niegan) o bien subrayan el carácter de nación que sería propio de su pueblo. Si se reconoce a España la condición de nación política. Así, el expresidente de la Generalitat, Pujol afirmaba ya en 1998 solemnemente que “España no ha sido nunca una nación”; el presidente de BNG también decía que “podría ser nación Castilla y las regiones vecinas”, pero no la España de la Constitución del 78, que sería sólo un Estado, entendido como “superestructura estatal”, frente a una estructura multinacional.

Los grupos nacionalistas fraccionarios ya en 1999 firmaron una declaración conjunta en la que proclamaban “que no existe una nación cultural española y que es por lo tanto necesario proceder a la liquidación del “Ministerio de Cultura” -aunque mediante la descentralización de la competencia de cultura ya prácticamente se ha vaciado a dicho ministerio del gobierno central de competencias- y crear, en cambio, tres ministerios de cultura correspondientes a la cultura realmente existentes, según ellos, en la Península Ibérica; la cultura catalana, la vasca y la gallega. Difícilmente puede encontrarse una ocasión en la cual el “mito de la cultura” puede haberse utilizado en un grado tan intenso de ingenuidad.

Esto demuestra que los nacionalismos fraccionarios no se caracterizan únicamente por sostener esta tesis negativa (España no es nación, o no lo es sólo parcialmente , de modo precario); su tesis principal tiene un sentido positivo: Cataluña es nación, y lo es Galicia o Euskadi. No siempre, es cierto, se postula la reivindicación del derecho de autodeterminación como necesariamente vinculada a una voluntad separatista, por cuanto algunos nacionalistas agregan que el contenido de su “acto de autodeterminación” podría consistir, precisamente, en la voluntad de seguir formando parte del “Estado Español”, en la forma de federación o confederación de Estados, o de Estado libre asociado o en Estados verdaderamente independientes.

Añadir al respecto, que en muchas ocasiones por parte del separatismo y por el unionismo se subsumen las decisiones a la voluntad del pueblo (voluntarismo). Una soberana tontería además de una abstracción en tanto sólo puede ser soberano el Estado -y no una fuerza impersonal-, es decir, la soberanía, que es la capacidad de tomar la última decisión por parte del soberano (El Estado) al declarar el estado de excepción -y suspender cualquier derecho fundamental, eso es la soberanía-. A su vez, se someten bajo dicha ideología democrática aspectos existenciales al voto (una entelequia de la que no puede emanar verdad), aunque realmente la existencia de una comunidad políticamente organizada no depende de un voto, cayendo curiosamente cuando se habla de España y de su existencia (ser o no ser) en el mito de la democracia como legitimador de cualquier acción deliberada a favor o en contra de su propia existencia.

Las premisas que nos conducen a mantener la tesis no sólo de que España no es originariamente una nación sino un Imperio e incluye que a su vez tampoco pueden considerarse originalmente naciones políticas a Cataluña, Euskadi o Galicia. Los nacionalistas fraccionarios pretenden retrotraer su carácter nacional a l Edad Media, incluso a antes en algunos casos, siendo evidentemente un completo anacronismo.

Si España no era una nación, en sentido político, aunque si se hablara de una Hispania, “Espanya” por Jaume I el Conqueridor, de un libro sobre la “Estoria de España” de Alfonso X el Sabio, o al gobernante de la Marca Hispánica puesto por los francos se le llamaba Hispaniae subjugator, y a su vez diferentes reyes del reino hegemónico de la península se les coronaba como “Imperator totius Hispaniae”, si incluso con todas estas citas no podemos considerar a España como nación política moderna, aunque sí como idea filosófica o ideal político, mucho menos podemos considerar el poder haber sido en el pasado nación política a Cataluña, Galicia o Euskadi. Más aún, España asumió históricamente la forma de una nación política mucho antes de que algunos partido políticos de Cataluña, Euskadi o de Galicia pudieran pensar siquiera asumir esta forma, lo que significa que el proyecto nacionalista fraccionario de algunos partidos políticos presupune ya constituida a la nación española como nación política.

