¿Reindustrializar España y Occidente?

Los europeos y los estadounidenses se han vuelto bastante malos construyendo cosas en la realidad física.  Aunque Occidente sigue en la frontera de la tecnología de la información y en muchos sectores, hemos descuidado lo mundano y lo esencial en lo más básico para una situación de crisis o para simplemente reducir nuestra dependencia en manufacturas más básicas -desplazando la cadena de suministro al otro lado del planeta-.

Décadas de estancamiento, deslocalización y complacencia nos han alcanzado, y todas nuestras instituciones no han logrado evitar que el coronavirus paralice a la nación a nivel productivo, haciendo que importamos todos los productos sanitarios necesarios. Nuestra decadencia física ya no puede ser ignorada.

Al recordarnos que el estancamiento es una opción cuando vemos el desmantelamiento industrial progresivo, se afirma que nuestra crisis es principalmente un problema de voluntad. ¿El problema es competencia técnica?»  Claramente no, no tendríamos en Occidente rascacielos, escuelas y hospitales, automóviles y trenes, transporte aéreo, computadoras y teléfonos inteligentes diseñados aquí y ensamblados en Asia si fuera un problema de conocimiento técnico.

Todas estas cosas, las podemos continuar construyendo. Incluso podríamos tener en el futuro si quisiéramos todas estas cosas mucho más mejoradas, simplemente no lo queremos lo suficiente.

El problema, sin embargo es que  la capacidad productiva de Estados Unidos y Europa está latente, esperando ser desatada, se deduce que eliminar las barreras a la acción resolverá el problema.  La esclerosis institucional es profunda y el Estado es inepto para estas labores. Barreras como la captura reguladora y la preferencia de algunas corporaciones por desplazar la línea de suministro a Extremo Oriente son uno de los muchos problemas.

Las fuerzas necesarias para comenzar nuestra gran reconstrucción están, en este relato, simplemente limitadas.  Elimine estas barreras y produciremos de nuevo. La política y la economía deben ser teleológicas -tener un propósito final-, no simplemente elementos para satisfacer necesidades. Nuestra capacidad de construir no se ha ido, simplemente está inactiva, y está limitada no solo por el fracaso político sino por la política misma.

La esclerosis política y legal afecta a nuestros órganos de gobierno, desde el gobierno nacional hasta los gobiernos municipales, y sofocan nuestra capacidad de construir o tener un objetivo colectivo para cualquier cosa.  La única opción que parece que podemos hacer es elegir no hacer nada. Es innegable que estamos atravesando una crisis de voluntad, y que casi todo lo que nos rodea se opone al impulso de construir un futuro.  Pero, ¿hay realmente capacidad para hacerlo, estrangulado por nuestro sistema actual, esperando ser liberado?  ¿Debemos de alguna manera trascender la política para desatarla?

Si queremos tener éxito en la reconstrucción del poder industrial en España y en todo Occidente, necesitaremos no sólo la destrucción de las barreras ideológicas existentes sino la construcción de objetivos políticos positivos.  Ahí el liberalismo se equivoca increíblemente, un persona ideologizada puede imaginarse que los empresarios tecnológicos del Área de la Bahía de San Francisco (una de las zonas más punteras a nivel tecnológico del planeta) estarían contentos de que la política y el Estado los dejen en paz para realizar sus proyectos. Esto sería un error fatal provocando principalmente por el hecho de separar entre sector público y privado, ofuscando el verdadero funcionamiento de los desarrollos industriales serios,  además de una ontología muy específica que nos hace llegar a estas conclusiones muy fácilmente.

Para estar seguros, debemos eludir nuestro paradigma político actual sin dejar de pensar en la política como centro para esta labor. Construir algo nuevo es la cuestión más política imaginable. Intentar ignorar el Estado o simplemente eludirlo simplemente empeora nuestra disfuncionalidad;  contra intuitivamente, esto también ha conducido a una hinchazón administrativa, ya que un gobierno repleto de instituciones no funcionales se ve obligado a expandirse a medida que surgen nuevos problemas con el tiempo. Ante esto se ha intentado trascender lo político con llamativas técnicas de gestión aplicada de Harvard Business School y demás técnicas para mejorar la productividad, esto es una forma segura de repetir el estancamiento.

Para recuperar la voluntad de tener importancia industrial, primero debemos reconocer en qué momento elegimos renunciar en primer lugar este objetivo. En España esto lo podemos localizar entre los momentos posteriores a la Transición y el final de la Guerra Fría. En el caso de Estados Unidos todavía armados a principios de los años 90 hasta los dientes con armas ideológicas para luchar contra los soviéticos, mirando a su imperio en expansión, (también conocido como «el orden internacional liberal» o «la economía global») cayeron en algunos en la cuenta de que las doctrinas del libre comercio y la interconexión comercial del planeta fueron útiles garrotes ideológicos contra el comunismo, pero también resultaron tan devastadores para su propio sistema productivo cuando involuntariamente lo volvieron en contra de ellos mismos, quedando los Estados Unidos como una máquina de absorber la producción de todo el planeta y no como el centro de la producción industrial.

Como resultado, se eligió no solo ignorar el mantenimiento de la producción vital para nuestros intereses geopolíticos, sino que también desintegrar intencionalmente gran parte de nuestra capacidad industrial avanzada, en el caso español, construida a partir del plan de estabilización económica (1959). En la década de 1990, el tecno-optimista se vio en Norteamérica a legiones de consultores tecno-optimistas empezando a promocionar esquemas llamativos de «desagregación» para desmembrar el núcleo supuestamente arcaico de la industria estadounidense. Aquí en España se le llamó por parte del Partido Socialista «Plan de reconversión industrial» – en realidad desmantelamiento industrial-. 

En este momento de desmantelamiento se sufrió una separación total de la producción de la política, en nombre del aumento del consumo y las ganancias del comercio.  Las preguntas sobre el bienestar de la comunidad o el interés geopolítico fueron rechazadas o incluso aplastadas.  Bajo esta ideología, no se puede hacer una distinción entre mil millones de dólares en el PIB generado por el consumo de Netflix y mil millones de dólares en el PIB generado por la producción doméstica de máquinas o todo tipo de herramientas.  Tampoco nos permite discernir qué sectores son vitales para retener y cuáles pueden deslocalizarse de manera segura sin comprometer nuestra posición en el mundo.

Una vez que finalmente empezamos a tratar de reconstruir la capacidad industrial, es posible que nos encontremos con una desagradable sorpresa.  Es posible que ya no tengamos la capacidad de volver a encender la industria.  La industria funcional requiere una gran cantidad de conocimiento implícito que no se recupera fácilmente una vez que las tradiciones de fabricación desaparecen, como un maestro que muere antes de que puedan encontrar un aprendiz para enseñar.  Con la muerte material de la industria pesada avanzada viene la muerte de los ecosistemas institucionales que alguna vez fueron funcionales, llevándose a la tumba el código intelectual tácito con el que se ejecutan.

La deslocalización es una elección que se puede hacer con bastante rapidez;  no está claro que lo mismo sea cierto para la reindustrialización.  Este es un obstáculo epistémico diabólico a enfrentar. Quizá la distinción entre las sociedades preindustriales, industriales y postindustriales, como la nuestra la última, tiene la ventaja de que no debemos comenzar desde un punto cero a nivel epistémico e institucional.  Sin embargo, este el lado más feo e incómodo de nuestra condición actual: nuestra crisis se extiende más allá de la voluntad.  También tenemos una crisis de capacidad, una política que debería abandonar ciertos prejuicios ideológicos (liberalismo, sociedad del bienestar, economía de servicios) para poder al menos tener una gestión práctica y tecnocrática de la producción.


Otro problema, es que todavía tiene que haber una sociedad postindustrial que se haya reindustrializado, /pero este es un orden mucho más alto que aplicar la voluntad a la capacidad actual: también debemos reconstruir las capacidades. La construcción de una industria funcional requiere una inversión inicial masiva en procesos con retornos inciertos y horizontes a medio/largo plazo.  Las empresas tecnologías occidentales pueden continuar sembrando nuevos productos novedosos, pero cuando llega el momento de producir sus productos «a escala», estas empresas se ven obligadas invariablemente a mudarse al extranjero.

La mayoría de estas nuevas empresas están muy por debajo de los fundamentos de una economía industrial. La preferencia de tiempo de Capital ha sido demasiado corta para combatir esta dinámica, y no hay razón para creer que pueda o deba desempeñar el papel principal la corporación por si sola. De hecho, todos los países que se han industrializado lo han hecho con la guía del Estado, reuniendo enormes cantidades de fondos de I + D y aplicando una estricta disciplina de exportación/importación para beneficiar a las industrias nacientes en las que invierte.

Es innegable que existen barreras para el dinamismo en el sistema actual, pero la pregunta más amplia que debemos abordar es cómo cultivar un buen dinamismo en primer lugar, ya que aunque el poder ha demostrado ser capaz de revolucionar a la sociedad para fines ideológicos en las últimas décadas, no está claro que así sea para cosas realmente tangibles.

