VALORES DE IZQUIERDA COMO AUTONOMÍA, LIBERTAD E IGUALDAD ESTÁN AGRAVANDO EL DESARRAIGO SOCIAL.
Independientemente de lo que afirme cualquier izquierdista, la gran mayoría de ellos son secretamente hipercapitalistas. Es posible que ni siquiera se den cuenta de esto porque las ideas y la realidad suelen y pueden ir por caminos distintos (ellos sin saberlo ahondan en los problemas del sistema). Pueden arremeter contra usted por decirles esto. Pero es la verdad. Los valores que propugna la izquierda indefinida realmente existente en última instancia van de la mano con una especie de infierno hipercapitalista. Entonces, cuando intento explicar por qué no me identifico con la izquierda, esta es una parte de la historia.
¿Cómo la izquierda se volvió liberal-progresista en términos anglosajones?
Cuando uso Liberal aquí, no lo estoy usando como peyorativo que utiliza izquierda y derecha. A lo que me refiero con «Liberal» es a la escuela de filosofía política que llamamos Liberalismo. La escuela de Mill, Kant, Rawls, Dworkin, Raz y otros que surgieron de la nueva ontología social de los teóricos del contrato social.
Si bien hay muchos elementos de las teorías liberales (neutralidad de las instituciones, formalismo legal, procedimentalismo, pluralismo, derechos subjetivos, etc.), el núcleo del liberalismo es la autonomía. Dos ejemplos rápidos:
Joseph Raz en su obra La moralidad de la libertad:
“Una corriente común en el pensamiento liberal considera la promoción y protección de la autonomía personal como el núcleo de la preocupación liberal. Una persona es autónoma si puede convertirse en autora de su propia vida.”
Bruce Ackerman en su obra Social Justice and the Liberal State :
“[El liberalismo es] una moralidad política individualista… preocupada principalmente por proteger y promover la autonomía de los individuos.”
La izquierda, en general, no solo ha adoptado la autonomía como un bien central que guía su política, sino que la ha intensificado . Se invoca la autonomía corporal para defender los derechos de las personas transgénero, el aborto, el trabajo sexual, las sexualidades, etc. Quizás el debate sobre el trabajo sexual es más obvio, ya que las llamadas de «antimoralismo» tienden a ser las más explícitas allí. O se apoya el trabajo sexual por la autonomía corporal, o se opone al trabajo sexual en su forma actual por la explotación/mercantilización del cuerpo (normalmente son los argumentos más habituales).
Tengamos en cuenta, por otro lado: que la «explotación» y la «dominación» tienden a ser solo formas indirectas de afirmar la autonomía. Pasan de contrabando el valor de la «autonomía» por la puerta de atrás para justificar cualquier brutalidad. Sin embargo, el trabajo sexual es «explotador» porque con frecuencia depende de mujeres que no tienen otras opciones. Por supuesto, la implicación es que si una mujer acomodada que pudiera elegir a sus propios clientes, etc., eligiera dedicarse al trabajo sexual, no habría nada malo. Autonomía corporal sería en este caso.Sin embargo, para esta izquierda progresista, no hay ningún otro principio moral en juego. Por supuesto, no todas las personas de izquierda creen esto. Pero la izquierda se ha vuelto mayoritariamente liberal.
De manera similar, la «dominación» como algo inherente a las sociedades humanas tiende a usarse como la contraparte indeseable para justificar la autonomía. La dominación se refiere a alguna situación en la que existe una distribución desigual del poder en la sociedad, lo que lleva a unos individuos a mandar y a otros que deben obedecer. Que esto sea malo se basa en una de tres creencias:
1. La afirmación de que elegir el propio destino/guiar la propia vida es bueno, aún cuando esta se encuentra tan condicionada por la cantidad de sucesos sociales, que la libre elección es realmente imposible. En otras palabras, a menos que estemos describiendo la dominación como un hecho exagerado e implausible, lo que realmente ocurre es que estamos afirmando la autonomía. No hay autonomía para los dominados, no hay elección real en la vida, y por lo tanto el sistema de dominación es injusto e inmoral. Bienvenido de nuevo al liberalismo.
