Los europeos y los estadounidenses se han vuelto bastante malos construyendo cosas en la realidad física. Aunque Occidente sigue en la frontera de la tecnología de la información y en muchos sectores, hemos descuidado lo mundano y lo esencial en lo más básico para una situación de crisis o para simplemente reducir nuestra dependencia en manufacturas más básicas -desplazando la cadena de suministro al otro lado del planeta-.
Décadas de estancamiento, deslocalización y complacencia nos han alcanzado, y todas nuestras instituciones no han logrado evitar que el coronavirus paralice a la nación a nivel productivo, haciendo que importamos todos los productos sanitarios necesarios. Nuestra decadencia física ya no puede ser ignorada.
Al recordarnos que el estancamiento es una opción cuando vemos el desmantelamiento industrial progresivo, se afirma que nuestra crisis es principalmente un problema de voluntad. ¿El problema es competencia técnica?» Claramente no, no tendríamos en Occidente rascacielos, escuelas y hospitales, automóviles y trenes, transporte aéreo, computadoras y teléfonos inteligentes diseñados aquí y ensamblados en Asia si fuera un problema de conocimiento técnico.
Todas estas cosas, las podemos continuar construyendo. Incluso podríamos tener en el futuro si quisiéramos todas estas cosas mucho más mejoradas, simplemente no lo queremos lo suficiente.
El problema, sin embargo es que la capacidad productiva de Estados Unidos y Europa está latente, esperando ser desatada, se deduce que eliminar las barreras a la acción resolverá el problema. La esclerosis institucional es profunda y el Estado es inepto para estas labores. Barreras como la captura reguladora y la preferencia de algunas corporaciones por desplazar la línea de suministro a Extremo Oriente son uno de los muchos problemas.
Las fuerzas necesarias para comenzar nuestra gran reconstrucción están, en este relato, simplemente limitadas. Elimine estas barreras y produciremos de nuevo. La política y la economía deben ser teleológicas -tener un propósito final-, no simplemente elementos para satisfacer necesidades. Nuestra capacidad de construir no se ha ido, simplemente está inactiva, y está limitada no solo por el fracaso político sino por la política misma.
La esclerosis política y legal afecta a nuestros órganos de gobierno, desde el gobierno nacional hasta los gobiernos municipales, y sofocan nuestra capacidad de construir o tener un objetivo colectivo para cualquier cosa. La única opción que parece que podemos hacer es elegir no hacer nada. Es innegable que estamos atravesando una crisis de voluntad, y que casi todo lo que nos rodea se opone al impulso de construir un futuro. Pero, ¿hay realmente capacidad para hacerlo, estrangulado por nuestro sistema actual, esperando ser liberado? ¿Debemos de alguna manera trascender la política para desatarla?
Si queremos tener éxito en la reconstrucción del poder industrial en España y en todo Occidente, necesitaremos no sólo la destrucción de las barreras ideológicas existentes sino la construcción de objetivos políticos positivos. Ahí el liberalismo se equivoca increíblemente, un persona ideologizada puede imaginarse que los empresarios tecnológicos del Área de la Bahía de San Francisco (una de las zonas más punteras a nivel tecnológico del planeta) estarían contentos de que la política y el Estado los dejen en paz para realizar sus proyectos. Esto sería un error fatal provocando principalmente por el hecho de separar entre sector público y privado, ofuscando el verdadero funcionamiento de los desarrollos industriales serios, además de una ontología muy específica que nos hace llegar a estas conclusiones muy fácilmente.
Para estar seguros, debemos eludir nuestro paradigma político actual sin dejar de pensar en la política como centro para esta labor. Construir algo nuevo es la cuestión más política imaginable. Intentar ignorar el Estado o simplemente eludirlo simplemente empeora nuestra disfuncionalidad; contra intuitivamente, esto también ha conducido a una hinchazón administrativa, ya que un gobierno repleto de instituciones no funcionales se ve obligado a expandirse a medida que surgen nuevos problemas con el tiempo. Ante esto se ha intentado trascender lo político con llamativas técnicas de gestión aplicada de Harvard Business School y demás técnicas para mejorar la productividad, esto es una forma segura de repetir el estancamiento.
Para recuperar la voluntad de tener importancia industrial, primero debemos reconocer en qué momento elegimos renunciar en primer lugar este objetivo. En España esto lo podemos localizar entre los momentos posteriores a la Transición y el final de la Guerra Fría. En el caso de Estados Unidos todavía armados a principios de los años 90 hasta los dientes con armas ideológicas para luchar contra los soviéticos, mirando a su imperio en expansión, (también conocido como «el orden internacional liberal» o «la economía global») cayeron en algunos en la cuenta de que las doctrinas del libre comercio y la interconexión comercial del planeta fueron útiles garrotes ideológicos contra el comunismo, pero también resultaron tan devastadores para su propio sistema productivo cuando involuntariamente lo volvieron en contra de ellos mismos, quedando los Estados Unidos como una máquina de absorber la producción de todo el planeta y no como el centro de la producción industrial.