El impulso competitivo de las corporaciones importantes durante la globalización ha sobrevivido al vaciamiento de los parques industriales occidentales, la asombrosa consolidación oligopolística y la conversión de nuestros exitosos conglomerados tecnológicos en parques de oficinas con sede administrativa/directiva en cualquiera de nuestros países para la gestión de cadenas de suministro en alta mar ha sido la tónica general.  Sin duda está profundamente arraigado en nuestro código cultural (especialmente en el anglosajón): el arquetipo del fundador de compañías comerciales más allá de los mares que suministran de productos a la metrópoli, el problema es que esto antes se basaba en las propias fuerzas para mantener la cadena de suministro, ahora este tipo de cadena está beneficiado a países que absorben divisas que luego les servirán para desarrollar sus propias fuerzas.

La política que evita nuestro estancamiento y esclerosis actuales parecerá extraña al principio.  Pero lo que es aún más extraño es nuestra adicción a las reliquias pasadas de moda de la ideología del siglo XX.  Esto se extiende más allá de nuestro frenesí de deslocalización de ganancias para mejorar el comercio, es decir las compañías y corporaciones como oficinas de gestión de cadenas de suministro que traen manufacturas desde ultramar: es endémico de todo nuestro paradigma político.

El esfuerzo por reconstruir las partes de la sociedad que impulsaron nuestro progreso industrial en el siglo XX no debe verse limitado por ideologías superficiales desprovistas incluso de su propio contexto histórico. Cualquiera que sea el lado del debate «público-privado» en el que uno reflexivamente se encuentre, este marco de suma cero en sí mismo no hace nada para reconstruir la funcionalidad institucional.

Contrariamente a la sabiduría popular, la pandemia ha demostrado que Asia Oriental es el mejor lugar para colocar elementos clave de la cadena de suministro de manufacturas, ya que puede manejar una pandemia, y Europa (posiblemente excluyendo a Alemania) y Estados Unidos son peores lugares.

No me malinterpreten, apoyo la idea de mover a Occidente dicha cadena de suministro, pero la idea de que la pandemia es principalmente una amenaza a esta es algo simplista. Lo que se ha dejado más claro que nunca es que Estados Unidos y Europa necesitan un cambio de régimen antes de que puedan esperar reindustrializarse .

Esto no debería ser sorprendente, ya que la externalización de esta producción siempre se ha centrado en sacar fuera de las democracias occidentales el tipo de política tecnocrática e iliberal necesaria para gestionar una economía industrial moderna, de modo que los estados liberales occidentales puedan satisfacer sus fantasías ideológicas sin tener que atender lo complicado de una economía industrial.

Creo que hay una tesis más provocativa que acecha en el interior de esta hipótesis (aunque no tengo conocimientos suficientes para plantearla completamente): la industria global depende de un puñado de Estados con tendencias antiliberales.

En las primeras décadas del siglo XX, se creía comúnmente que las economías de mercado habían seguido su curso y no podían apoyar los Estados occidentales a la industria moderna. Aquí está la tesis provocativa: ¿y si tenían razón? ¿Qué pasa si el liberalismo ha estado fingiendo su destreza industrial desde entonces por puro realismo político?

Estados Unidos creó un orden mundial (basado en la interdependencia comercial)  donde dos Estados anteriormente fascistas o del Eje mantienen tendencias económicas no liberales que suministran insumos de alta gama a un estado consumista capaz de movilizar a masas de personas mediante su poder cultural y garra geopolítica. Esto le permite avanzar tecnológicamente más allá de la propia teoría económica liberal.

Creo que esta tesis se vuelve más plausible cuando imaginamos cómo sería Estados Unidos si hiciera todo lo que Alemania, Japón y China hacen de forma nativa. ¿Podría entonces afirmar creíblemente que es «liberal» o el liberalismo estadounidense depende de aspectos esencialmente «escondidos» en el sistema?

Dejando dicha tesis atrás dado que no dispongo de suficientes conocimientos para plantearla seriamente, construir significa fundar nuevas empresas y forjar una nueva industria, pero también significa construir capacidad estatal y crear instituciones mediadoras funcionales para la mano de obra. Reconstruir la mejor parte de una sociedad industrial llevará décadas;  y con nuestra actual fuerza de trabajo adaptada a trabajos de cuello blanco que carecen de dirección teleológica, enviar un millón de estudiantes a la universidad no ayudará a impulsar el progreso tecnológico. Más bien, se necesita la regeneración de escuelas de comercio, fundadas en la práctica y la coordinación, siendo respaldada por el Estado para capacitar a una fuerza laboral productiva.

Las exhortaciones para construir son cruciales, pero por sí solas, caen de plano.  La construcción a gran escala que está divorciada de la política termina divorciada de la realidad; esto es difícil de aceptar.  Además, debemos preguntarnos: ¿para qué construyen y producen?  ¿Para quién estás construyendo?  Todo lo que vale la pena construir o hacer en la historia de la Humanidad se ha alimentado con el significado que surge de estas preguntas.  Nos faltan los medios para construir, sí, pero sobre todo, nos faltan los fines.  Para que la tecnología, la capacidad industrial y el poder nos sirva necesita, en último término, un fin.

Incluso nuestra cultura popular ha dejado de intentar retratar el futuro en nuestra civilización. Los productores de Westworld de HBO (una serie de televisión) tuvieron que filmar en Singapur para retratar una ciudad estadounidense del futuro.

 En cambio, parece que nuestras ciudades con grandes bloques y altos edificios no parecen hogares, sino alojamientos no habituales que realmente sirven como almacenes de valor para los oligarcas financieros que se mueven globalmente y que ven pocas inversiones de otro tipo en las que podrían utilizar mejor su dinero. 

La Revolución francesa.

La nueva constitución francesa de 1791 es una de las que más amplia el sujeto político activo (aumenta el número de elecciones y electores). No sólo son electivos los escaños de la asamblea soberana, sino todos los puestos de los demás órganos de gobierno -autoridades locales de los departamentos y comunas, magistrados y jueces de paz, obispos y sacerdotes e incluso oficiales de la Guardia Nacional.- No hay burocracia ni funcionariado ni autoridad administrativa central estable.

El rey es una figura meramente representativa, sus ministros apenas tienen poder y toda la administración del país corresponde a los directivos electivos de los departamentos y las municipalidades. Como el propio Luis XVI señala en su carta a la nación redactada después de su huida a Varennes, semejante sistema resulta inviable en un país del tamaño y la importancia de Francia.

La autoridad está tan fragmentada y limitada que el gobierno carece de cualquier control efectivo sobre la administración; por otro lado, la libertad se encuentra minuciosamente salvaguardada que se ve sofocada por la carga de las continuas elecciones. Pero fuera de la maquinaria constitucional ha surgido una formidable organización movida por una despiadada voluntad de poder, destinada a heredar el centralismo y la autoridad tradicionales del antiguo absolutismo. Estos son los jacobinos, son una vasta asociación, con más tendencia a la acción política que cualquier otra que haya existido anteriormente.

Ellos personifican los verdaderos órganos de la revolución son los clubes y las sociedades populares. La sociedad jacobina posee cientos de ramas provinciales afiliadas, a través de las cuales ejerce una influencia de un extremo del país al otro. .
Los constitucionalistas liberales se encontraron la mayor parte del tiempo aislados entre las fuerzas insurgentes jacobinos y los realistas católico.

Una vez los jacobinos y la Comuna toma el poder, la administración y los mandos del ejército además de la mayor parte del país está aún a favor de la constitución, el sentimiento monárquico tiene fuerza suficiente en otras partes del país especialmente en el centro y en el oeste. A su vez, los prusianos avanzan y Francia permanece con un gobierno y ejército fragmentado, el país no parece estar en condiciones de resistir la invasión. Danton, el representante de la Comuna en el nuevo gobierno, salva la situación con su habitual coraje y energía. Derrota el derrotismo de sus colegas girondinos, refuerza la resistencia del país enviado a los departamentos comisionados apoderados para reunir hombres y municiones, purgar a las autoridades locales e influir sobre la opinión pública además de arrestando a sospechosos y armando al pueblo.

Posteriormente, las noticias que vienen del frente anunciando el cerco de Verdún sumado a la endémica división interna desde el inicio de la revolución es una gran baza para los jacobinos.

Los días después del cerco de Verdún jacobinos y los agitadores de la Comuna deciden hacer a la desesperada una llamada al pueblo de París a favor de la unidad y en defensa de la revolución. La misma tarde, partidas de ciudadanos y guardias nacionales se lanzan en contra de la restante oposición, la asamblea y los adversarios políticos encarcelados acabando con cientos de ellos en un único día.

Decir que esta enemistad no es espontánea, entre los partidos a favor del movimiento revolucionario se encuentran la Gironda, defensores de la burguesía liberal urbana y los derechos de las provincias (descentralización) frente al centralismo revolucionario de la Comuna de París. En el otro lado está la Montaña, el partido de la Comuna y los triunviros, los hombres más movilizados, tienen el apoyo de los clubes y las asambleas populares de las secciones urbanas.

Este es el partido de la revolución en el sentido más estricto, el que se da cuenta que las reformas anteriormente mencionadas que no hicieron más que debilitar el poder (descentralización y extensión a gran parte de los cargos de relevancia a elecciones periódicas, la Montaña se da cuenta que necesita de unidad y autoridad, están decididos a destruir despiadadamente a todo aquello que dinamite ese ideal.