2. Que la dominación tiende a conducir a estructuras de incentivos perversas, y va en contra del bien común. Gran parte de nuestra sociedad está atrapada en estructuras de incentivos profundamente perversas, con individuos e instituciones que son recompensados por actuar de manera antisocial. Smith discutió algo similar en La Riqueza de las Naciones , cuando señaló que mientras los intereses del trabajador y el terrateniente se alinean con el interés general de la sociedad, los intereses de la clase capitalista no lo hacen, ya que:
“La tasa de ganancia no aumenta, como la renta y los salarios, con la prosperidad y cae con la declinación de la sociedad, sigue su propio ciclo.”
Esta afirmación, por supuesto, exige alguna noción sustantiva del Bien más allá de la autonomía. Tal vez uno crea en un tipo de productivismo como el que parece respaldar Smith, pero uno necesita creer en cualquier noción sustantiva de la Buena vida.
-La dominación excluye la igualdad, y la igualdad no es un bien en sí mismo:
No necesito decirles que las visiones de «igualdad» tienden a ser absurdas y delirantes. Pero lo que quizás no comprenda es que una afirmación de igualdad generalmente es una afirmación de autonomía al final del día. Quizás Peter Westen lo dijo mejor:
«La igualdad es un recipiente vacío sin contenido sustantivo propio. Sin normas morales, queda sin sentido, una fórmula que no puede decir nada sobre cómo debemos actuar.»
Los reclamos de igualdad han comenzado a desplazar los reclamos de autonomía/libertad en muchos estudios liberales, ya que la autonomía/libertad se consideran conceptos bastante inadecuados. Pero el problema, por supuesto, es que la igualdad es igualmente inútil y generalmente se reduce de nuevo al concepto de autonomía e independencia en esta erudición. Primero, como dijo Safranek en El mito del liberalismo :
“El proponente de la igualdad debe justificar su uso favorito de la igualdad… frente a otros significados posibles… Y no puede invocar el principio de igualdad porque eso es lo que se disputa.”
El erudito constitucional Kenneth Karst se basa en Rawls (quien identifica el respeto por uno mismo como «el principal bien primario» en su Teoría de la justicia ) y vincula explícitamente la igualdad con la autonomía. En su opinión, el núcleo sustantivo de la cláusula de igual protección es que la igualdad de ciudadanía exige que la sociedad trate a todas las personas con respeto y dignidad.
Para Karst, cuando los individuos perciben una desigualdad como un índice de su valor personal, su principal bien de respeto por sí mismos se daña y disminuye. (Si esto le suena a «Justicia Social», bueno,… sí) . Karst, que escribió sobre muchos temas de los derechos de la mujer, argumentó que la igualdad de ciudadanía no incluye un derecho específico a los anticonceptivos o al aborto, sino más bien un «derecho a asumir la responsabilidad de elegir el propio futuro».
La Corte Suprema de EEUU respaldó este razonamiento en Casey :
“La capacidad de las mujeres para participar equitativamente en la economía y la vida social de la Nación se ha visto facilitada por su capacidad de controlar su vida reproductiva”.
Así hemos demostrado que la «dominación», la «explotación» y la «igualdad» son generalmente solo formas de ocultar una afirmación de «autonomía». Es un intento de ser liberal, sin admitir el propio liberalismo. En ausencia de cualquier teoría sustantiva del Bien, eso es todo a lo que llegará la Izquierda indefinida actual.
Pero está bien. Hemos demostrado que la izquierda realmente existente es en gran parte liberal, pero ¿cómo prueba esto que son «hipercapitalistas»? Parece una afirmación bastante audaz que aún no ha sido probada. Bueno, amigo, debemos investigar cuáles son los impactos de la autonomía y por qué conducen a esta sociedad hipercapitalista.