Como resultado, se eligió no solo ignorar el mantenimiento de la producción vital para nuestros intereses geopolíticos, sino que también desintegrar intencionalmente gran parte de nuestra capacidad industrial avanzada, en el caso español, construida a partir del plan de estabilización económica (1959). En la década de 1990, el tecno-optimista se vio en Norteamérica a legiones de consultores tecno-optimistas empezando a promocionar esquemas llamativos de «desagregación» para desmembrar el núcleo supuestamente arcaico de la industria estadounidense. Aquí en España se le llamó por parte del Partido Socialista «Plan de reconversión industrial» – en realidad desmantelamiento industrial-.
En este momento de desmantelamiento se sufrió una separación total de la producción de la política, en nombre del aumento del consumo y las ganancias del comercio. Las preguntas sobre el bienestar de la comunidad o el interés geopolítico fueron rechazadas o incluso aplastadas. Bajo esta ideología, no se puede hacer una distinción entre mil millones de dólares en el PIB generado por el consumo de Netflix y mil millones de dólares en el PIB generado por la producción doméstica de máquinas o todo tipo de herramientas. Tampoco nos permite discernir qué sectores son vitales para retener y cuáles pueden deslocalizarse de manera segura sin comprometer nuestra posición en el mundo.
Una vez que finalmente empezamos a tratar de reconstruir la capacidad industrial, es posible que nos encontremos con una desagradable sorpresa. Es posible que ya no tengamos la capacidad de volver a encender la industria. La industria funcional requiere una gran cantidad de conocimiento implícito que no se recupera fácilmente una vez que las tradiciones de fabricación desaparecen, como un maestro que muere antes de que puedan encontrar un aprendiz para enseñar. Con la muerte material de la industria pesada avanzada viene la muerte de los ecosistemas institucionales que alguna vez fueron funcionales, llevándose a la tumba el código intelectual tácito con el que se ejecutan.
La deslocalización es una elección que se puede hacer con bastante rapidez; no está claro que lo mismo sea cierto para la reindustrialización. Este es un obstáculo epistémico diabólico a enfrentar. Quizá la distinción entre las sociedades preindustriales, industriales y postindustriales, como la nuestra la última, tiene la ventaja de que no debemos comenzar desde un punto cero a nivel epistémico e institucional. Sin embargo, este el lado más feo e incómodo de nuestra condición actual: nuestra crisis se extiende más allá de la voluntad. También tenemos una crisis de capacidad, una política que debería abandonar ciertos prejuicios ideológicos (liberalismo, sociedad del bienestar, economía de servicios) para poder al menos tener una gestión práctica y tecnocrática de la producción.
Otro problema, es que todavía tiene que haber una sociedad postindustrial que se haya reindustrializado, /pero este es un orden mucho más alto que aplicar la voluntad a la capacidad actual: también debemos reconstruir las capacidades. La construcción de una industria funcional requiere una inversión inicial masiva en procesos con retornos inciertos y horizontes a medio/largo plazo. Las empresas tecnologías occidentales pueden continuar sembrando nuevos productos novedosos, pero cuando llega el momento de producir sus productos «a escala», estas empresas se ven obligadas invariablemente a mudarse al extranjero.
La mayoría de estas nuevas empresas están muy por debajo de los fundamentos de una economía industrial. La preferencia de tiempo de Capital ha sido demasiado corta para combatir esta dinámica, y no hay razón para creer que pueda o deba desempeñar el papel principal la corporación por si sola. De hecho, todos los países que se han industrializado lo han hecho con la guía del Estado, reuniendo enormes cantidades de fondos de I + D y aplicando una estricta disciplina de exportación/importación para beneficiar a las industrias nacientes en las que invierte.
Es innegable que existen barreras para el dinamismo en el sistema actual, pero la pregunta más amplia que debemos abordar es cómo cultivar un buen dinamismo en primer lugar, ya que aunque el poder ha demostrado ser capaz de revolucionar a la sociedad para fines ideológicos en las últimas décadas, no está claro que así sea para cosas realmente tangibles.
El impulso competitivo de las corporaciones importantes durante la globalización ha sobrevivido al vaciamiento de los parques industriales occidentales, la asombrosa consolidación oligopolística y la conversión de nuestros exitosos conglomerados tecnológicos en parques de oficinas con sede administrativa/directiva en cualquiera de nuestros países para la gestión de cadenas de suministro en alta mar ha sido la tónica general. Sin duda está profundamente arraigado en nuestro código cultural (especialmente en el anglosajón): el arquetipo del fundador de compañías comerciales más allá de los mares que suministran de productos a la metrópoli, el problema es que esto antes se basaba en las propias fuerzas para mantener la cadena de suministro, ahora este tipo de cadena está beneficiado a países que absorben divisas que luego les servirán para desarrollar sus propias fuerzas.