¿Cómo definir, entonces, la unidad de España en las épocas anteriores a su constitución como nación política, supuesto que España existía ya como unidad política identificable?¿Cómo tuvo lugar la constitución efectiva de esa unidad, entendiendo esta constitución como constitución histórica que tiene lugar en plano real diferente a aquel que se dibujan en las constituciones modernas?

La unidad de la Hispania delimitada en la época de las guerras púnicas tenía que ver con el espacio peninsular cerrado estratégicamente desde fuera. Esa unidad constituida por los cartagineses y los romanos facilitó la interacción entre los pueblos ibéricos que actuaban en dicha región geográfica. Sin duda, algún tipo de unidad interna debería ya existir entre ellos y que se reforzaría bajo el concepto de Hispania. Pero la globalización que esta unidad recibió desde el exterior (de Roma y Cartago) y que implicaba la conexión del territorio peninsular mediante una calzada a escala regional imprimió una orientación nueva a la unidad anterior, aceleró o reforzó de otro modo unas relaciones que estaban ya apuntadas.

La unidad interna de España no ha de considerarse como una realidad fija, invariable, por que hubieran pasado oleadas sucesivas y cambiantes de invasores (cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes…). Es una unidad que puede cambiar su estructura interna en función de corrientes externas que pueden atravesar.

¿Cómo definir la identidad (en realidad identidades sucesivas) de esa unidad inmanente y continua, aunque no invariable, que, de algún modo, comenzamos a atribuir a España ya antes de su constitución como nación política?

Hablar de identidad hispánica al respecto los pobladores de Atapuerca sería ridículo, de la misma forma que hablar, por ejemplo, del “genio pictórico español, astur o cántabro que se manifiesta en Altamira”, a su vez la unidad interna, junto con el nombre de España o Iberia, no se muestra invariable y, como ya hemos dicho, es cambiante. Ésta tesis ontológica, decir que puede desagradar a esencialistas metafísicos (ya sean españoles, galleguistas o catalanistas).

Hay una identidad propia de la Hispania romana, como hay otra de la Hispania visigótica. Más aún, estas identidades han tenido que influir las unas a las otras, según un proceso de continuidad casi ininterrumpida. Sin embargo, a nosotros nos importa la identidad más próxima a la que después sería la “identidad nacional política”. La identidad de España, , habría comenzado a configurarse a raíz de la incidencia, a partir del año 711, de la impetuosa corriente del Islam sobre la unidad visigoda. Esta corriente rompió la unidad en mil fragmentos. Comienza aquí la época de la recomposición de los fragmentos de la unidad que la Hispania romana y visigótica habían conformado, merced a una nueva que dará lugar a lo que llamamos España, en el sentido actual.

La unidad de la España cristiana que el Islam propiciaría por dos mundos finalmente irreconciliables: el del monoteísmo del Islam, vinculado a la poligamia, expresado en lengua árabe, y el del politeísmo trinitario cristiano, vinculado a la monogamia, expresado en las incipientes lenguas romances peninsulares, sumada al límite por el norte en los Pirineos y por el sur por el Islam de Granada. La unidad global e interna de los españoles fue estableciéndose en consecuencia a partir de la orientación hacia el Sur y hacia el Este; una orientación dirigida a detener al Islam, a arrebatarle sus riquezas, a rebasar. Desde su perspectiva armonista, se puede simplemente aludir a la huella musulmana en muchas partes de España (Córdoba, Granada, Sevilla o Zaragoza). Pero estas huellas que han llegado a ser consideradas propias de España, son simplemente las huellas de una batalla, las de un trofeo.

En este sentido, podríamos definir a la España de la reconquista como una koinonía política, ante una sociedad cuyos diferentes reinos se codeterminan por una “sinergia histórica” en torno a un eje imperial. Hubo un enterjimiento de Reinos, pero siempre los Reinos cristianos formaban, de algún modo, una unidad frente a  los Reinos musulmanes; y ellos sin perjuicio de los pactos, las relaciones de vasallaje o de amistad entre los Reinos musulmanes y los Reinos cristianos. Pero jamás los reyes cristianos contrajeron matrimonio con princesas moras, sin perjuicio de que las poseyeran, de cuando en cuando, como concubinas.