A la Montaña no le bastan ni las reformas políticas ni las instituciones republicanas del comienzo de la revolución. Sueña con una República del espíritu erigida sobre fundamentos morales. Escribe Robespierre:

“¿Quién de nostoros iba a querer descender de las alturas de los principios eternos que hemos proclamado al gobierno de la República de Berna, por ejemplo, o al de Venecia u Holanda? No basta con derribar el trono; lo que nos importa es elevar sobre sus restos la sacrosanta igualdad y los derechos del hombre. La República no la constituye un nombre hueco, sino el carácter de los ciudadanos. El alma de la República es la virtud; es decir, el amor a la patria, el sacrificio magnánimo que subordina los intereses privados al interés general”.

No se puede dudar de la sinceridad de la fe de Robespierre en este elevado ideal. Su convicción y su consistencia parece más la de un líder religioso que un líder político realista que busca simplemente el poder. Lo cierto es que La Montaña estaba resuelta a defender la Revolución contra los invasores extranjeros y las fuerzas contrarias a su gobierno en el interior. El problema que encontraron estos enérgicos hombres es que la estructura política está quebrada, cualquier conflicto constituye un peligro para la estabilidad.

Los girondinos antes de perder el poder no pueden imponer efectivamente su autoridad ni su autoridad ejecutiva, ni el control efectivo sobre las autoridades locales. La primera revolución (o golpe) hecha por los jacobinos  transfiere el control de la policía y del gobierno a las comunas al movimiento de Marat, Robespierre y Danton. La segunda transforma a la Guardia nacional en el ejército de las secciones y de la comuna revolucionaria.

El movimiento jacobino contiene a su vez apoyos realmente pintorescos, por ejemplo el cura revolucionario Jacques Roux, párroco abanderado de la causa de los pobres. Aunque no es socialista, insiste en la necesidad de realizar el carácter social de la revolución: “La libertad no es más que un fantasma cuando una clase puede privar del sustento a la otra impunemente. La igualdad no es más que un fantasma cuando el rico, con el monopolio ejerce su derecho sobre el resto del pueblo.”

La lucha entre la Montaña y la GIronda se muestra claramente, el Ministro del interior dice de la Gironda: “Han querido establecer una aristocracia de ricos, comerciantes y propietarios que no han tenido en cuenta o no han querido ver que estos hombres son el azote de la humanidad, que no piensan ni viven sino para ellos, siempre dispuestos a sacrificarlo todo para su ambición; que apoyarles es en realidad facultarles para acaparar todas las mercancías y acumular los tesoros para poder así gobernar al pueblo con la vara de la avaricia. S se me diera a elegir preferiría el Antiguo Régimen; los nobles y los sacerdotes tenían algunas virtudes, de las que carecen absolutamente estos hombres. “


“¿Qué han dicho los jacobinos? Que es necesario poner un freno a los hombres ambiciosos y depravados; en el A.Régimen los nobles y los sacerdotes establecieron en su momento una barrera infranqueable. Pero bajo el nuevo régimen su ambición no conoce límites, harían morir al pueblo de hambre; hay que afanarse en ponerles una barrera; basta con poner en movimiento a los sans culottes. Cada vez que los sans culottes se levanten les veréis huir… basta con levantar el látigo y que los vean huir como niños.”

A la vez de esta guerra dialéctica entre la Gironda y la Montaña (jacobinos) también existe un conflicto armado entre ambos, siendo los girondinos fugados de París agitadores en las provincias en contra del poder jacobino acusandole de coup d’État. Todas las plazas se levantan contra el gobierno central jacobino a excepción de tres departamentos.

La revuelta en las provincias acaba siendo un fiasco, el movimiento girondino no tiene raíces en el pueblo y su control sobre las asambleas tampoco se corresponde con la realidad social. Si hubieran sido capaces de apelar a los campesinos como los jacobinos hacían a los moradores de las zonas urbanas, los resultados hubieran sido diferentes. Pero les separa de los campesinos la barrera de clase y aún más el profundo golfo de la religión (los girondinos eran notablemente anticlericales).

Los girondinos son parte, más que los jacobinos, de la Ilustración, mientras que los campesinos pertenecen a un mundo que ha cambiado poco desde la Edad Media, de ahí a que el apoyo en el campo sea en favor de la reacción, la mayoría ofendidos por la Constitución civil del clero (control del clero por el gobierno), la ley de conscripción militar obligatoria, esto acabaría siendo realmente una guerra entre el campo y la ciudad, el paisanaje contra la burguesía.

Lo cierto es que si los girondinos hubieran podido aliarse con esta espontánea explosión del sentimiento regionalista, como saben hacer los jacobinos con la clase media y baja de las urbes, la historia podría haber sido diferente.

Robespierre redacta un memorándum o que contiene las principales líneas de acción del gobierno revolucionario:
«Se necesita una voluntad única, sea republicana o realista si es republicana tiene que haber ministros republicanos, una prensa republicana, diputados republicanos y gobierno republicano. El peligro viene de la disolución de la disciplina interna. Necesitamos que el pueblo alie con nosotros. Necesitamos extender nuestro poder pagando a los sans culottes y mantenerles en las ciudades: armarles, excitar su rabia e ilustradora. Necesitamos, por todos los medios exaltar el entusiasmo republicano.»

Este programa es ejecutado el segundo semestre de 1793. La anarquíca descentralización de la Constitución liberal se transforma en el centralizado gobierno jacobino, se introduce la Ley de Sospechosos, la Ley del Máximo General, leyes que sirven para perseguir a la posición y controlar los precios en la caótica situación vivida. Se trata de un sistema totalitario (lo decimos sin connotaciones positivas o negativas) instrumentalizado con el Comité de Salud Pública, el Comité de Seguridad General, los comités revolucionarios locales y los diputados en misión, que se infiere en todos los aspectos de la vida pública para mantener la cohesión interna, heredando así una tradición centralista y de máxima movilización jamás soñada por el viejo absolutismo.

Se trata de algo que los modernos podríamos denominar como dictadura, pero una dictadura donde el poder no reside en el ejército o la policía, sino en los diputados en misión que disponen de poderes ilimitados para ordenar los diferentes distritos del país.

Así se acaba el espíritu federalista y la independencia provincial haciéndose el ideal de la República Una e Indivisible. El caso jacobino es algo así como una dictadura republicana de guerra, un gobierno para la defensa nacional que somete a todo el país a la disciplina militar, recordando a una Esparta moderna. Para finalizar esta publicación, ejemplificar este discurso de movilización general, dice la propaganda jacobina: «Los jóvenes marcharán al frente, los hombres casados fabricarán armas y transportarán los suministros; las mujeres coseran tiendas y uniformes y servirán en los hospitales, los viejos serán trasladados a las plazas públicas para excitar el celo de los guerreros, exhortar el odio a los reyes y promover la unidad de la República».

El nacimiento de la democracia moderna.

Pueblo tradicional vs élites ilustradas.

Los orígenes de la democracia moderna están tan mezclados con el liberalismo que es difícil desenmarañar y distinguir sus respectivas contribuciones. Es sin embargo, inseparable la relación de las tres revoluciones, la inglesa la norteamericana y la francesa, las que transforman la Europa del antiguo régimen con sus monarquías absolutas y sus iglesias nacionales, en el mundo contemporáneo.

Las tres revoluciones liberales expresión política del movimiento ilustrado europeo en fases sucesivas. Pero no sé trata de un movimiento originalmente democrático, pues el ideal democrático se formula claramente en la segunda mitad del siglo XVIII.

 La revolución de las ideas en la Europa continental se adelantó medio siglo a las revoluciones política  económica, pero aquella no es, en ninguna modo sentido de la expresión de un movimiento democrático, sino obra de una pequeña minoría de hombres de letras que se miran en reyes príncipes y comerciantes de Europa más que en la gente común, y cuyo ideal de gobierno es un absolutismo benevolente e ilustrado, como el de Federico el Grande o Catalina de Rusia. Un inmenso espacio separa las ideas de Voltaire y Dieron de las del hombre común. El liberalismo de los filósofos era una planta de invernadero difícil de ser aclimatados al aire libre junto con las personas del común.

Indudablemente, la cultura de la ilustración tiene una difusión internacional, aunque si se juzgará únicamente al respecto las evidencias literarias se creería que el liberalismo había vencidos Pero de trata de un triunfo superficial que afecta a una ínfima parte de la sociedad europea. Al margen de la minoría privilegiada y cultivada perduran las viejas costumbres y la mayoría de la población acepta las creencias e ideas de sus antepasados.

Las fuerzas del mundo moderno -industrialismo, transporte mecánico, periodismo, educación pública, servicio militar obligatorio- no cuentan para ella y la sociedad está constituida por regiones económicamente bastante independientes con tradiciones y costumbres propias, en algunas ocasiones hasta instituciones diferentes al respecto las del resto del Reino al que pertenecen.

Este regionalismo encuentra su desarrollo dentro de los Estados y principados eclesiásticos alemanes. Aunque en Francia el Estado continental más unitario, la influencia del pasado feudal todavía de hace sentir en la diversidad de instituciones provinciales dada una de ellas con su propia vida economía, apenas efectuada por las modas y opiniones de las élites intelectuales.

La Iglesia mantiene su poder sobre las almas y sus fiestas y peregrinaciones siguen siendo parte importante de la vida popular. Se siguen abriendo órdenes misioneras, construyendo grandes templos de inspiración barroca, sin embargo existe un evidente divorcio entre el racionalismo burgués y el tradicionalismo cristiano imperante.

Poco a poco y por la estrecha alianza con el Estado, la Iglesia se torna vulnerable a injerencias políticas. Consecuentemente, la sustitución del absolutismo católico barroco por el despotismo ilustrado de José II o de Carlos III priva a la Iglesia de cierta influencia. Sin embargo, para que las ideas de la Ilustración se proyecten más allá del angosto mundo de las clases privilegiadas y transforman el pensamiento y la vida del pueblo, las mismas élites tienen que contar con fuerzas psicológicas que operan por debajo de la conciencia racional. Esta filosofía tiene que convertirse en una religión secular y sus ideas en artículos de fe.

Esta reinterpretación del liberalismo en términos religiosos es la obra de Rousseau, fundador y profeta de una fe nueva: la religión de la democracia. A pesar de su conversión al catolicismo, Rousseau mantiene el rígido individualismo religiosa del protestantismo ginebrino. Convertido este individualismo después al liberalismo, enganchando los orígenes religiosos (como todas las ideologías mecanicistas que no son más que ideas del cristianismo secularizados) con la famosa ideología liberal.

Nuestro ginebrino advierte en 1749 que las desgracias del hombre y todos los meses de la sociedad no se deben al pecado ni a la ignorancia del propio hombre, sino a la injusticia social y a la corruptora civilización artificial. Sí el hombre pudiera retornar a la naturaleza y seguir los inspirados instintos de su corazón todo se arreglaría. El salvaje hijo de la naturaleza es más feliz que el hombre echado a perder por la civilización. La fe del campesino es más sensata que toda la ciencia de los filósofos, dice Rousseau. A su vez, aboga por la causa del individuo en contra de la sociedad, por la del pobre contra el rico (piedad cristiana), por la del pueblo contra las clases privilegiadas, por el amor contra la convención y por la intuición y el sentimiento religioso contra filósofos y libertinos.


Ya no será Voltaire sino Rousseau en quien la nueva generación busque guía e inspiración. Padre de los creadores de la nueva época y fuente del espíritu del idealismo revolucionario que encuentra su expresión no solo en el liberalismo, sino también en el socialismo, anarquismo y nacionalismo.

Rousseau es el primero en inflamar los espíritus con el ideal de la democracia, no como un mero sistema de gobierno, sino como un nuevo modo de vida, una visión de la justicia social y la fraternidad que es nada menos que el reino de Dios en la tierra. Sin embargo, Rousseau no es un revolucionario corriente, la revolución que predica abarca numerosos campos, y él mismo es consciente del peligro que supone cualquier perturbación repentina del orden establecido. Pero estas causas reservas apenas reducen el efecto de su tremenda denuncia de la desigualdad y la injusticia del orden establecido. Aunque no era socialista, no simpatiza por ello con los ideales de la economía capitalista; aunque admira la libertad y la simplicidad republicana de la sociedad protestante suiza, denuncia su individualismo burgués.

Esa tendencia anti burguesa y anti mercantil diferencia a Rousseau del liberalismo, de la revolución whig, basado en los derechos de propiedad por encima de los derechos del hombre, y del de la Ilustración, favorable al capitalismo y cuyos más entusiastas partidarios son los financieros y sus esposas. Él era profundamente hostil a los defensores del lujo, como Mandeville y Voltaire, y a los representantes del liberalismo económico como Adam Smith y Turgot.

En este punto está del lado no solo de los críticos conservadores de la Ilustración como Linguet y Mirabeau, sino también con los campeones de la ortodoxia católica los defensores de la doctrina católica con respecto a la usura y a los derechos de los pobres. La iglesia mantiene en vísperas de la Revolución francesa una firme oposición a la filosofía capitalista y a la visión económica triunfante en Inglaterra y Holanda.


Detrás del combate abierto librado por la Ilustración en el plano de la filosofía y la libertad del pensamiento, hay una lucha más profunda contra el orden tradicional que limita la libertad de comercio, obstaculizada la industria dentro de los límites de la corporación o la guilda (gremios y asociaciones de trabajadores o mercaderes), aunque también en contra de la tradición religiosa que idealiza la pobreza y condena el espíritu adquisitivo y competitivo, inseparable de la nueva sociedad comercial.

Rousseau se encuentra en esta contienda del lado de los reaccionarios, tienen motivaciones similares a las de la ortodoxia tradicionalista. Su ideal económico es el distribucionismo agrario de una sociedad campesina inspirada por los ideales cristianos de la caridad y la ayuda mutua, ajena por completo al individualismo competitivo de la sociedad capitalista o a la organización industrial a gran escala del socialismo moderno. En todo caso, la Revolución muestra que ni la burguesía ni la masa urbana son capaces de realizar el ideal rousseauniano de una democracia republicana.

El ginebrino no pretende aplicar sus principios a un Estado grande y altamente centralizado como la Francia de su época. Cree que la igualdad política resulta inalcanzable a menos que existan condiciones económicas que favorezcan la igualdad social: Además que las instituciones democráticas sólo convienen a estados pequeños cuyos ciudadanos participen directamente en la vida pública y en el gobierno, como en el caso de los cantones rurales de Suiza y de las antiguas ciudades-estado.


Orígenes de la revolución americana y del movimiento independentista estadounidense en las Trece Colonias.

Mientras que Rousseau mira al pasado, hacia una representación idealizada de Esparta y Roma, un «Estado democrático» se está configurando efectivamente en el nuevo mundo, al otro lado del Atlántico, dándose una sorprendente analogía entre el distributismo agrario de Rousseau y el pensamiento en la mayor parte de los casos ruralista y de pequeño propietario de los padres fundadores de los Estados Unidos. Un siglo y medio antes de que se escribiera El contrato social de Rousseau, la partida de exiliados puritanos que desembarca en las costas vírgenes de Nueva Inglaterra había firmado un genuino acuerdo por el cuál se constituían en un “cuerpo político civil” y prometían, cada uno de ellos, obediencia a la voluntad general.

El acuerdo desarrolla el principio calvinista del pacto eclesiástico, un principio inspirador del desarrollo de la sociedad en Nueva Inglaterra: se trata de “un pacto o acuerdo visible, un consentimiento por el cual, quienes lo suscriben se entregan al Señor por la observancia comunitaria de los preceptos instituidos por Cristo”. Estas son las bases sobre las que se funda la pequeña ciudad, la unidad social primaria, de modo que la parroquia, la escuela y la asamblea local son los órganos de una comunidad espiritual que ejerce un estricto control sobre la moralidad y la vida económica de sus miembros. Esta democracia teocrática, con su intensa disciplina moral y su fuerte espíritu comunal, es la fuerza creativa detrás del despliegue americano.

Es cierto subraya James Adams, que se trata de una comunidad estricta, represiva e intolerante,  que excluye a los derechos cívicos de gran parte de la población. Sin embargo, el ideal congregacionista es esencialmente democrático y el hecho de que la ciudadanía esté basada en la pertenencia a la Iglesia y esta, a su vez , en la conversión personal, le da a todo el sistema social un carácter unitario que nunca se alcanzaría mediante las instituciones políticas artificiales.

Así la sociedad se convierte en una comunidad espiritual en la que la pertenencia implica un acto de convicción personal y auto entrega (voluntarismo protestante que luego rige la sociedad liberal). Este principio contractual o pactista del orden social presenta un evidente analogía con la teoría de Rousseau, teniendo en cuenta la diferencia teológica entre el estricto calvinismo de los habitantes de Nueva Inglaterra del siglo XVII y el protestantismo de los ciudadanos ginebrinos del siglo XVIII.

Hay otro elemento en la sociedad de Nueva Inglaterra que resulta menos simpático. Detrás de la colonización puritana en América está la iniciativa económica de los capitalistas puritanos que financian las empresas. El gobierno de Massachusetts estaba en las manos de una sociedad anónima y tenía asegurada la autosuficiencia y la independencia gracias a la Royal Charter otorgada por la corona a Nueva Inglaterra para favorecer la emigración de capitalistas y comerciantes ingleses. El capitalismo de propietarios de la Compañía de Massachusetts, como más tarde la de William Penn en Pennsylvania, la de Baltimore en Maryland y la de Oglethorpe en Georgia, se inspira más en el idealismo religioso que en el interés privado.

Aunque la sociedad colonial es la creación de las mismas fuerzas sociales y religiosas generadoras de la nueva cultura comercial burguesa en Holanda e Inglaterra, lo cierto es que se va a desarrollar en un ambiente muy diferente al de la Europa burguesa. En vez del viejo mundo del privilegio social y la competencia económica , el colono americano regresa al estado de naturaleza, no a la naturaleza idealizada por los sueños de Rousseau, sino a la salvaje realidad del bosque, el sendero de la guerra y el escalpo de los indios.

Los dos hechos fundamentales que condicionan el desarrollo social americano son los recursos ilimitados de una tierra casi libre ocupantes que sean un adversario destacable para su expansión, haciendo a cada hombre libre y fuerte un propietario de tierras en potencia, y el miedo a los indios y al hambre, que fuerza a la población de frontera (y al principio todos los establecimientos eran fronterizos) a sacrificar cierto individualismo natural a la necesidad de cooperación y asociación contra los peligros que acechan.

Las condiciones anteriormente indicadas son comunes a Nueva Inglaterra y a Virginia; la única diferencia está en la estructura social de la democracia de propietarios esclavista del sur, en donde la unidad social es la plantación privada, el sistema democrático-representativo congregacionista agrario de Nueva Inglaterra, en donde la unidad social es la pequeña localidad con sus parcelas en mano común y su espíritu comunal. Diferencias acentuadas en el siglo XVIII por el incremento de la esclavitud, favorecedora del desarrollo de extensas haciendas en el sur y de la división de clases entre aristocracia de hacendados y los pequeños propietarios agricultores ocupantes de tierra. Por otro lado, un desarrollo similar tiene lugar en Nueva Inglaterra durante el mismo período, debido al crecimiento del capitalismo, lo que se manifiesta tanto en la especulación de tierras como en la aparición de comerciantes ricos.

Así pues, la primera mitad del siglo XVIII conoce el declive de la simplicidad y cierta igualdad entre los considerados “libres entre iguales”. Los hacendados y comerciantes más influyentes de los litorales norteamericanos estrechan sus vínculos comerciales con la sociedad inglesa, recibiendo la influencia del pensamiento y el modo de vida europeo. Las iglesias pierden el control de la vida política y el cerrado, teocrático y ordenancista mundo de la sociedad puritana se desintegra bajo la presión del cambio económico y la creciente secularización de la cultura.

Sin embargo, la influencia de la costa se ve contrarrestada por la de la frontera, que reproduce o acentúa las condiciones primitivas de los primeros asentamientos, de modo que cada nueva extensión del área de los asentamientos incorpora nuevos elementos democráticos. Además, bajo la superficie, la tradición puritana todavía conserva su fuerza y vitalidad, como se ve el Gran despertar de 1740 y en el desarrollo subsiguiente de la actividad de las sectas. El puritanismo americano produce en el siglo XVIII su gran maestro religioso, Jonathan Edwards. Más o menos al mismo tiempo, los diarios del cuáquero John Woolman muestra que la religión del pueblo tiene a veces un idealismo social no menos intensa y a veces más profunda que el de la Ilustración. Woolman denuncia la injusticia social, la corrupción con tanta determinación como Rousseau, pero en vez de limitarse a generalidades dedica su vida a trabajar contra la iniquidad de la esclavitud y el espíritu adquisitivo característico de la nueva sociedad burguesa.

A pesar de que la tradición religiosa se mantiene viva en el pueblo, la cultura de las clases medias y altas se ve afectada de la misma forma en Europa Occidental. El más importante representante de la Ilustración americana es el impresor y periodista de Boston Benjamin Franklin, establecido en Pennsylvania y que poco a poco se labra una reputación intercolonial e internacional de científico, político y moralista. Su sentido común, su espíritu práctico, su industriosidad y economía su filantropía y optimismo moral hacen de él ejemplo de todas las virtudes burguesas, dándole una atractiva imagen a los ilustrados europeos franceses.

Para el mundo europeo, Franklin se convertirá en una figura del nuevo ideal democrático de una humanidad liberada de las restricciones impuestas por el privilegio y la tradición y no reconoce más leyes que las de la naturaleza y la razón; para América no es menos importante como síntoma de una nueva cultura nacional que trasciende de los estrechos límites locales y religiosos de la etapa fundacional.

Resulta inevitable que el desarrollo de una conciencia nacional halle también expresión política. El proyecto de Franklin para crear una unión colonial bajo la corona en 1754 no logra imponerse, sin embargo, al espíritu provinciano y separatista. En tales circunstancias, la oposición de todas las colonias a las tendencias centralizadoras de la corona y el parlamento británico será la única fuerza que sustente la unión. La destrucción del imperio francés en Norteamérica en la Guerra de los siete años libra a las colonias de su dependencia del apoyo militar británico y las hace conscientes , como nunca antes lo han sido, de sus dependencia política y económica con respecto a la madre patria. Además, en el instante en que la revisión de las relaciones imperiales se hace inevitable, Jorge III se implica cada vez más en un conflicto político con los whigs y regresa a la alianza tradicional de la corona con los tories.

La oposición colonial se siente representante no solo de los intereses locales, sino también de los principios constitucionales whig y de las tradiciones de la Revolución inglesa. La filosofía de Sidney y Locke proporciona una plataforma común de representantes de la Ilustración americana como Franklin y Jefferson con líderes de la democracia puritana de Nueva Inglaterra como Samuel Adams; algo parecido a lo que sucede con los aristócratas whig aliados con la burguesía protestante en 1688.

Mientras que en el concepto whig de la estructura social de Inglaterra predominan los intereses de la aristocracia terrateniente, el factor decisivo en América será el elemento popular, lo cual le imprime un sesgo democrático. En Nueva Inglaterra especialmente no son los comerciantes ricos ni los agricultores con derecho al voto quienes inician la revolución, sino las gentes sin sufragio. Organizaciones de sociedades secretas como los Hijos de la libertad, dominan las asambleas locales e intimidad a los comerciantes y a los partidarios del régimen colonial tomándose la justicia por su propia mano y recurriendo al terrorismo.

El establecimiento de la República de los Estados Unidos y su importancia en la historia de las ideas.

La hostilidad popular hacia el gobierno británico por parte de los colonos británicos , tiene múltiples causas sociales, económicas y constitucionales. Westminster estaba muy lejos de Boston y la actitud del hombre corriente hacia el gobierno de Londres está determinada por su odio al recaudador de impuestos y al confidente realista.  También el pionero emprendedor se resiente por el cierre de la frontera al oeste.

A sus ojos el poder de la corona es un poder siniestro, coaligado con los propietarios y especuladores que tan habitualmente desafían sus títulos y derechos sobre las tierras ganadas y posteriormente sustraídas por privilegios reales. Por último es la influencia religiosa puritana agitadora e inconformista la que le da a Nueva Inglaterra y al sur presbiteriano el sentido de la independencia y de desafección espiritual con respecto la monarquía anglicana. La misma que ha perseguido a sus antepasados y de la cual escaparon para crear una comunidad bíblica basada en la verdadera palabra de Dios.

En la medida que el movimiento toma conciencia política captan su liderazgo elementos no democráticos y no tan populares como abogados, políticos, hombres de posición como Washington y los hermanos Lee. Pero la fuerza impulsora del movimiento entre los líderes que son representantes de la Ilustración americana con gente como Franklin y Jefferson le darán una formulación de república clásica de propietarios (esto quizá se aplique más a Jefferson que al resto), hecho que se plasma en la Declaración de Independencia.

Cabe sin embargo, para algunos casos recurrir a dogmas fundamentales de carácter religioso. Hamilton utiliza en sus textos expresiones como “Los sagrados derechos de la humanidad” o “no hay que ir a buscarlos en viejos pergaminos ni en historias mojostas. Los han escrito de la mano de la Divinidad, como por un rayo de sol, en el libro de la naturaleza humana y no se pueden borrar ni ocultar.»


Pero no son los escritos de Hamilton o Jefferson en los que la invocaci´n de los principios últimos de la democracia encuentra la expresión clara. Será Thomas Paine, un oscuro recaudador de impuestos inglés, recién llegado a América con la carta de presentación de Franklin, quien haga plenamente conscientes de sus metas revolucionarias al pueblo americano. En Common Sense, su famoso panfleto, despachadas sumariamente las cuestiones legales y constitucionales, llama con una inflamada retórica a la liberación de la humanidad y a la creación de un mundo nuevo:

“Vosotros amáis a la humanidad. Vosotros que os atrevéis a oponeros no solamente a la tiranía sino al tirano, adelantados. Cada rincón del viejo mundo está saturado por la opresión. La libertad ha sido perseguida alrededor del globo. Asia y África ya hace tiempo que la han expulsado. Europa la considera como una extraña e Inglatera ya la ha repudiado. ¡Recibid al fugitivo y preparad a tiempo un asilo para la humanidad!

Tenemos en nuestra mano construir un nuevo mundo. Ocasión similar no se ha vuelto a presentar desde los tiempos de Noé hasta ahora. El nacimiento de un mundo está al alcance de la mano, y una raza de hombres, quizá tan numerosa como la que toda Europa contiene, está al punto de recibir su parte de libertad de aquí a unos pocos meses. La reflexión es penosa; y, desde ese punto de vista, qué bajos y ridículos aparecen los pequeños sofismas de unos pocos hombres débiles e interesados cuando se los compara con el quehacer de un mundo.”

En este panfleto se encuentra, creo que por primera vez, dos rasgos que en el futuro serán característicos del movimiento revolucionario. Uno es la concepción de la revolución política como parte de un cambio universal (globalismo/universalismo) y aún cósmico que trasciende las circunstancias locales e históricas de cualquier Estado particular. El otro, íntimamente relacionado con este, es el idealismo mesiánico que anhela un milenio social y nacimiento de una nueva humanidad. Ninguno de estos elementos ha tenido la menor relevancia en la historia de la revolución inglesa de 1688 o e la Ilustración francesa. Sus raíces se hunden en las tendencias revolucionarias y apocalípticas de la Reforma Protestante de los anabaptistas y las sectas milenaristas, y es la unión de estos elementos con el racionalismo y el naturalismo de la Ilustración, culminada por Paine antes que nadie, lo que determina la inexorable aparición del moderno credo revolucionario universalista.

Debido a la influencia de Paine, Jefferson y Franklin, el mundo identifica la causa americana con el idealismo revolucionario; asimismo gracias a ellos, el conflicto, una disputa local sobre la fiscalidad y los derechos coloniales, se transforma en una cruzada por los derechos del hombre y de la humanidad.

En ningún sitio encuentran estas ideas aceptación más incondicional que en Francia, donde Rousseau y la Ilustración allanan su camino. Como ya he señalado, en Franklin se combinan una cultura cosmopolita con la originalidad personal tan atractivo para el liberalismo en boga. Sus relaciones con los filósofos, aristócratas y masones le introducen en lo más selecto de la aristocracia francesa. Franklin oculta la astucia y la finesse de un diplomático, encauza el idealismo del liberalismo filosófico a fines políticos concretos. De ese modo, la intelligentsia francesa verá realizado en América el ideal rousseauniano de un Estado y un orden social basados en los principios de la fraternidad e igualdad.

Así el mito de la Revolución americana adquiere su forma definitiva en Francia mucho antes de que los Estados Unidos adquirieron forma política. Ejerciendo una poderosa influencia en el desarrollo de ciertos ideales democráticos en Francia. A los ojos de Turgot, Mably, Condorcet y Lafayette, los Estados Unidos deben su importancia no a lo que en realidad son, sino a lo que podrían ser, y todavía más a lo que la humanidad podría llegar a ser siguiendo su ejemplo. Un manifiesto progresista en toda regla, la predestinación secularizada a nivel político.


Decía para finalizar esta serie de artículos sobre el nacimiento de la democracia al respecto Thomas Paine: “Se puede aplicar a la razón y a la libertad lo que Arquímedes dijo de las fuerzas mecánicas: ‘Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo’.La revolución norteamericana ofreció en la política lo que solo era teoría política. Tan profundamente arraigados estaban los gobiernos del Viejo Mundo, y tan eficazmente se habían establecido en las mentes la tiranía y la antigüedad de los hábitos que ni en Asia, África o Europa podía hacerse ninguna tentativa de reformar la condición política del hombre. Pero tal es la irresistible naturaleza de la verdad, que todo lo que demanda, todo lo que necesita, es la libertad de manifestarse. El sol no necesita ningún letrero para distinguirse de la oscuridad; y apenas se mostraron al mundo los Gobiernos norteamericanos, el despotismo sintió una conmoción y el hombre comenzó a vislumbrar la liberación”. Un texto que ejemplifica de manera genial el progresismo tan común en el totalitarismo democrático, un mesianismo que aún podemos identificar quizá de forma más intensa en el progresismo, hasta en nuestros días.

Centralización vs descentralización. ¿Existe realmente tal dicotomía?

Nada arroja a la vista que la mayor parte de los triunfos de los Estados Unidos en el ámbito internacional se deban a la descentralización y el debilitamiento del poder federal (en USA es el gobierno central). Sin embargo a los que creemos que la proyección internacional requiere un poder central fuerte nos confronta habitualmente gente defensora de  think tanks de libre mercado, defensores de blockchain: visionarios del emprendimiento y muchos otros que consideran que las acciones individuales de acción económica son eventualmente esenciales en nuestro sistema económico.

El caso de Estados Unidos que va desde la fundación del país hasta su conducta moderna como superpotencia. La descentralización es generalmente un debate sobre centros de poder periféricos vs acción holística (central), acción coordinada versus acción localizada y particular. La política occidental, particularmente en países como España, se ha paralizado durante décadas al ver el centro y la periferia como dos lados de un conflicto entre facciones.

En el ámbito de la economía, los mercados y el Estado son vistos constantemente como dos jugadores en un juego de suma cero. La versión moderada ve el estado como una fuerza necesaria pero correctiva, que iguala el campo de juego; Mientras tanto, tenemos la que presenta al estado como un ente estado parasitario que drena la energía productiva de una población que solo intenta sobrevivir. En las disputas regionales se presenta a las ciudades como enfrentadas a pueblos y áreas rurales en decadencia. Se considera que el crecimiento necesariamente favorece a uno u otro, y por extensión a los urbanitas educados frente a lo que se llama la «España Rural» o la «América Central».

En los debates sobre las costumbres sociales, la noción de costumbres comunes que dan forma a la población es casi inexistente. Los debates se centran en el límite entre la libertad privada y la restricción pública -esto es más típico de los Estados Unidos ya que en Europa es un problema solucionado definitivamente hacia un polo de poder- , ya sea el uso de drogas, el porte de armas, la normas sexuales o prácticas religiosas.

La presunción de un juego de suma cero es un error fundamental en casi todos estos discursos. Las mayores innovaciones de las naciones occidentales se lograron mediante la interacción dinámica entre el poder del estado y el potencial de la economía que los liberales llaman «privada» donde se puede ver una integración simbiótica entre información pública e información privada.

La inversión y la coordinación por parte de las agencias militares, de salud y de investigación en el caso estadounidense trajeron cosas como el GPS, numerosos medicamentos farmacéuticos, Internet y el algoritmo de Google. Lo mismo es cierto en todo el mundo; Por ejemplo, las famosas empresas competitivas de Corea del Sur fueron el resultado de las agresivas políticas industriales del régimen de Park.

Los casos son diversos, pero la lección es la misma: el centro y la periferia, cuando se gobiernan adecuadamente, interactúan simbióticamente en un ciclo de retroalimentación. La salud y el desarrollo del centro alimentan al de la periferia, y viceversa. Un buena política debe usar la fuerza de cada uno simultáneamente. Debe reconocer la danza entre el centro y la periferia, y considerar ambos como componentes de un todo unificado y dinámico. El tema de la descentralización, generalmente cargado con el pensamiento de suma cero, merece un nuevo análisis a través de este lente.

¿Por qué alguna gente está mirando a Asia durante COVID-19?

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La verdad es que la descentralización se puede observar en en todo el mundo, a través de líneas políticas, económicas y tecnológicas. Simplemente difería de la narrativa popular en una forma importante: en lugar de la descentralización contra el centro, la descentralización ha sido llevada a cabo por los poderes centrales, en su propio beneficio y en beneficio de sus respectivas periferias. Los gobiernos y las corporaciones han aprovechado la descentralización estratégica para crear circuitos de retroalimentación positiva entre el centro y la periferia.

La descentralización exitosa no es necesariamente rebelión y fractura; Es una cooperación constructiva entre los poderes centrales y periféricos dentro de un orden holístico. Las acciones centralizadas y descentralizadas resuelven diferentes problemas: escala y coordinación por un lado, experimentación y conocimiento localizado por el otro. Este es un modelo mucho mejor para el desarrollo institucional exitoso.

Durante la última década, varios estados del este asiático han capturado la imaginación occidental, o al menos una atención incierta, ya que parecen estar ganando en ambos frentes a la vez. Singapur, Corea del Sur, Taiwán y China son los principales ejemplos. Estos estados han construido simultáneamente capacidad de afrontar la adversidad gracias a autoridades relativamente fuertes y economías bastante productivas. Si bien muchas democracias liberales occidentales están sucumbiendo al estancamiento político y al estancamiento económico, seguramente esto no sea permanente por nuestro bien.

Estos Estados presentados no son idénticos. Singapur es una ciudad-estado; El resto no lo son. Taiwán y Corea del Sur privilegian la acción voluntaria y la privacidad, mientras que Singapur y China no. A diferencia del resto, China es un gigante demográfico. Es ágil en economía, pero tiene aversión al riesgo cuando se trata del descontento popular, y su gobierno central está acostumbrado a sortear burocracias lentas o corruptas de nivel medio.

Pero a pesar de tales diferencias, estos estados han demostrado competencia y energía en muchas áreas que los estados occidentales parecen haber perdido. La crisis de COVID-19 solo ha acelerado este patrón. En ese contexto, la RPC y Taiwán han establecido algo así como dos extremos de un espectro.

La respuesta del primero fue muy central y de arriba hacia abajo: información suprimida que vio el centro como desestabilizadora, pero a su vez fue capaz de responder a gran escala a medida que la enfermedad se extendió y detectaron que era un peligro real para su estabilidad política. En cambio, el último, Taiwan permitió una mayor participación activa, así como información de flujo libre que contribuyó a una respuesta temprana -aunque menos contundente y notablemente más descentralizada-. Esto refleja las diferencias en la cultura política del continente y Taiwán, las diferentes escalas como un gran imperio y un estado nación más pequeño, y las diferencias entre el PCCh y el gobierno en Taipei.

Descentralizando desde el Centro: Beijing y Taipei.

Históricamente, el proceso de reforma de la China continental se informó observando cómo otros sistemas lo habían superado en el frente económico. Algo así como ideas chinas para los cuestiones fundamentales, ideas occidentales para cuestiones técnicas. El famoso pragmatismo de Deng Xiaoping se basó en su disposición a aprender de diferentes sistemas. Su atención a Singapur es bien conocida, basada en la combinación exitosa de Lee Kuan Yew de una economía de desarrollo económico con un enfoque de gobierno más autoritario y tecnocrático.

Más directamente, la integración de Hong Kong y Macao le dio al PCCh la oportunidad de importar conocimiento institucional a sus nuevas zonas económicas especiales (ZEE). Por ejemplo, Leung Chun-ying, mejor conocido por su carrera como el presidente ejecutivo pro-RPC de Hong Kong, jugó un papel clave en el desarrollo de Shenzhen como la principal zona económica exclusiva de China. Ambos asesoraron sus reformas urbanas y posicionaron a Hong Kong como un trampolín para la inversión extranjera en el continente. Al crear activamente el espacio para la experimentación local, el PCCh pudo y puede controlar la incorporación de actualizaciones deseables en sus políticas de nivel superior. Continuamente actualiza su estrategia, creando e integrando diferentes estrategias locales para buscar acciones exitosas.

Las Zonas económicas especiales en China continental no son solo zonas restringidas con mercados bajo un estado natural de competencia agudizado tolerado por el gobierno, además interfaces de conexión con el capitalismo internacional occidental. Dentro de la teoría del PCCh, el desarrollo económico que impulsan introduce lo que el teórico del partido Ye Xianming llama la lógica del capital al país en su conjunto.  Ayudan a erradicar las características «atrasadas» que detienen a China en su progreso técnico. 

Este enlace con el exterior promovido por el gobierno con el «capitalismo internacional» (odio este término) de Occidente permite a la comunidad económica china obtener conocimientos prácticos y somete a las instituciones del resto de China a una lógica competitiva más aguda sin que todo el país se entregue a esta concepción económica. El PCCh considera que las ZEE impulsan en última instancia a China y al partido-estado hacia adelante para completar el desarrollo lógico de su forma social.  En términos de teoría, al menos, China es el Estado hegeliano y modernista más importante del mundo.

 El modelo chino ha proporcionado niveles sorprendentes de descentralización económica a empresas y corporaciones más o menos relacionadas con el Partido, pero la cultura del PCCh de prudencia política , por una buena razón, se comporta como si su control central de la totalidad fuera precario, por lo que maneja con mucho cuidado este tipo de cuestiones.  La apertura a la novedad extrema se ve en ocasiones como miedo a la desestabilización. La relación del partido con quienes gobierna no es de confianza profunda. Esto es especialmente evidente en el ojo vigilante que mantiene en Internet del país.

El gobierno de Taiwán ha adoptado un modelo más abierto de gobernanza digital.  Figuras del gobierno taiwanés como Audrey Tang, un programador que ha asumido el papel de ministro digital de Taiwán, han liderado estas iniciativas.  Tang trabajó para construir relaciones entre el gobierno taiwanés y la comunidad de programadores y piratas informáticos g0v («gov-zero»), que se dedicó a construir herramientas de código abierto para la gobernanza, una combinación que sería completamente extraña en el contexto español o estadounidense, pero que efectivamente ñ mejoró la capacidad del Estado de Taiwán.  Estas relaciones se han solidificado y reflejado en la política

Desde 2015, esta asociación ha llevado a la creación de las plataformas vTaiwan y Join.  Estos no son simplemente mecanismos de retroalimentación o cuadros de comentarios digitales.  Por el contrario, están estructurados para revelar puntos de Schelling sobre cuestiones de política (patrones relevantes presentes en la población), lo que en última instancia conduce a posiciones emergentes de consenso.  Alrededor de la mitad de la población taiwanesa ha participado en este tipo de plataformas.

 Los ciudadanos taiwaneses desempeñaron un papel activo en la determinación de qué tipo de datos se han recopilado y utilizado en las primeras etapas de la respuesta COVID-19 de Taiwán.  Esto dio como resultado numerosas aplicaciones basadas en la comunidad que utilizaron datos públicos y divulgados voluntariamente para coordinar las respuestas locales. Dos ejemplos destacados fueron la creación de aplicaciones que monitorean la disponibilidad de mascarillas y el seguimiento de contactos.  El primero fue coordinado en parte por el ministro digital Tang, junto con los programadores de g0v. El seguimiento en tiempo real de la disponibilidad de la mascarillas redujo la escasez y permitió una reasignación eficiente. Este último permitió a los ciudadanos compartir informes, síntomas y otros datos que luego podrían usarse para determinar si uno había estado en un área de alto riesgo o si los síntomas eran lo suficientemente graves como para informar a los centros médicos.

 Todo esto se llevó a cabo junto con medidas más centralizadas: integración de datos del seguro nacional de salud con aduanas e inmigración, síntomas en tiempo real y alertas de historial de viajes para visitantes a clínicas, códigos QR e informes en línea de datos personales, predicción de riesgos de infección del viajero y  uso de teléfonos personales para acelerar los retornados de bajo riesgo y rastrear la cuarentena de los de alto riesgo.

Si bien la coordinación central sigue siendo esencial para el modelo taiwanés, confía de forma ambivalente más que la mayoría de los gobiernos en la coordinación local-descentralizada.  Los ciudadanos pueden organizar y arrancar respuestas sin esperar la aprobación de los canales oficiales. Más bien, las respuestas exitosas atraen la atención de estos canales, que luego actúan como plataformas en las que escalar y apoyar su implementación.

En lugar de esperar plataformas de partidos completamente nuevas, la cultura g0v que influyó en esta estrategia se centró en la «bifurcación» de la gobernanza al permitir comentarios en vivo a medida que se desarrollan las políticas.  Por el lado del funcionariado (servicio civil) el enfoque de Tang también alentó una mayor toma de riesgos entre los empleados públicos.

A diferencia del PCCh, esta relación se caracteriza más por la confianza y la apertura entre el gobierno y la población -no significa que sea mejor-.  Pero en ambos casos, el refuerzo dinámico entre los actores centrales y locales ha permitido que estos gobiernos desarrollen una forma de capacidad estatal ágil y receptiva.

Descentralización más allá del liberalismo.

 Ni China ni Taiwán presentan un modelo que pueda importarse al por mayor en el contexto estadounidense o el de sus aliados.  El énfasis del PCCh en la centralización y el control se basa en un profundo temor a su propia población posiblemente provocado por la agitación política en China durante el pasado siglo. El caso de Taiwán, es el de un sistema político que necesita una relación de confianza y cooperación entre el Estado y las personas para darse cuenta de lo que estas redes digitales hacen posible, sin dicha confianza o cierta indiferencia seguramente no serían tan efectivas.

En cambio a buena disposición de China continental para perseguir proyectos ambiciosos, su creencia de que la gobernanza puede ser hábil y exitosa, y su capacidad para aumentar rápidamente la capacidad del Estado deben tomarse como ejemplos para nuestros Estados demoescleróticos. Y si bien el modelo de Taiwán seguramente sería mejor para muchas normas sociales y políticas occidentales donde el progresismo y la Ontología Anárquica es la ideología dominante, se desarrolló en el contexto de una población altamente educada y homogénea que vive en una pequeña isla, sin las mismas preocupaciones de orden político que un estado más imperial como China o el imperio norteamericano.  Un país enorme y diverso como Estados Unidos no puede presumir de importar ese modelo.

Algo que en cambio podemos hacer es aprender de ambos.  Tanto el PCCh como las estrategias taiwanesas tienen ideas importantes y de valor que apuntan hacia un modelo más fundamental que se puede adaptar a las condiciones locales de las naciones occidentales.

Las competencias de la acción centralizada incluyen coordinación y escala.  Cuando la acción entre varios actores locales se ve obstaculizada por una reducida capacidad, información escasa, intereses en competencia u otras barreras insuficientes, puede ser más eficiente para un actor central coordinar a los actores locales. A veces, incluso puede ser convieniente anularlos por completo.  Cuando los incentivos locales compiten por el bien común, es decir mediante acciones descentralizadas que tienen un fin racional para la acción, puede ocurrir que sea conveniente su acción coordinada donde de otro modo no existiría ninguna acción racional.

Por otro lado, la extensión excesiva de un poder central es a menudo la causa del fracaso.  Un ejemplo clásico es el problema de cálculo; El conocimiento necesario para la planificación económica a veces se dispersa entre muchos actores locales, pero es inaccesible para un solo actor central.  Los actores centrales también pueden encontrarse aplicando en exceso una solución particular más allá de su contexto original, de modo que comience a crear más problemas de los que resolvió. Pueden perder la experiencia necesaria para mantener soluciones exitosas anteriormente, o no realizar un seguimiento de si las condiciones locales para una solución anterior se han mantenido.

Un buen ejemplo son las burocracias: un modo de falla común para una institución burocrática es que se vuelve ineficiente para resolver el problema para el que se creó formalmente o que pierda la institución política que pudo dirigirlo para una acción concreta. Eso hace que se pudra poco a poco y pierda su razón existencia.  Tampoco este tipo de falla no debería llevarnos a uno a asumir que un actor central pero sé es el problema. Las instituciones de gobierno occidentales de la edad moderna están plagadas de burocracias ineficaces. Sin embargo, los occidentales también han construido burocracias efectivas que perduran en nuestros países hoy en día, logrando sus objetivos y siendo administradas de manera efectiva por sus directores políticos. Olvidar cómo curar una enfermedad es malo, pero asumir que esto significa que no puede haber cura es mucho peor.

Asimismo, las periferias o poderes descentralizados son el escenario del conocimiento y la coordinación localizados.  Una multiplicidad de actores suele ser más resistente al fracaso, si falla uno quizá el otro no lo haga. En un nivel localizado, las personas pueden experimentar, actuar sobre un conocimiento único y mejorar lo que aprenden de los demás.  Cuando se administran correctamente, proporcionan un nivel óptimo de variabilidad al sistema en su conjunto, uno que lo mantiene dinámico y resistente. Sin embargo, las fallas en la coordinación, la escala o la información pueden volverse insuperables sin recurrir a un actor de nivel superior (poder central).

En un ciclo de retroalimentación positiva saludable, el centro y la periferia actúan según sus fortalezas.  La competencia del centro beneficia a la periferia, mientras que la competencia de la periferia logra los objetivos que el centro no puede.  Este es un orden funcional: cada parte desempeña su papel en un sistema de acuerdo con una lógica general. Por eso funcionar teleológicamente (con fines y objetivos nacionales definidos) para las estructuras internas puede resultar beneficioso según sea necesario para cumplir con los objetivos generales del sistema. Cuando se trata de un estado que gobierna un país, el objetivo es la paz, la ley, las instituciones sociales fuertes, la importancia geopolítica y la relativa riqueza económica.

Como principio general, esto parece básico.  Como fuerza guía de la gobernanza española y occidental por extensión, ha sido completamente abandonada y guardada en la memoria. En el caso de los últimos restos del sistema americano fueron abandonados a principios del siglo XX.  Para el cambio de siglo, la noción de un estado que desarrolló y administró activamente el país tenía su nuevo hogar en Beijing.

Cuando la capacidad de gobernar, o incluso concebir, a un país como un sistema holístico desaparece, el incentivo político es que surjan facciones.  Las políticas tienden a desintegrarse de arriba hacia abajo. Esta es la situación con la que nos encontramos en España con su sistema de las autonomías y en Estados Unidos entre poder federal y estatal.  Varias facciones de intermediarios y rentistas, que han perdido la capacidad de coordinarse en torno a la lógica rectora de un centro holístico, expropian la salud productiva de las periferias.

La reconciliación solo se establece mediante la victoria de una facción animada por la lógica holística de un nuevo centro de gobierno, o el colapso y la conquista extranjera.  La victoria de una facción que opera con mera lógica faccional solo acelera el problema, ya que lo utilizan como una oportunidad de saqueo.

Una victoria reconsolidadora puede venir del centro o la periferia. Los estadounidenses, unas colonias americanas en un inicio obtuvieron una victoria periférica contra el centro británico, y la república resultante obtuvo una victoria central contra su periferia sur durante la Guerra Civil. España en cambio jamás acabo de conseguir una victoria central posiblemente hasta el franquismo. China, ahora un centro decisivo, fue una periferia explotada durante gran parte de su historia reciente.

La naturaleza humana juega un papel formativo en la dinámica tribal que a menudo ocurre cuando estos sistemas colapsan.  Pero esa misma naturaleza humana impulsa la cooperación y la invención cuando las cosas se arreglan adecuadamente. Eso hace que el enfoque del circuito de retroalimentación simbiótica a los centros y las periferias sea una mentalidad poderosa para los estados.  Cada uno permite a los humanos cooperar de una manera única y ventajosa. Un enfoque de administración permite a los Estados ordenar y gobernar responsablemente estos sistemas, y considerarlos de manera integral en lugar de meras unidades de guerra política tribalizada.  La descentralización es a menudo una herramienta efectiva para reorganizar y suplantar instituciones fallidas o actores políticos obstructivos de nivel medio. Pero esa eficacia está determinada por lo bien que sirve a los objetivos generales del país.

 Propuesta: Un nuevo sistema para occidente.

A lo largo de la primera etapa de la respuesta COVID-19, los principales tomadores de decisiones en nuestros demoescleróticos Estados enfrentaron numerosas fallas de coordinación.  Los mensajes cambiaron rápidamente, la orientación de las agencias e instituciones no estaba clara y los empresarios dispuestos a utilizar sus recursos de fabricación se encontraron con obstáculos reguladores contraproducentes como la necesidad de autorizaciones de uso de emergencia al crear pruebas. Las estructuras de nivel medio no se adaptaron para permitir la acción central y local para coordinar una respuesta.

Las acciones federales en Estados Unidos y centrales en España mejoraron levemente con el paso del tiempo.  Por ejemplo, la Casa Blanca ayudó a lanzar el conjunto de datos de investigación abierta COVID-19, incluidos los materiales previos a la publicación.  Este es un excelente ejemplo de acción central que supera las barreras al acceso a la información para que los actores privados y locales puedan desarrollar mejor sus propias respuestas.  Pero muy pronto, se amplió el ancho de banda político con discusiones sobre qué forma debería solucionarse el problema.

Si bien el sector privado responde lo mejor que puede para construir la infraestructura para la respuesta a la pandemia, también tenemos casos en los que el saqueo es una opción (precios abusivos o limitación artificial se la oferta por grandes corporaciones), y las instituciones de gobierno de Estados Unidos y España parecen incapaces de realizar cambios sustanciales en la forma en que logran su misión.  En el mejor de los casos, hay casos de colaboración momentánea, que seguramente colapsarán una vez que se elimine la presión y comience el juego de la culpa provocado por nuestro sistema democrático.

 Mientras no exista un centro claro en la estructura real de la gobernanza, que a veces se superpone con su modelo formal, y otras no, las formas necesarias de descentralización tampoco ocurrirán. Los actores locales competentes están frustrados, las facciones cercanas al centro están ocupadas con conflictos políticos y las burocracias intermedias carecen de propiedad o dirección reales.

El objetivo de la descentralización es dar rienda suelta a las empresas, las ciudades y otros actores locales para experimentar y tomar riesgos con el fin de beneficiar al país en su conjunto.  Pero si los países de Occidente en su conjunto no tiene un centro, entonces el movimiento lógico es que los actores locales más exitosos llenen el vacío, ya sea haciendo una oferta por el poder central o reconstituyendo localmente.  Cuando el gobernador de California dice que este estado es un estado-nación, podría estar haciendo una acción de este tipo. Si un gobierno regional tiene éxito cuando el poder central no lo es, ¿por qué seguir dándole recursos? Si una región no tiene participación en el resto del país, ¿por qué seguir siendo parte de ella? Ahí está el peligro de no existir coordinación entre la periferia y el centro.

La misma lógica se refleja en las subculturas que ven la tecnología como una forma de superar un estado insaciable.  Cuando el sector tecnológico parece audaz e innovador, y el sector político es un zombie, la gente comienza a considerar la tecnología como una escotilla de escape, aunque en último término están intimamente relacionados. La mayoría de nuestras naciones probablemente no se va a desintegrar la próxima semana.  Pero si permanece permanentemente sin ningún poder central racional, coordinador o efectivo, ¿por qué debería permanecer juntos indefinidamente? Los imperios soviético y británico se desintegraron durante algunas décadas. El romano tardó más. Pero todos se desintegraron cuando sus centros de gravedad desaparecieron.  Y los constituyentes, a pesar de todas sus libertades momentáneas, terminaron siendo vasallos desventurados de otros poderes.

Lo mismo podría sucedernos a nosotros. En el caso norteamericano, si la Unión hubiera dejado que el Sur se separará, seguramente las potencias europeas podrían haberse reafirmado en el continente americano. Si el Sistema estadounidense no hubiera construido con éxito una poderosa economía nacional, el país podría haberse convertido en un estado vasallo para la extracción de recursos, como tantos otros estados en las Américas. En cada etapa, Estados Unidos tuvo éxito porque pudo producir un centro coordinado con la capacidad de gobernar el país en su conjunto. Apoyó activamente la creación y el desarrollo de ciudades y estados emergentes, aumentando su alcance territorial y su poder general.

Para coordinar esta escala de política una vez más y derrotar a las instituciones intermediarias que evitan la coordinación dinámica, el centro tendrá que reconstruir su propia capacidad estatal y adoptar explícitamente un nuevo modelo de cómo se ve la gobernanza.  Tendrán que pensar en términos de construir circuitos de retroalimentación positiva a nivel político, realizando el poder del centro y la periferia por igual. China logró esta capacidad a través de un largo proceso de reforma, que incluyó la importación de experiencia desde fuera del continente.  Del mismo modo, la competencia tecnológica de las instituciones taiwanesas se hizo posible en gran parte debido a la ambición del gobierno para coordinar a los programadores que habían participado en la comunidad g0v.

En términos de respuesta inmediata, los crecientes llamados a reconstruir la fabricación estratégica de nuestras naciones pueden abrir puertas a la acción a largo plazo.  Aquellos involucrados en la respuesta a nivel político o institucional tienen una oportunidad históricamente única sin embargo, sería importante contar con las mentes más brillantes, competentes e innovadoras del país a los niveles más altos de poder o al menos coordinados con él.

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