La política que evita nuestro estancamiento y esclerosis actuales parecerá extraña al principio. Pero lo que es aún más extraño es nuestra adicción a las reliquias pasadas de moda de la ideología del siglo XX. Esto se extiende más allá de nuestro frenesí de deslocalización de ganancias para mejorar el comercio, es decir las compañías y corporaciones como oficinas de gestión de cadenas de suministro que traen manufacturas desde ultramar: es endémico de todo nuestro paradigma político.
El esfuerzo por reconstruir las partes de la sociedad que impulsaron nuestro progreso industrial en el siglo XX no debe verse limitado por ideologías superficiales desprovistas incluso de su propio contexto histórico. Cualquiera que sea el lado del debate «público-privado» en el que uno reflexivamente se encuentre, este marco de suma cero en sí mismo no hace nada para reconstruir la funcionalidad institucional.
Contrariamente a la sabiduría popular, la pandemia ha demostrado que Asia Oriental es el mejor lugar para colocar elementos clave de la cadena de suministro de manufacturas, ya que puede manejar una pandemia, y Europa (posiblemente excluyendo a Alemania) y Estados Unidos son peores lugares.
No me malinterpreten, apoyo la idea de mover a Occidente dicha cadena de suministro, pero la idea de que la pandemia es principalmente una amenaza a esta es algo simplista. Lo que se ha dejado más claro que nunca es que Estados Unidos y Europa necesitan un cambio de régimen antes de que puedan esperar reindustrializarse .
Esto no debería ser sorprendente, ya que la externalización de esta producción siempre se ha centrado en sacar fuera de las democracias occidentales el tipo de política tecnocrática e iliberal necesaria para gestionar una economía industrial moderna, de modo que los estados liberales occidentales puedan satisfacer sus fantasías ideológicas sin tener que atender lo complicado de una economía industrial.
Creo que hay una tesis más provocativa que acecha en el interior de esta hipótesis (aunque no tengo conocimientos suficientes para plantearla completamente): la industria global depende de un puñado de Estados con tendencias antiliberales.
En las primeras décadas del siglo XX, se creía comúnmente que las economías de mercado habían seguido su curso y no podían apoyar los Estados occidentales a la industria moderna. Aquí está la tesis provocativa: ¿y si tenían razón? ¿Qué pasa si el liberalismo ha estado fingiendo su destreza industrial desde entonces por puro realismo político?
Estados Unidos creó un orden mundial (basado en la interdependencia comercial) donde dos Estados anteriormente fascistas o del Eje mantienen tendencias económicas no liberales que suministran insumos de alta gama a un estado consumista capaz de movilizar a masas de personas mediante su poder cultural y garra geopolítica. Esto le permite avanzar tecnológicamente más allá de la propia teoría económica liberal.
Creo que esta tesis se vuelve más plausible cuando imaginamos cómo sería Estados Unidos si hiciera todo lo que Alemania, Japón y China hacen de forma nativa. ¿Podría entonces afirmar creíblemente que es «liberal» o el liberalismo estadounidense depende de aspectos esencialmente «escondidos» en el sistema?
Dejando dicha tesis atrás dado que no dispongo de suficientes conocimientos para plantearla seriamente, construir significa fundar nuevas empresas y forjar una nueva industria, pero también significa construir capacidad estatal y crear instituciones mediadoras funcionales para la mano de obra. Reconstruir la mejor parte de una sociedad industrial llevará décadas; y con nuestra actual fuerza de trabajo adaptada a trabajos de cuello blanco que carecen de dirección teleológica, enviar un millón de estudiantes a la universidad no ayudará a impulsar el progreso tecnológico. Más bien, se necesita la regeneración de escuelas de comercio, fundadas en la práctica y la coordinación, siendo respaldada por el Estado para capacitar a una fuerza laboral productiva.
Las exhortaciones para construir son cruciales, pero por sí solas, caen de plano. La construcción a gran escala que está divorciada de la política termina divorciada de la realidad; esto es difícil de aceptar. Además, debemos preguntarnos: ¿para qué construyen y producen? ¿Para quién estás construyendo? Todo lo que vale la pena construir o hacer en la historia de la Humanidad se ha alimentado con el significado que surge de estas preguntas. Nos faltan los medios para construir, sí, pero sobre todo, nos faltan los fines. Para que la tecnología, la capacidad industrial y el poder nos sirva necesita, en último término, un fin.
Incluso nuestra cultura popular ha dejado de intentar retratar el futuro en nuestra civilización. Los productores de Westworld de HBO (una serie de televisión) tuvieron que filmar en Singapur para retratar una ciudad estadounidense del futuro.
En cambio, parece que nuestras ciudades con grandes bloques y altos edificios no parecen hogares, sino alojamientos no habituales que realmente sirven como almacenes de valor para los oligarcas financieros que se mueven globalmente y que ven pocas inversiones de otro tipo en las que podrían utilizar mejor su dinero.