Quizá lo más aproximado fuera hablar de una comunidad de Reinos o de Condados peninsulares, con una jerarquía simbólica respecto a un Rey, y uno solo asumió constantemente, aunque con intermitencias, el papel y aun el título de Emperador de todos los hispanos.

¿Cómo denominar a esta unidad política sui generis entre Reinos, Condados o Principados de la España cristiana medieval? Su unidad política tiene, sin duda una fuerte semejanza con la mediaba entre los Reinos y Principados germánicos del Sacro Imperio Romano Germánico. Ya durante el gobierno de Ramón Berenguer IV a las Cortes de Coyanza en las que Fernando I de Castilla se hace proclamar Emperador, es decir, un punto de convergencia, como si fueran miembros de una patria común que tenían que defender contra el invasor. ¿Hasta qué punto no cabe decir, por tanto, que España, antes de ser una nación política o un imperio, fue ya patria de los españoles? Desde luego, la España del siglo XVI no era una nación en sentido político pero socialmente tenía una unidad más próxima a la de una nación étnica, a una comunidad cultural, que a la de cualquier otra cosa.

Con su unidad definitiva en cambio, bajo los reyes católicos y el inicio de la gestación del Imperio Universal. España se transforma en un Imperio efectivo (una comunidad de pueblos), y por ello, podrá comenzar a ser temida y odiada bajo la imagen de la España negra, que fue tomando cuerpo ante los ojos de los enemigos geopolíticos luteranos, ingleses, calvinistas y muchos católicos franceses. Una imagen sombría llamada a revertirse hoy en día por los progresistas, como un modo de revertir a esa España negra, tétrica y oscura.

¿Identidad de España más allá del plano de “izquierdas” y de “derechas”?

La comunidad hispana fue constituyéndose a lo largo de la Edad Media como una comunidad política que, en el siglo XV, comenzó a desbordar los límites peninsulares y se extendió por el Poniente hasta rodear la Tierra enter, como Comunidad Hispánica. Es importante constatar cómo la integración máxima de la unidad española preexistente se irá llevado a efecto, precisamente, al paso en el que tiene lugar su extensión como Comunidad Hispánica.

Una Monarquía Universal, la Monarquía Hispánica, cuyo núcleo central quedará establecido en el círculo en el que se inscribe la Península Ibérica y las Islas adyacentes. Este círculo estará llamado a constituir la periferia de una nueva entidad política, de una nueva nación política. La conformación de la unidad ibérica como nación no fue, por tanto, un proceso superestructural. Fue un proceso inevitable que era preciso añadir para la administración de la Monarquía Universal. La nación española, como unidad política, existe ya, en ejercicio, a finales del siglo XVII, se desarrolla en el siglo XVIII con los Borbones, y madura plenamente con la Guerra de Independencia contra Napoleón.

La nación española, en las Cortes de Cádiz, se concibe, además, como una totalidad que engloba no sólo las partes ibéricas de la Monarquía Hispánica, sino también todas las partes de Ultramar. Pero la invasión napoleónica desencadenó el proceso, ya preparado, de la emancipación política de esas partes de Ultramar. Ellas se convierten en naciones políticas, en repúblicas de nuevo cuño. Simultáneamente, la unidad interna de la España ibérica alcanzará su grado más alto: aquél en el que confluyen las ideas de la patria y de la nación española.

La identidad de España quedará en todo caso, intacta. Se mantendrá, de hecho durante el siglo del milenio que acaba, a pesar de los intentos incesantes para resquebrajar su unidad por parte de diversos partidos políticos, de los cuales unos se consideran democráticos y otros que no; o bien de los cuales unos se consideran de derecha y otros de izquierda.