-El Liberalismo como ácido del tejido social: la autonomía lo disuelve todo:
Quiero comenzar con una afirmación que puede parecer contradictoria pero no lo es: el colectivismo es totalmente compatible con la alienación y la atomización. Incluso puede exigir esa atomización, pero no tengo el espacio aquí para probar eso. Lo que quiero discutir aquí no es «individualismo» versus «colectivismo», o «libertad» versus «tiranía», sino más bien arraigo versus atomización. Ya he discutido cómo , si «libertad» significa algo, «autonomía» no es una noción muy sustantiva de ella . Así que hoy quiero ver cómo la autonomía, la «libertad», termina conduciendo a la atomización total.
Autonomía e Igualdad exigen la total atomización. El universalismo también exige la atomización total (por lo que cualquiera que identifique a la izquierda con algún tipo de «universalismo» aún respalda esta atomización dado que cree en una idea de individuo no inmerso en su cultura y en su contexto).
Pero ¿por qué es este el caso?
La autonomía exige la atomización porque cualquier vínculo que no se elige representa una limitación a las acciones genuinamente libres. Vemos variantes de esta creencia en los llamados a la abolición de la familia y la «colectivización» (los progresistas más acérrimos) de la juventud: Además, del mismo modo que uno no elige en qué familia nace ni de qué raza es, estas cosas no pueden tener sentido si la autonomía es nuestro valor más fundamental, al menos a priori. Y si no pueden tener significado, no podemos identificarnos con ellos, ya que ( como explica Charles Taylor) cómo nos identificamos/con qué nos identificamos refleja los valores que tenemos de forma significativa, algo que debe ser disuelto para nuestros defensores de la autonomía o independencia individual. Identificarse con ellos (la familia) es apelar a algún valor fuera de la autonomía que debe prevalecer bajo esa idea atomizadora de familia.
Una asociación interesante (y quizás trágica) es la multitud de «sensaciones atrapantes» en las relaciones sociales, especialmente cuando estas son largas y pesa un cierto grado de obligación y responsabilidad autogenerada (algo que todos seguramente hemos sentido y que seguramente nuestros antepasados no pensaron ya que no tenían alternativa en ese sentido).
Efectivamente, los «sentimientos» se ven como externos al Yo (mente-cuerpo), que es autónomo al mundo físico (separación errónea entre cuerpo y mente tan liberal, cartesiana y anti-materialista) según nuestros amigos amantes de la autonomía y, por lo tanto, debe permanecer separado y desvinculado del mundo y de los sentimientos que surgen al entrar en contacto con el mundo para tomar bajo dichos parámetros una decisión libérrima.
¿Es sorprendente que la multitud no gestione esos sentimientos teniendo en cuenta el contexto y resuelva en él sino bajo el psicologismo de libertad, y de la mente independiente del contexto y del cuerpo, la cual se superpone al 100% con esta adoración de izquierda/liberal y su afecto por la autonomía/independencia individual como valor central de nuestra cultura occidental»? ¿No debería ser que estos (liberal e izquierdista indefinido) van de la mano? Este es el resultado final de mantener la autonomía como su principal bien, un desorden moral de implicaciones aún desconocidas.
La igualdad exige atomización no solo porque se reduce a la autonomía en el fondo (y por lo tanto tiene los mismos problemas que los descritos anteriormente), sino porque si un individuo percibe la desigualdad como un índice de su valor personal, limita su bien central de auto-valoración o respeto social. Y solo necesitas ver una o dos telenovelas para entender cómo termina funcionando. No puede haber conexiones significativas, ni apegos, ni lazos que puedan llevar a otro a percibir una desigualdad («Aman a A más que a mí») que reflejaría por otro lado un índice de su autoestima personal (aunque esto es otra cuestión).
Luego el universalismo exige la atomización porque ser verdaderamente universalista es abandonar los lazos particulares. Susan Wolf presenta un argumento bastante intrigante con respecto a lo que ella llama «Santos Morales». Uno de sus dos modelos, el Santo Amoroso, se identifica (vagamente) con el utilitarismo y señala que parece conducir tanto a una disminución general de la felicidad general como a una especie de esquizofrenia interna con respecto a los valores/motivaciones morales. El Santo Amoroso es alguien que abraza a todos sea la persona que sea. Por supuesto, si bien esto suena muy bien, el Santo Amoroso sería un individuo torturado y en gran medida desagradable. Imagínese si su «mejor amigo» tratara a cada extraño que conoce de la misma manera que lo trata a usted. No te sentirías particularmente importante o especial, y se perdería la particularidad de nuestras relaciones que las hace por lo demás significativas. Hugh LaFollette hace un poderoso argumento de dos frentes en este sentido , argumentando que las relaciones personales cercanas son requisitos previos para el desarrollo de personas moralmente buenas. Y aunque señala que puede haber una interacción entre el universalismo y la particularidad, pocos defienden ese punto de vista.
Así, una afirmación de la autonomía, la igualdad, el universalismo, etc., casi siempre va de la mano de la atomización, especialmente con la izquierda indefinida actual. El resultado final es una especie de colectivo donde todos están igualmente y totalmente alienados unos de otros. Donde nada se le puede pedir sin su consentimiento. La autonomía, la igualdad y el universalismo deben disolver todos estos lazos para eliminar la dominación.
Cuando oímos hablar de un enfoque de «consentimiento» o de «elección», nos estamos refiriendo a dos individuos enajenados que deciden establecer un vínculo que puede ser revocado en cualquier momento por uno u otro, y que no tiene un significado más profundo que el deseo de esas dos (o más) personas. El 99,9% de la industria del «cuidado personal» (cosméticos) es efectivamente solo una forma de aplacar el vacío interior cuando pierdes esas relaciones profundas con los demás y/o cuando las relaciones te imponen exigencias que no te dejan » tenerlo todo» y te enojas porque te vendieron una mentira (o asumes que tus relaciones son malas por algún motivo a elegir).
Es irónico que sean los propios izquierdistas indefinidos (desconectados de las líneas tradicionales de izquierda) quienes hayan hecho realidad la famosa afirmación de Marx:
“Todo lo sólido se desvanece en el aire , todo lo sagrado es profanado, y el hombre se ve finalmente obligado a afrontar con sentido sobrio sus condiciones reales de vida y sus relaciones con los suyos.”
Lamentablemente, la izquierda sigue sumida en el autoengaño. Y esto es aún más peligroso, porque es este autoengaño lo que permite la atomización, y es esta atomización la que naturalmente (y quizás necesariamente ) alimenta un sistema de consumo (capitalismo gerencial si quieren).
Entonces, ¿por qué la atomización es el combustible natural de un sistema hipercapitalista?
El capitalismo y la atomización como inseparables:
Como afirma Mark Granovetter, Adam Smith afirmó tácitamente que los mercados verdaderamente competitivos requieren atomización social.
George Stigler de su Teoría del precio :
“Las relaciones económicas nunca son perfectamente competitivas si implican alguna relación personal entre las unidades económicas”
Marshall McLuhan:
“Para tener una vida altamente industrializada, comercial o de marketing, debes idear relaciones muy superficiales para las personas”.
Ahora bien, por supuesto, la queja aquí será que mientras el capitalismo exige la atomización, la atomización no conduce necesariamente al capitalismo. Si creemos que la autonomía es el bien central del mundo, entonces es la justificación final. Es el árbitro final de lo correcto/incorrecto. Algo es bueno si permite que los individuos expresen su autonomía, y malo si no lo permite. Las «relaciones personales», en la medida en que existen en un mundo que adora la autonomía, solo persisten mientras las personas lo deseen. En otras palabras, en la base de toda relación personal, de toda conexión supuestamente «no mercantilizada», se encuentra la utilidad. Todo se rige por la lógica del mercado y su principio central: el «valor». No puede haber un «amor incondicional». Todo es condicional, y está condicionado al valor.
Y como señala Paul Verhaeghe en su obra ¿Qué hay de mí?, nuestra ideología moderna de autonomía/lógica de mercado conduce a una extraña paradoja en la que siempre se espera que uno sea un maximizador de valores (de ahí el autocuidado y las narrativas de «liberación» o «vivir tu mejor vida») y, sin embargo, presenta una variedad tan vertiginosa de opciones que la identidad casi nunca es estable. Primero, si uno es verdaderamente autónomo, ¿por qué permanece en una situación subóptima de su supuesta individualidad? ¡Sal de ahí! Y si te quedas, es tu culpa, por supuesto. Tuviste la opción, y elegiste no hacerlo. Segundo, ante la inmensa complejidad y la vertiginosa variedad de narrativas de identidad superficiales, los individuos se encuentran en un estado constante de desorientación (piense en la «modernidad líquida» de Bauman).
Así, según Verhaeghe, obtenemos el resultado: una especie de «hedonia depresiva». Como señaló Bauman, frente a lo superficial, los individuos buscarán conexiones más profundas para establecer identidades más sólidas. Por supuesto, esto fallará. Porque adorar la autonomía es impedir que esas identidades existan. Más palabras de Marshall Mcluhan:
«La intensidad del control de masas y la explotación se incrementa por la multiplicación de las diferencias superficiales».
Por otro lado la atomización y la lógica del mercado transforma las redes sociales en las que existimos, una cosa que la mayoría no parece comprender es que al adorar la autonomía, cambia fundamentalmente los espacios físicos que habitamos. Muchos se quedan solo hasta cierto punto señalando que el capitalismo se opone a los «valores conservadores» (que no necesariamente tienes que defender para criticar la autonomía y el desarraigo), pero ese es un punto demasiado limitado. El punto real debería ser «El capital se opone a cualquier cosa que no pueda comercializar, y trabajará para destruir esas cosas y reemplazarlas con alternativas mercantilizadas».
El culto a la autonomía introduce la lógica del mercado en todos los elementos de nuestra vida y, además, transforma los espacios que habitamos. Los espacios no mercantilizados donde podemos acercarnos unos a otros como personas plenas son destruidos y reemplazados por espacios atomizados donde solo podemos acercarnos unos a otros en términos de la utilidad que el otro puede proporcionar.
Así, los espacios en los que nos relacionamos unos con otros en un nivel más profundo que la utilidad, como la familia, en otros tiempos nuestras iglesias, templos, mezquitas, grupos de intereses, etc. son borrados. Lo que reemplaza a estos espacios son espacios regidos por la competencia y la lógica del mercado. El lugar de trabajo, el patio de la escuela (o realmente el salón de clases tiene más sentido, ya que la amistad pasa a un segundo plano frente a la competencia), etc. La competencia está siempre presente. Todo el mundo es una amenaza. La gran cantidad de suicidios de adolescentes debería ser evidencia suficiente de eso.
Cuando la elección se convierte en consumo, hemos mercantilizado el Ser mismo, por lo tanto, los lazos no elegidos que nos unen a los demás deben ser reemplazados por alternativas mercantilizadas. Como señalé anteriormente, Charles Taylor describe cómo nuestra identidad está ligada a los valores que tenemos:
“Saber quién soy es saber dónde estoy. Mi identidad se define por los compromisos e identificaciones que proporcionan el marco o el horizonte dentro del cual puedo tratar de determinar caso por caso lo que es bueno, o valioso, o lo que debe hacerse, o lo que apruebo o me opongo”.
Así nuestra sociedad atomizada desarrolla cantidades masivas de identidades mercantilizadas y superficiales. Convierte a los clientes en fanáticos productos en obsesiones empleados en embajadores y marcas en religiones. Todas estas identidades, estos lazos, deben ser elegidos, y si se eligen en este mundo atomizado, se eligen según la lógica del mercado. En otras palabras: «En mi búsqueda y deseo de identidad demasiado humanos, me veo obligado a consumir.»
Lo aterrador de esto es que hemos ido mucho más allá de la mercantilización de nuestro trabajo, de nuestros cuerpos, quizás incluso de nuestras mentes. Nos hemos mercantilizado a nosotros mismos. Para un liberal, su identidad es una mercancía. Algo para ser recogido y arrojado a un lado de acuerdo con la lógica de cuánto valor les da. Y, sin embargo, la izquierda indefinida, en su amplio respaldo al valor de la autonomía, lo ha abrazado de todo corazón. Por lo general, no se dan cuenta y lucharán contra ti con uñas y dientes si les dices esto, pero nuestros amigos izquierdistas tienen los mismos valores fundamentales que los «capitalistas» que afirman despreciar. Sí, tal vez redistribuyen los medios de producción. Pero ese cambio palidece en comparación con lo que haces con la totalidad de nuestras relaciones sociales. La autonomía exige atomización, lo que obliga a que todo (incluida su propia identidad) se rija por la lógica del mercado, algo que no pueden eliminar.
¿Se puede salvar la izquierda?
Si solo viniste aquí para leer sobre cómo apesta la izquierda, puedes sentirte libre de disfrutar el resto de tu día. Pero como ex izquierdista y alguien que todavía tiene muchos puntos de vista coloquiales de «izquierda», me gustaría hacer esta pregunta.
La respuesta se reduce a un dilema muy simple: o la izquierda puede abandonar la autonomía y presentar una visión moral sustantiva del Buen Vivir, o puede seguir siendo indistinguible del neoliberalismo a nivel atómico.
En lugar de adorar la autonomía, la izquierda podría argumentar que existen bienes como la comunidad, no mercantilizados, la responsabilidad propia, etc. y que estos bienes se sirven bien proporcionando más tiempo libre y asegurando más oportunidades económicas. Estas políticas de izquierda se utilizan al servicio de un bien sustantivo, más que como una forma de maximizar la autonomía del individuo.
Mucha gente parece pensar que la izquierda indefinida está genuinamente del lado de los neoliberales. Que en el fondo les gusta el sistema. Quizá este no sea el caso, pero se han convencido genuinamente de que la libertad, lo más bueno que tienen en mente, solo se logra a través de un colectivo definido por vínculos que son solo consensuados. Por supuesto, no se dan cuenta de que al hacer que los lazos sean sólo consensuales, los han mercantilizado y alienado a los individuos en unidades atomizadas. Están equivocados, incluso son realmente delirantes, pero no son partidarios secretos del sistema. Inconscientemente (o no) apoyan el sistema porque no comprenden que a nivel social, son liberales. Esos átomos pueden estar dispuestos de manera diferente para formar un «neoliberal» o un «socialista libertario», pero el nivel atómico, el bien de la Autonomía, es el mismo.
Entonces, si la izquierda puede presentar esta visión sustantiva, puede salvarse a sí misma. Eso podría significar abandonar algunas vacas sagradas del progresismo y sería mucho mejor destruir lo poco que queda de nuestro tejido social. Aunque todo de acuerdo con su afirmación de que las relaciones personales cercanas son requisitos previos para el desarrollo de personas moralmente buenas. Pero en última instancia, hasta que se presente una visión moral tan sustantiva del Buen Vivir, difícilmente se diferenciarán de lo que h
En otras palabras, la izquierda (si abandona el universalismo y su atomismo moral) puede salvarse… pero ¿quiere?