La izquierda, en cuanto a tal, o la derecha, tienen poco que decir en relación con la cuestión de la identidad o de la unidad de España; son las premisas que se mantengan acerca de estas ciertas cuestiones que no incumben estrictamente a la existencia de la comunidad política (sino a cómo se configura esta) las que tendrán mucho que decir, ya sea a la izquierda, ya sea a la derecha, ya sea a la democracia, ya sea al despotismo, o a la aristocracia.

Sin embargo, a los que han “militando en la izquierda”, sobre todo en el período de la metamorfosis o la transformación del Régimen franquista en la Democracia Coronada y han creído que su “antifranquismo” los obligaba a “olvidarse de España y a sustituir este nombre por los consabidos eufemismos de “este País” o de “Estado Español” (a veces: la Administración como si de un mero Cuerpo de Correos se tratase) convendría recordarles que la izquierda más genuina -que podría siempre hacerlos responsables, por poco doctos, de los problemas políticos más graves de España en el presente- jamás se olvidó del nombre de España y de lo que ese nombre significaba bajo sus banderas, lo que significa, por ejemplo, para Miguel Hernández, en su célebre problema tan olvidado por la izquierda indefinida, en la que se habla de la “Madre España”.

Secularización y simbología en el Islam.

La criatura occidental que inadvertidamente toca el punto por el que los musulmanes no rechazan a sus tradiciones religiosas igual que el resto de individuos occidentales suele hacerlo de un modo limitado. El primer paso para hacer retroceder la ola de islamización es prohibir los hijabs y otros marcadores externos de la piedad islámica. Esto se debe a que el poder del Islam no se deriva de la madraza (escuela religosa) sino del refuerzo social de las exhibiciones externas y los rituales. Las creencias religiosas fuertes no se derivan de la gracia personal como asumen los protestantes, sino de una aplicación más bien rígida de leyes inútiles para delinear a los de adentro hacia afuera (el velo como símbolo tribalista) y como una definición del «nosotros» y del «ellos» (no musulmanes).

Cuanto más difícil de cumplir dichas leyes de corte tribalista más fuerte es la presión social de los compañeros para retroalimentarse y más fuerte es el sentimiento religioso (razón por la hay numerosos musulmanes occidentales más fundamentalistas que en Oriente). Es por eso que los judíos más sectarios y socialmente separatistas son los más prolíficos (con más hijos), mientras que sus parientes seculares se extinguen. Es por eso que los cultos son tan efectivos porque exigen mucho al cultista a nivel individual.

El hijab sirve como piedra de carga física, un marcador territorial que dice que esto es dar-al-islam, lo que naturalmente hace que todos los musulmanes en las cercanías por defecto subconscientemente a una mayor observancia religiosa, incluso el apóstata financiado por el Departamento de Estado para derrotar a los soviéticos tenía esto claro. Los observadores occidentales jamás entienden este punto y si lo puntualizan es de causalidad, la creencia religiosa se manifiesta en la señalización externa observable o al menos es un punto relevante.

El Partido Comunista chino y los propios islamistas entienden que es la señalización externa la que impulsa las creencias internas. Para obtener musulmanes seculares, no se cambia ni se reforma el Islam. Lo obtienes al prohibir los hijabs, vender cigarrillos y bebidas alcohólicas en todas partes y hacer que coman alimentos no halal. Al borrar las diferencias sociales y los marcadores externos de fe y separación, disminuye la intensidad religiosa y crea normas sociales menos en desacuerdo con los no musulmanes y, por lo tanto, reduce las fricciones.

Los soviéticos intentaron lo que China está haciendo, pero a menor intensidad. Funcionó, pero la religiosidad comenzó a aumentar en Tatarstán, Bashkortostán y Asia Central tan pronto como Gorbachov levantó la presión. Es difícil imaginar cómo China mantiene esto (debido al cortafuegos informativo es difícil de saber), aunque al parecer ha estado haciendo cosas similares a las que realizaron los soviéticos pero con la suma de una política que se encuentra entre el etnocidio (asimilación a la cultura mayoritaria con matrimonios mixtos) y un secularismo forzando (reduciendo la influencia de los signos externos del Islam).

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar