España y Marruecos: El idealismo político del PSOE respecto al reino alauí.

El mes de febrero, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, encabezó una delegación de 12 funcionarios gubernamentales a Rabat para reunirse con sus homólogos marroquíes. La cumbre, que fue la primera entre los países vecinos en ocho años, fue un esfuerzo por enmendar las relaciones entre Madrid y Rabat, en medio de tensiones que se han profundizado en los últimos años por cuestiones territoriales, migratorias y de derechos humanos.

Pero el momento de la cumbre no podría haber sido más incómoda, ya que tuvo lugar pocos días después de que el Parlamento Europeo adoptara una resolución no vinculante que condenaba a Rabat por el deterioro de las condiciones de “libertad de expresión y libertad de prensa” en Marruecos. Continuó instando a las autoridades marroquíes a brindar “un juicio justo con todas las garantías del debido proceso” a tres periodistas encarcelados: Omar Radi, Taoufik Bouachrine y Soulaiman Raissouni. Los tres han sido objeto de juicios prolongados que según acusaciones que su defensa afirmo ser falsos, así como de cargos que incluyen espionaje, violación y otros delitos sexuales.

Los parlamentarios europeos del gobernante Partido Socialista (PSOE) recibieron instrucciones de Madrid de votar en contra de la resolución, y fueron los únicos miembros del Parlamento de la UE además de los eurodiputados del partido de extrema derecha de Francia Agrupación Nacional que lo hicieron. Uno de los diputados españoles, Juan Fernando López Aguilar, defendió el “no” argumentando que “Marruecos es un socio estratégico… si hay que tragar sapos, se tragarán”. Esta curiosa posición lanza la pregunta incómoda pero que muchos se hacen de “¿Qué le debe el PSOE a Marruecos?”.

A pesar de las grandes divisiones entre Rabat y Madrid y las difíciles cuestiones políticas que las impulsan, la cumbre concluyó con la firma de casi 20 acuerdos comerciales y de inversión por parte de las dos partes, incluido un mecanismo de 800 millones de euros para “promover inversiones en sectores como el ferroviario, el agua, la industria agroalimentaria y turismo.” Un comunicado conjunto emitido por ambas partes afirmó que “España quiere ser un inversor de referencia en Marruecos”.

En una entrevista con López Aguilar Diputado en la UE, tras la votación en el Parlamento Europeo, reiteró el carácter estratégico de las relaciones de Marruecos con España y la Unión Europea, así como la importancia de mantener la relación a flote dados los grandes intereses en juego, en particular para el tejido empresarial español, las empresas españolas se beneficiarán considerablemente de los acuerdos comerciales y de inversión firmados en la cumbre.

Esos acuerdos también adquirirán una mayor importancia para la región más amplia del norte de África, ya que Marruecos y España se están convirtiendo cada vez más en “el centro de gravedad del eje UE-África”, según el diario El País. Reyes Maroto, ministra de Industria, Comercio y Turismo de España, destacó la importancia de Marruecos en la Estrategia Horizonte África de España, una iniciativa lanzada en 2019 con el objetivo de fortalecer los vínculos de España.

El deshielo en las relaciones entre Rabat y Madrid comenzó después del cambio sutil muy criticado por algunos pero significativo de este último en su posición de larga data sobre el Sáhara Occidental. Por supuesto la posición economicista parece imponerse en Madrid frente a la posición más estratégica.

El turismo es una prioridad clave para los dos países, como lo demuestra un acuerdo firmado en la reciente cumbre para mejorar la cooperación, incluido un aumento en el número de vuelos directos entre España y Marruecos, pero también el intercambio de conocimientos técnicos en la gestión del turismo. Quizás el elemento más intrigante del acuerdo es su mención de un túnel ferroviario submarino de 26 millas de largo destinado a conectar los dos países, que fue originalmente concebido y ratificado en 1979. El proyecto fue relanzado el año pasado por el gobierno español, y la cumbre proporcionó más impulso para acelerar el progreso en él, con el objetivo de poner en funcionamiento el túnel en algún momento entre 2030 y 2040.

Después de casi 50 años de mantener una tenue neutralidad sobre el destino de la antigua colonia española, el Sáhara Occidental, Sánchez envió el año pasado una carta al rey marroquí Mohamed VI prometiendo el apoyo de Madrid al plan de Rabat para otorgar al territorio más autonomía sobre sus asuntos internos, sin llegar a otorgándole la plena independencia, tal como lo exige el pueblo saharaui de la región. Marruecos se ha negado rotundamente a permitir un referéndum de independencia, como se acordó en un alto el fuego mediado por las Naciones Unidas en 1991.

Los opositores de Sánchez, e incluso algunos miembros de Podemos, el socio menor de su coalición de gobierno, consideraron el cambio en la posición de Madrid como un alejamiento radical de la neutralidad de España y muchos lo consideraron una traición a la lucha del pueblo saharaui por la autodeterminación. Madrid defendió su nueva posición como un paso pragmático hacia lo que ve como el plan más viable y realista sobre la mesa.

El cambio de posición de España sobre el Sáhara Occidental enfureció a Argelia, que históricamente ha apoyó al movimiento independentista saharaui, el Frente Polisario. Argel respondió a la medida suspendiendo un tratado de 20 años con Madrid, deteniendo las relaciones comerciales bilaterales y amenazando con cortar el flujo de gas natural a España. Sin embargo, desde un punto de vista economicista, que en mi opinión, no lo es todo, el cálculo económico parece haber valido la pena para España. Las exportaciones españolas a Argelia cayeron un 41 por ciento, hasta los 1.000 millones de euros, de enero a noviembre de 2022 respecto al mismo periodo de 2021. Pero sus exportaciones a Marruecos aumentaron un 27 por ciento, hasta los 10.800 millones de euros, en el mismo periodo. La cuestión, es hasta qué punto Marruecos es un socio fiable por sus reclamaciones territoriales al respecto España, y si la economía en este caso lo es todo, pero aislando del contexto estos datos si lo sería, aún la problemática que pueda suponer

El acercamiento entre Madrid y Rabat ha suavizado las tensiones de los últimos dos años, principalmente por la inmigración. En mayo de 2021, casi 8000 personas intentaron cruzar la valla fronteriza de Marruecos hacia la ciudad costera española de Ceuta. Algunos comentaristas, así como las autoridades regionales de Ceuta, culparon a Rabat por supuestamente flexibilizar los controles fronterizos en represalia por la decisión de Madrid de conceder a Ibrahim Ghali, líder del Frente Polisario, que buscara tratamiento médico en España por COVID-19.

A pesar del apoyo expreso de Madrid al plan de Marruecos para el Sáhara Occidental, Rabat aún no reconoce la soberanía española sobre Ceuta y Melilla, los dos enclaves controlados por España en el norte de Marruecos que contienen las dos únicas fronteras terrestres entre la UE y un país africano. Algunos analistas creen que la asimetría ahora deja a Madrid más vulnerable a nuevas presiones de Rabat.

En cualquier caso, la opinión pública española hasta el momento no ha caído en la línea del pivote de Sánchez. En una encuesta realizada por SocioMetrica, el 68 por ciento de los españoles consideró que la reciente cumbre fue un fracaso, mientras que solo el 19 por ciento la consideró un éxito. Entre los partidarios del Partido Socialista de Sánchez, el apoyo a la cumbre fue tibio, con solo el 57 por ciento calificándola de éxito; entre los partidarios de Podemos, solo el 42 por ciento lo vio de manera favorable. Por el contrario, en Marruecos, la reunión pareció encontrar apoyo en la prensa y entre el público en general.

Más bien, la lógica detrás de la profundización de los lazos comerciales se basó en la esperanza de que la prosperidad económica podría alentar un comportamiento más democrático a largo plazo, algo que únicamente se puede considerar como parte del idealismo/liberalismo en relaciones internacionales que sostienen las élites españolas. De ser así, España no sería el primer país en adoptar esa posición. El mismo argumento apareció de manera prominente en Washington a fines de la década de 1990, durante los debates sobre si permitir que China ingrese a la Organización Mundial del Comercio e integrar en el régimen comercial global. Los críticos respondieron que era poco probable que algo cambiara en Pekín a pesar de ser más rico y próspero además de conectado al resto del planeta, y posiblemente lo mismo ocurre con Marruecos.

No obstante, y a pesar de las expectativas, no solo los 19 memorandos (y un protocolo) firmados en la cumbre de febrero son ambiguos o imprecisos, sino que, además, es imposible no mencionar la ausencia del rey Mohammed VI en el encuentro. Aunque se argumente que no tenía por qué acudir, por tratarse de una reunión entre gobiernos, tampoco se puede negar el desplante que supone, debido a la frecuente y robusta presencia del monarca en los asuntos políticos del país.


El Gobierno aspira a convertir España en el primer socio comercial del reino alauí y a que la mejora en las relaciones ayude a las empresas españolas a hacerse con importantes contratos de obra pública en Marruecos y el control de fronteras. Sin embargo, esta ambigüedad se explica por la propia naturaleza de un memorando firmado por las dos partes que no es sino un documento escrito firmado por los representantes de dos o más entidades, que comportan declaraciones de voluntad para actuar con un objetivo común, sin comprometer jurídicamente a ninguna de las partes. Es decir, se trata de principios generales de actuación que orientan la relación de las partes, sin establecer obligaciones. Un elemento clave a tener en cuenta.

Respecto a tratados de aduanas, de hecho, el texto no menciona las palabras “aduana” ni “frontera” para referirse al límite entre los dos enclaves españoles y el territorio marroquí, lo que, de hacerlo, implicaría un reconocimiento implícito de la soberanía española sobre ellos, algo controvertido para la parte marroquí, es decir, una cesión española.

Soberanía española y Sáhara Occidental.

Si bien la soberanía de Ceuta y Melilla se obvian en la declaración conjunta, en el punto 8 de ésta “España reitera la posición expresada en la Declaración Conjunta adoptada el 7 de abril de 2022”, que reconocía que la propuesta marroquí de una autonomía para el Sáhara Occidental constituía “la base más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto. Es decir: el reconocimiento que España, implícitamente, reconoce los derechos de soberanía que Marruecos tendría sobre el Sáhara Occidental, no se ve compensado por uno, simétrico, en el que Marruecos reconocería la soberanía española sobre las dos comunidades autónomas. Al igual que sucedía con casi todo, queda en el aire y al árbitro marroquí.

Respecto a la cuestión saharahui, en su comparecencia conjunta con su homólogo español, Aziz Ajanuch no solo elogió el cambio de la postura española respecto al Sáhara, sino que instó a Sánchez a “redoblar los esfuerzos conjuntos” para luchar en diversos ámbitos, entre los que citó “los grupos separatistas y las milicias armadas”, en una clara referencia al Frente Polisario.

Las palabras de Ajanuch demuestran que Marruecos no se va a conformar con las cesiones de Sánchez, sino que pretende que su vecino español incremente el respaldo diplomático a sus pretensiones. Rabat sabe que no se le brindará una ayuda militar, pero sí presiona para que le transfiera, por ejemplo, el control del espacio aéreo y marítimo del Sáhara Occidental que, en buena medida, se ejerce desde Gran Canaria.

En consecuencia, el presidente de Nueva Canarias (NC), Román Rodríguez ha calificado esta cumbre como un “fracaso”, y las intenciones de Marruecos, como expansionistas, acusando al mismo tiempo al Gobierno español de sumiso, y de basar el marco de relaciones de buena vecindad en “hechos unilaterales y chantajistas” del rey y el Gobierno marroquí.

Finalmente, cabe hacer hincapié en el establecimiento de un mecanismo de diálogo reforzado entre ambos países, del que sinceramente soy escéptico, basado en el respeto mutuo, cuyo objetivo es “evitar todo aquello que sabemos que ofende a la otra parte, especialmente en lo que afecta a nuestras respectivas esferas de soberanía”. La cuestión es si este mecanismo refuerza la idea de que el Gobierno de Pedro Sánchez está dispuesto a aceptar que Marruecos no reconozca abiertamente la soberanía española de Ceuta y Melilla.

Consecuencias y conclusiones: el Magreb y Europa

Cuando el 18 de marzo del año pasado Moncloa anunciaba que la propuesta de autonomía de Rabat era la “más seria, realista y creíble”, la reacción de Argelia no se hizo esperar: Argel daba por suspendido el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación que los dos Estados habían firmado en 2002, y el día siguiente entraba en vigor un boicot a las empresas y productos españoles que se prolonga hasta la fecha. Además, en medio de una crisis energética provocada por la guerra entre Rusia y Ucrania, Argel ha anunció que, a partir de ahora, Italia será su socio prioritario para la exportación del gas a Europa.

Todavía en el panorama internacional, el establecimiento de este nuevo marco de relaciones entre España y Marruecos está incluso afectando a la imagen de España en la UE. Uno de los puntos en el que más han insistido las delegaciones de ambas partes es que España actúe como puente hacia Europa y Marruecos como puente hacía el resto de África de Europa. Justo antes de la reunión de Sánchez con su homólogo marroquí, el PSOE, partido en el Gobierno de España, votó en contra de una resolución del Parlamento Europeo que condenaba las violaciones de los derechos humanos en Marruecos, en una actuación que fue muy criticada tanto nacionalmente, como por sus socios europeos. Por lo tanto, no sería extraño que España empezase a aplicar, de un modo más activo que antes, un papel como mediador entre la UE y el país magrebí, aunque como siga siendo bajo estos patrones, podría costarle su reputación, o hará que cobre fuerza la idea de que el PSOE le debe algo a Marruecos.

Por último, las consecuencias de las nuevas relaciones establecidas por España con su vecino del sur están creando conflicto dentro del propio país. Aparte del recelo de Canarias y la división interna del Gobierno (que junto con la oposición se desmarca por completo de esta nueva postura) los empresarios han expresado su claro descontento, al igual que el resto de la opinión pública española. Además, Ceuta podría ver perjudicado su deseo de ingresar en el Comité de las regiones de la UE (cuestión sobre la que lleva insistiendo al Gobierno español desde hace tiempo), pues si lograse incorporarse a este órgano consultivo se afianzaría el carácter europeo de la ciudad, lo que, seguramente, disgustaría a las autoridades de Marruecos.

En definitiva, la publicación de un documento que Moncloa calificaba de “histórico” o “sin precedentes” ha resultado ser, por todo lo expuesto anteriormente, una declaración superficial, ambigua y sin acciones concretas. Una cumbre que supuestamente debía escenificar un punto de inflexión en las relaciones bilaterales de ambos países y dominada por meras declaraciones parece que ha causado más problemas y conflictos que los que ya existían debido a sus consecuencias. Es evidente, además, que esta nueva posición ha tenido un gran impacto tanto a nivel nacional, como en las relaciones internacionales con Argelia en plena lucha contra Marruecos por la hegemonía regional, así como con respecto a la Unión Europea.

Aunque esta cumbre haya concluido con una declaración conjunta, todas estas razones expuestas indican que se trata de una declaración de intenciones, más que de medidas concretas de cumplimiento asegurado; para un futuro en el que parece que las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos influirán de manera importante en la región.

La multipolaridad nació en la invasión estadounidense de Irak en 2003.

En la noche del 19 al 20 de marzo de 2003, la fuerza aérea estadounidense comenzó a bombardear la capital iraquí, Bagdad. La UE y la OTAN estaban profundamente divididas sobre si unirse a la agresión: mientras que los nuevos miembros de la OTAN de Europa Central y del Este estaban a favor de la guerra, los pesos pesados europeos París y Berlín se opusieron.

La guerra de Irak también marcó el inicio de la coordinación diplomática entre Moscú y Beijing en el Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU). Los dos países comenzaron en 2003 a aplicar patrones de votación similares en el Consejo, primero sobre Irak, luego sobre Libia en 2011 y sobre Siria en varias votaciones clave. Esa coordinación temprana de la ONU entre Rusia y China se ha transformado, 20 años después, en una política conjunta decidida para “proteger un nuevo orden mundial basado en el derecho internacional”.

Mirando hacia atrás a marzo de 2003 desde el punto de vista de marzo de 2023, la invasión de Irak desató consecuencias geopolíticas mucho más allá de las obvias, como la proliferación del terrorismo, la disminución del poder de los EE. UU. y el caos regional. En 2003, un cambio global fundamental en el equilibrio de poder fue seguramente la última consecuencia posible prevista por los planificadores de la guerra en Washington y Londres.

Desmontando el Causus Belli.

La destrucción de Irak, la disolución del ejército iraquí, la salida de refugiados a los estados vecinos como Siria y Jordania, y el crecimiento exponencial del extremismo y los ataques terroristas son algunas de las consecuencias. de esta guerra equivocada. Las débiles razones de la guerra, como la inexistencia de armas de destrucción masiva (ADM) y el supuesto apoyo de Bagdad a grupos terroristas como Al Qaeda, fueron ampliamente desacreditadas en los años siguientes. Para la primavera de 2004, ya abundaban las pruebas, ya sea de la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA) o del Grupo de Inspección de Irak (ISG) de la CIA, de que Irak no tenía ningún programa de armas de destrucción masiva.

Pocas veces antes, las campañas de desinformación, lo que ahora se conoce comúnmente como «noticias falsas», se habían ejecutado de manera tan meticulosa. La narrativa de “con nosotros o contra nosotros” se había afianzado con firmeza: los grupos de expertos occidentales promovían con toda su fuerza el cambio de régimen y la “democracia” (que no era un objetivo declarado de la invasión liderada por Estados Unidos) en Irak, mientras que quienes se oponían eran etiquetados como anti-Israel o anti-América.

A pesar de las protestas públicas masivas sin precedentes en las capitales occidentales en oposición a la guerra de Irak, EE. UU. y sus aliados ya habían puesto en marcha su considerable maquinaria de guerra, encabezada por figuras como el primer ministro británico Tony Blair y el primer ministro español José María Aznar.


Ya se había sembrado una narrativa falsa que vinculaba a Bagdad con los ataques del 11 de septiembre, a pesar de que no había conexión alguna entre el gobierno del presidente iraquí Saddam Hussein y los bombarderos. Cabe señalar que no había ciudadanos iraquíes o afganos entre los terroristas que pilotaron los aviones del 11 de septiembre, que eran predominantemente ciudadanos saudíes, un aliado en aquella epoca de Washington.

Negocios y política exterior americana de la unipolaridad.

En el otoño de 2001, los escenarios de guerra para una invasión de Irak y un cambio de régimen ya se estaban presentando en Washington. El decano de la Universidad Johns Hopkins, Paul Wolfowitz, un ávido partidario del cambio de régimen y la expansión militar estadounidense en Irak, fue nombrado subsecretario de defensa en febrero de 2001, siete meses completos antes de los ataques del 11 de septiembre. La hipótesis de trabajo de Wolfowitz era que Irak, con la liberalización de su industria petrolera, podría financiar una reconstrucción de posguerra con sus propias exportaciones de petróleo.

El grupo en torno al vicepresidente Dick Cheney, que incluía a Wolfowitz y al secretario de Defensa Donald Rumsfeld, influyó en la configuración de la posición del presidente George W. Bush sobre Irak. Parte 2- A diferencia de su padre, George H. Bush, que era un experimentado director y analista de la CIA, el joven Bush carecía de una visión del mundo personal distinta sobre política exterior, que subcontrató a su camarilla de línea dura.

Sin embargo, estaba decidido a terminar lo que él veía como el «asunto pendiente» de su padre de la ‘Guerra del Golfo’ de 1991 con el objetivo de expulsar a las fuerzas iraquíes de Kuwait. Ese conflicto se ejecutó bajo una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que autorizaba medidas legales contra Irak como estado, pero que no constituía una guerra bajo el derecho internacional.

En 1991, solo el rey Hussein de Jordania asumió una posición de apoyo a Saddam Hussein, y todas las demás naciones respaldaron el ataque de la coalición contra Bagdad. El gobierno de EE. UU. se adhirió a la resolución de la ONU, cuyo objetivo era restaurar la integridad territorial de Kuwait, pero no derrocar al gobierno iraquí.

En cambio, Estados Unidos apoyó a los kurdos iraquíes en el norte del país y los animó a rebelarse contra Bagdad. El ejército iraquí aplastó esa rebelión, como lo hizo con un levantamiento en el sur dominado por los chiítas. Tal vez los rebeldes esperaban una ayuda militar más concreta de EE. UU., pero a pesar de todo, Hussein permaneció firmemente en el poder a pesar de la derrota militar en otros lugares.

Desde la perspectiva de Washington, Estados Unidos no había logrado derrocar a Hussein, y dentro de la familia Bush había un deseo de ajustar cuentas. Para George W. Bush, la invasión de Irak proporciona una oportunidad de salir de la sombra (de pequeñez) de su poderoso padre al ejecutar el elusivo objetivo de cambio de régimen. Los ataques del 11 de septiembre proporcionaron una justificación para esta obsesión: lo que quedaba era conectar a Irak con los ataques terroristas de EE. UU. y galvanizar el apoyo público y político para una guerra, tanto a nivel nacional como internacional.

El Consejo de Seguridad de la ONU en crisis.

En el período previo a la invasión de Irak, hubo una gran división entre los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU). El secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, presentó pruebas cuestionables de la posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak, mientras que los cancilleres de Alemania y Francia se opusieron públicamente a la agresión, por lo que ocasionalmente recibieron aplausos en el Consejo. China y Rusia, que se opusieron con vehemencia a la guerra, comenzaron a coordinar sus decisiones y respuestas, en parte debido a sus respectivos intereses petroleros en Irak. Esta cooperación entre Moscú y Beijing sentó las bases para un enfoque multilateral coordinado entre las dos naciones. Ambos gobiernos entendieron que una guerra abriría la caja de Pandora, lo que llevaría al colapso de las instituciones iraquíes y provocaría una desarmonía regional generalizada.

Desafortunadamente, esto es precisamente lo que sucedió. Los años siguientes vieron ataques semanales, una expansión de grupos terroristas salafistas como Al Qaeda, el surgimiento de ISIS en 2014 y un conflicto interno iraquí perpetuo. Cualquiera que estuviera familiarizado con las condiciones del país era consciente de la catástrofe que se avecinaba cuando comenzó la invasión ilegal de Irak el 20 de marzo de 2003.

China y Rusia y el orden multipolar

Veinte años después, el presidente chino, Xi Jinping, se embarcará en una visita de estado de tres días a Moscú, y el enfoque se extenderá más allá de las relaciones energéticas bilaterales, que han sido una prioridad constante desde 2004. Como se indicó anteriormente en su declaración conjunta en Beijing en febrero de 2022, el presidente ruso, Vladimir Putin, y su homólogo chino tienen como objetivo coordinar su política exterior y avanzar juntos. Sus discusiones también pueden tocar la cuestión de Ucrania, aunque las expectativas de los medios en Occidente pueden estar sobreestimadas.

Puede ser pura coincidencia que la reunión coincida con el 20 aniversario de la invasión de Irak. Sin embargo, también destaca cuán ampliamente se han entrelazado las estrategias rusas y chinas en las últimas dos décadas. Hoy, cada vez más, “la orientación viene de Oriente”. El liderazgo geoestratégico cooperativo y las propuestas alternativas sólidas para resolver los conflictos globales se están dando forma en Beijing, porque los viejos centros de poder no pueden ofrecer nada nuevo.

Veinte años después de la invasión estadounidense de Irak, una ‘guerra contra el terror’ fallida, la proliferación del extremismo, millones de muertos y desplazados en Asia occidental y un conflicto sin fin, China y Rusia finalmente se unieron para promover sistemáticamente su visión de el mundo, esta vez con más determinación e influencia global. A pesar de lo catastrófica que fue, la guerra de Irak puso fin a la práctica de las invasiones militares estadounidenses directas, dando paso a una era cansada de la guerra que buscaba desesperadamente otras soluciones. Esa división de opinión global que comenzó en 2003 sobre Irak está siendo institucionalizada, 20 años después, por poderes multipolares emergentes que buscan contrarrestar guerras eternas encuentras más allegados en el mundo, que van desde Rusia, China, India, Irán, Turquía, Pakistán una distante Arabia Saudí entre otros países de menor envergadura y peso geopolítico que no se comportan bajo los parámetros del orden unipolar dominado por Washington.

Sobre la guerra de Irak: 20 años de la destrucción de la Irak baazista de Sadam Hussein.


Como muchos saben, el domingo 19 de marzo marca el vigésimo aniversario del inicio de la invasión de Irak encabezada por Estados Unidos en 2003. La variedad de puntos de vista en estos sucesos sugiere que el debate sobre la guerra está lejos de terminar. 20 años después de la invasión estadounidense, el debate sobre la guerra de Irak no finalizó.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de la Guerra de Irak? En el torbellino de retrospectivas y evaluaciones que marcan el 20º aniversario de la invasión estadounidense de Irak, la pregunta parece particularmente relevante. La mayoría de los amargos debates que precedieron, acompañaron y sobrevivieron a la guerra ahora parecen resueltos. Pero en muchos sentidos, esa aparente resolución es ilusoria.

En algunas cosas, por supuesto, hay consenso. Además de unos cuantos “callejones sin salida” neoconservadores, casi universalmente se considera que la decisión de Washington de ir a la guerra fue un error estratégico de proporciones históricas. Ahora sabemos que los argumentos desplegados para justificar esa guerra preventiva y minimizar sus implicaciones son engañosos, algo que era obvio para muchos pero negado por quienes más importaban en ese momento.

Inmediatamente después de los ataques del 11 de septiembre, EE. UU. disfrutó de una posición de dominio mundial, la única superpotencia en un mundo unipolar, en la que muchos confiaban y todos temían. Menos de dos años después, había dilapidado su legitimidad y se dispuso a dilapidar su poderío. El atolladero resultante lo haría parecer un gigante desafortunado y torpe, capaz de romper cosas con exquisita eficiencia, pero incapaz de volver a reconstruir el país que había destruido.

Lo que se rompió también fue claramente visible, inmediatamente después de la invasión y luego, cada vez más, en el transcurso de las siguientes dos décadas. La destrucción que primero golpeó a la sociedad iraquí, en términos de vidas perdidas y comunidades alteradas, no se quedó en Irak. La guerra también trastornó el orden regional de Medio Oriente, eliminando la principal restricción a las ambiciones de Irán hacia el oeste, Irak. En última instancia, condujo al surgimiento y la expansión de ISIS de las cenizas de las fuerzas de seguridad de Irak, lo que tuvo implicaciones no solo para Irak y Siria, sino también para Europa, en forma de ataques terroristas y la crisis de refugiados que azotó al continente en 2015. Encerró a EE.UU la preocupación y dedicación prolongada con sus operaciones militares en curso en el Medio Oriente, incluso cuando el centro de gravedad en la política global se reubicó cada vez más en Asia y el ascenso de China.

Con el tiempo, la guerra también volvería a casa, con importantes implicaciones para la sociedad y la política estadounidenses. Como en toda guerra, los hombres y mujeres que sirvieron en Irak trajeron traumas y heridas, algunas visibles, otras menos, los casi 4500 soldados estadounidenses que no regresaron de la guerra dejaron atrás a familias y comunidades en duelo. En un esfuerzo social por evitar los errores de la era de la Guerra de Vietnam, los estadounidenses se unieron para “apoyar a las tropas”, agradeciéndoles por su servicio en cada oportunidad, incluso cuando la guerra que estaban librando se volvió cada vez más desacreditada, distante y difícil de explicar o justificar.

La guerra se podía ver en las calles de muchas ciudades de EE. UU., en forma de vigilancia militarizada que parecía sacada directamente de las imágenes de una distopía. Y tanto directamente, en 2008, como indirectamente, en 2016, la guerra desempeñó un papel importante en las exitosas campañas de Barack Obama y Donald Trump, respectivamente, para la presidencia.

Todo esto ahora parece claro y resuelto en retrospectiva. Pero en ese momento, los debates se encendieron sobre casi todos los aspectos de la guerra, con una ferocidad que ahora parece casi vergonzosamente pintoresca por su aparente irrelevancia. De las armas de destrucción masiva a los artefactos explosivos improvisados, la guerra de Irak fue un debate largo y extenso: sobre tácticas y estrategia, política y diplomacia, poder y arrogancia. Y a medida que la aparición de Internet amplió el acceso a la publicación al reducir las barreras de entrada, gran parte de ese debate tuvo lugar en línea, entre los blogs y sitios web que proliferaron en ese momento. De hecho fue la primera guerra en la que intervenía Occidente con más acceso a internet y en la que se difundió algo de información por ese canal.

Esos debates ahora parecen estar relegados a un pasado lejano. Pero tal vez solo estén inactivos. Para empezar, los artífices y animadores de la invasión no pagaron precio alguno por sus colosales errores. Muchos continuaron ocupando posiciones de gran influencia en el gobierno de EEUU y los medios de comunicación durante años, y algunos todavía lo hacen. Además, si desde entonces otros han reconocido y se han arrepentido de sus errores de ese momento, no han cuestionado las suposiciones que los llevaron a abrazar tales ambiciones maximalistas de poder estadounidense. Por el contrario, muchos de ellos ahora son defensores vocales de un enfoque similar con respecto a Rusia y China, que, sin importar cuán moralmente correcto y satisfactorio pueda ser en teoría, no es menos peligroso en la práctica.

La guerra no demostró que la fuerza militar sea incapaz de lograr objetivos políticos, sino que necesitamos considerar más cuidadosamente esos objetivos políticos antes de recurrir a la fuerza militar. Tampoco probó que la guerra de contrainsurgencia sea una distracción que deba olvidarse rápidamente, tanto como que no ha reemplazado a la guerra convencional y nunca lo hará. Finalmente, la guerra no demostró que EE. UU. no tenga vocación de tratar de prevenir atrocidades o influir en eventos en países lejanos, sino que debe ejercer más moderación y humildad en lo que espera lograr.

Por eso es tan importante, pero tan difícil, saber a qué nos referimos cuando hablamos de la guerra de Irak. ¿Nos referimos a la invasión impecablemente ejecutada oa la ocupación chapucera? ¿La retirada ordenada en 2011 o la vuelta precipitada en 2014, que continúa hasta el día de hoy? ¿La esperanza de un despertar democrático en Oriente Medio o la comprensión de que el poder, por inigualable que sea, tiene sus propios límites naturales?

Por ahora, el establishment de la política exterior en Washington y el público estadounidense en general parecen cansados y escarmentados por la guerra de Irak, e incluso felices de simplemente dejarla atrás. Estados Unidos tiene una larga historia de oscilar entre la retirada aislacionista y el fervor de las cruzadas. Y esas cruzadas a menudo son desencadenadas por eventos distantes durante períodos de repliegue hacia adentro que de alguna manera golpean al país y que resurgen el celo cuasirreligioso de Estados Unidos para aventurarse y rehacer el mundo a su propia imagen.

Nos acercamos rápidamente al décimo aniversario del inicio de la Guerra de Irak. Para algunos políticos, su postura inicial sobre la guerra es algo que preferirían pasar por alto. Será interesante ver, por ejemplo, si, durante sus audiencias de nominación, se les pregunta al Secretario de Estado designado John Kerry o al Secretario de Defensa designado Chuck Hagel si aún mantienen su voto afirmativo en octubre de 2002 para darle al presidente George W. Bush la autorización para emprender acciones militares contra Saddam Hussein.

Para otros, las retrospectivas inevitables caerán en una de varias categorías predecibles. Algunos intentarán retrotraer su oposición a la guerra o insistirán en que siempre supieron que sería una empresa fallida, mientras que otros, como Kerry en 2004, argumentarán que la guerra que apoyaron no fue la que llevó a cabo la administración Bush. El desafortunado resultado final es que no es probable que se lleve a cabo un examen en profundidad de los supuestos estratégicos fundamentales que ayudaron a defender la guerra, particularmente en la actual atmósfera exageradamente bipartidista con cierta polarización de Washington.

Esto es lamentable, porque se puede argumentar que las lecciones no aprendidas de Irak continúan impactando la política estadounidense hasta el día de hoy dando lugar a fallos estratégicos que acaban en guerra como Ucrania.

Al reconsiderar el período previo a la invasión de Irak, la mayoría de la gente se centra en la cuestión de si Saddam Hussein poseía armas desplegables de destrucción masiva. Si bien eliminar lo que se describió como una amenaza inminente fue la principal justificación pública de la guerra, el problema más importante era probar si el «poder duro» estadounidense podría desplegarse para lograr fines políticos frente al enfoque diplomático adoptado por la administración Clinton, que según los republicanos había fallado. Por lo tanto, la votación del Congreso en 2002 fue, en muchos sentidos, impulsada por la creencia en la eficacia del poder militar estadounidense convencional a gran escala para promover la desproliferación, particularmente después del impacto (provocado o no) de los ataques del 11 de septiembre; para drenar el «auge del terrorismo» como forma de guerra asimétrica contra EEUU, y sacar a la política de Oriente Medio del callejón sin salida creado por la segunda intifada palestina.
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Si Irak tenía armas funcionales de destrucción masiva o simplemente los remanentes de un programa de armas de destrucción masiva resultó ser irrelevante; el resultado final de la invasión y ocupación fue que Estados Unidos pudo asegurarse a sí mismo ya otros que Bagdad ya no tendría los medios ni siquiera para aspirar a poseer armas de destrucción masiva y los sistemas necesarios para distribuirlas. Pero el balance general más allá de Irak no fue tan claro. Las negociaciones con Libia para facilitar su propio desarme habían estado ocurriendo durante años, pero parece que el rápido derrocamiento del régimen de Hussein en Irak pudo haber inclinado la balanza para Muamar Gadafi, convenciéndolo de seguir adelante con su acuerdo histórico con Occidente, algo que no fue igualmente suficiente para desalentar la intervención americana/europea posterior.

Irán y Corea del Norte, sin embargo, vieron la invasión de Irak como una prueba de que necesitaban acelerar y profundizar sus esfuerzos para construir misiles nucleares creíbles contra la acción estadounidense. El enfoque de Estados Unidos en Irak también puede haber permitido a Corea del Norte cruzar la línea de meta nuclear. Además, debido a la larga y prolongada ocupación de Irak, ha disminuido el entusiasmo popular estadounidense por otras acciones militares importantes en el Medio Oriente. Hasta cierto punto, Irán ha estado más dispuesto a desafiar a Washington y a prolongar el proceso de negociaciones sobre su programa nuclear debido a una cierta confianza en que ninguna administración de EE. UU. adoptará tan rápidamente la opción militar en el corto plazo.

La lección general de la guerra de Irak parece ser que la fuerza militar de los EE. UU. puede desproliferar efectivamente las armas de destrucción masiva solo cuando el programa de un país es rudimentario o aspiracional. Sin embargo, más allá de cierto umbral, Washington se vuelve mucho más reacio a amenazar con una acción militar.

En el período previo a la guerra de Irak, también se habló mucho sobre las conexiones entre Saddam Hussein y los terroristas. El intento de vincular a Irak con al-Qaeda se basó en saltos de lógica muy vagos, pero no había duda de que Hussein era un partidario activo de los movimientos de rechazo a Israel palestinos que fueron los pilares de la segunda intifada. El problema, sin embargo, era que mientras la naturaleza de los movimientos terroristas estaba cambiando, el Washington oficial tardó en adaptarse. La mentalidad predominante todavía estaba encerrada en la vieja noción de patrocinio estatal: que los grupos terroristas no podrían existir sin la ayuda y asistencia del gobierno. El corolario lógico era que la eliminación de un régimen patrocinador de terroristas asestaría un golpe contra el terrorismo.

Pero al-Qaida demostró que la vieja relación patrón-cliente del terrorismo ya no era el único modelo disponible y la suposición de que la intifada palestina se secaría sin el dinero de Hussein resultó errónea. Mientras tanto, la subsiguiente insurgencia en Irak ha demostrado ser uno de los principales campos de prueba para la próxima generación de combatientes islamistas internacionales, quienes, al viajar a Irak y unirse a los insurgentes iraquíes locales, podrían practicar y perfeccionar habilidades y técnicas, como lo demuestra la rápida propagación de artefactos explosivos improvisados (IED, por sus siglas en inglés) efectivos a otros escenarios fuera de Irak.

Finalmente, existía la expectativa de que EE.UU. pudiera repetir la experiencia de reconstruir Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial al reemplazar el régimen baazista en Irak con una democracia secular moderna, una que abriera relaciones con Israel y, en agradecimiento a los EE. Unidos, aumentar masivamente la producción de petróleo para reducir los precios mundiales. Un nuevo Irak sería un fuerte aliado de EE.UU. contra Irán, pero también le daría a Washington una influencia renovada para proteger los lazos con Arabia Saudita. Se podría redibujar todo el mapa geopolítico de la región.

Lo que han demostrado los últimos 10 años es que el derrocamiento de un dictador es comparativamente fácil. Por el contrario, el ejército no ha sido una herramienta eficaz para construir nuevos regímenes sucesores. Los socios locales que pueden ser invaluables en términos de cooperación en seguridad pueden no ser las mejores opciones para ayudar a construir un estado democrático por si solos. Además, ahora hemos reunido suficiente evidencia para concluir que la llamada doctrina de la gratitud es muy exagerada. Los iraquíes, en particular la mayoría de la población chiita, estaban muy felices de ver partir a Hussein, pero no estaban dispuestos a abrazar la agenda estadounidense para la región. Irak todavía no tiene tratos con Israel, y son las compañías petroleras estatales de China las que más se han beneficiado de la caída de Hussein, mientras que los rusos también han conservado su posición.

Se lograron ganancias modestas como resultado del derrocamiento de Hussein, pero ahora nadie argumentaría que fue una ganga. De hecho, el legado perdurable de Irak puede ser que, durante este tiempo de intensa participación de EE. UU. en el Medio Oriente, China pudo lograr enormes avances en el este de Asia, y que el pivote hacia el Pacífico ahora está tratando de corregir. Una intervención que se suponía que iba a ser rápida, barata y transformadora no funcionó por ninguno de esos motivos y causó un daño significativo al liderazgo mundial de Estados Unidos en el proceso.


¿Por qué EEUU invadió el Irak baazista?

Mientras muchos se han centrado en los errores tácticos y estratégicos cometidos después de 2003, no está claro hasta qué punto Washington realmente ha examinado sus suposiciones fundamentales que llevaron a la Guerra de Irak. La guerra finalmente se reduce a la decisión de un líder de aprobar el uso de la fuerza. Por eso importan los líderes especialmente en el caso del uso de la fuerza por parte de Estados Unidos. También es por eso que predecir cuándo una crisis específica se convertirá en una guerra en toda regla es muy difícil de hacer.


Por lo tanto, para entender por qué Estados Unidos invadió Irak en 2003, debemos centrarnos en el líder estadounidense en ese momento: George W. Bush. Es cierto que estaba siguiendo el consejo de una gran cantidad de personas, pero la decisión en última instancia fue suya y solo suya. ¿Qué justificación dio? ¿Qué fue lo que finalmente lo convenció de tomar la decisión?

Su decisión debe situarse en el contexto del acontecimiento que marcaría su presidencia: los atentados del 11 de septiembre de 2001. Usó mucho la palabra «miedo» en el discurso a posteriori. Por supuesto, EE. UU. tomaría medidas casi inmediatas, invadiendo Afganistán (donde tenía su sede la organización Al-Qaeda, que llevó a cabo los ataques del 11 de septiembre). Pero Afganistán no fue suficiente.

Volvamos de nuevo a su discurso del 20 de septiembre. Se ve a EEUU como «llamado» a una misión mayor: hacer justicia en el mundo. «Esta noche somos un país despierto al peligro y llamado a defender la libertad… Ya sea que llevemos a nuestros enemigos ante la justicia o hagamos justicia a nuestros enemigos».

Este punto de vista se convirtió en política oficial con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Bush en septiembre de 2002. Pero, ¿a cuál apuntar a continuación? Aquí es donde es útil recurrir a las memorias de Bush (aunque, por supuesto, esta es una fuente menos que perfecta, dado que las memorias están sujetas a justificación «post-hoc»).

A mediados de agosto de 2002, se le confirmó a Bush que Irán tenía un programa nuclear (como describe Bush en la página 415 de sus memorias). Como él dice, «De repente, no había tantas quejas sobre Irán en el eje del mal». En muchos aspectos, Irán era un objetivo más importante que Irak. Considere nuevamente los comentarios de Bush sobre el «Eje del Mal». Cuando enumera a los miembros de ese Eje, menciona a Irán antes que a Irak. Pero aparentemente Bush tenía dos razones para NO atacar a Irán:

1) parece que Bush encontró alentador el «movimiento por la libertad» que se había dado en Irán en aquella época.

2) Es muy probable que Irak fuera visto como el objetivo «más fácil» según Bush describiendo lo que Colin Powell le dijo sobre la invasión de Irak.

Entonces, el objetivo final podría haber sido detener a Irán, pero hacerlo golpeando a Irak y usándolo como una demostración del poder y la determinación de los Estados Unidos. Además, dado que EE. UU. ya controlaba el vecino oriental de Irán, Afganistán, la conquista de Irak permitiría a EE. UU. rodear a Irán.

En cierto sentido, esta explicación, que invadir Irak se trataba de demostrar algo a Irán, es una variación del argumento presentado por Ahsan Butt: que la invasión pretendía ser una demostración del poder de Estados Unidos como policía global. En resumen, Bush autorizó la invasión de Irak para demostrar a otras amenazas, especialmente a Irán, que Estados Unidos era una nación poderosa dispuesta a usar la fuerza para eliminar las amenazas al orden mundial.

Sobre el 8M: Crítica al Feminismo como ideología oficial en el Occidente liberal.

El feminismo lejos de ser una ideología liberadora hoy en día, es uno de los muchos chivos expiatorios para modificar la estructura de nuestra sociedad, con el objetivo de atomizar, alinear y mercantilizar (o al menos someter a una idea de valor abstracta) más aún cualquier relación social además de generar recelos entre ambos sexos. La cuestión y la verdad material en todas las ideologías es que no tanto lo que pretenden conseguir sino como afectan en su relación con la otredad sostenida en una cosmovisión de los que indirectamente se «adoctrinan», en un sentido consciente mediante el consumo de propaganda, o inconscientemente (mediante el filtro que se hace a la cultura vulgar de contenido de este tipo), ese y no otro es su efecto en la materialidad, en la realidad tangible.

No es casualidad que la mayor parte de mujeres y hombres vean cada vez las relaciones sociales más como un intercambio, y no tanto como algo no sujeto a esas perspectivas ético-morales. Por eso casa tan bien el feminismo con la ontología liberal-anárquica imperante en Occidente.  Por otro lado, esta ideología es solo una de las muchas ideas de élite en nuestro presente en marcha. No hay nadie en la vanguardia de la sociedad que no se adhiera a parte o todas un memeplex (conjunto de ideas) antisociales o al menos no las critique, siendo sus efectos un clavo más en el ataúd del desarraigo que se lleva produciendo en nuestros países desde la revolución cultural que supuso el auge del capitalismo, siendo ya parte de lo que podríamos llamar el feminismo como parte del corpus de la «ideología occidental».

Curiosamente, y por otro lado, los críticos sociales existentes desde el punto de vista feminista/antifeminista tienen en común que sostienen una visión antisocial y atomizante de las relaciones hombre-mujer. Por poner un ejemplo hay CERO diferencia entre Andrew Tate Red Pills y Girl Boss Feminism, dos casos famosos de este tipo de creadores de contenido en EEUU. Estás perspectivas son vilipendiados/adheridos/admirados/rechazadas debido al narcisismo inherente de centrarse en su propio sexo, y no tener una visión holistica de conjunto en la relación hombre-mujer.

A su vez, el feminismo sostiene grandes contradicciones, desde una perspectiva excesivamente esencialista de la idea de mujer (que curiosamente comparten con cristianos, conservadores y otras ideologías idealistas) a una excesivamente constructivista, y sin embargo, actualmente se desvía hacia una episteme experiencial (género) bajo el posmodernismo (más construccionista), que curiosamente y en parte es un fallo que socavará los «derechos» basados ​​en el sexo; sin embargo, si se desvía hacia la episteme científica, reforzará normas rígidas y afirmara diferencias innatas (ese es un debate curioso entre transgenero y feminismo esencialista). Cualquier término medio en el que aterrice será completamente incoherente al mismo tiempo, por tener una visión de la mujer necesariamente parcial e interesada de la cuestión (como toda ideología).

Otro de los problemas del feminismo es que muchos creyeron que promoviendo el sufragio femenino como una solución a los problemas políticos causados ​​por los hombres solucionaría algo, y lo único que hizo fue simplemente convertir la política de masas a un espacio cada vez más grande de la población. Algo que seguramente ocurrió por la introducción de más y más mujeres a la producción de guerra durante la Gran Guerra y la IIGM. Es decir, a su vez fue una idea instrumentalizada para la propia eutaxia en sentido político (supervivencia) de la democracia liberal como forma de organizarse políticamente.

De hecho la mercantilización progresiva de la sociedad y de las personas es una de las consecuencias básicas del feminismo junto con la introducción de las mujeres en la sociedad de masas del siglo XX, la mujer que presenta el feminismo mayoritario está fundamentalmente alineada bajo la estructura productiva existente. Luego aparecen derivadas como Onlyfans,el movimiento LGBTQIA y sus variantes subjetivistas, algo que es el resultado natural del capitalismo como sistema en el que predomina la subjetividad y la idea de individuo soberano como única fuente moral. Cuando se convierte en lo único que define a los seres humanos el propio imperativo (del individuo) realmente las estructuras ofuscatorias del liberalismo/progresismo occidental triunfan, pues estas siguen actuando pero con métodos menos claros que otras ideologías consideradas autoritarias.

De hecho, y para acabar que el feminismo como fiesta anual que se ha institucionalizado en el Estado es parte del establecimiento elitista de este, y que junto con otros mitos políticos como una nueva religión de Estado anual progresista, a la que, aunque se le dediquen más y más recursos, curiosamente nunca es suficiente, ya sea porque es un negocio o un sistema de cabildeo muy eficiente, o una ideología equivocada (dado que el ideal puede partir de un mal análisis inductivo previo). 

En conclusión, ninguna ideología puede sobrevivir largo tiempo si no es sostenida por instituciones, y esto nos lleva al último punto: En realidad, tan íntima es la relación entre ideología e instituciones, y en consecuencia la realización material del ideal, que instituciones y prácticas forman típicamente un orden causal único, en donde los ideales son siempre vulnerables a la codicia de la institución, donde la atención cooperativa al bien común de la práctica es siempre vulnerable a la competitividad de la institución. Eso y no otra cosa es el feminismo hoy en día. Una ideología instrumentalizada para la competitividad interinstitucional (en este caso por control de presupuesto estatal y la filantropía privada), pues a todo el mundo le parecería extraño que hubiera un ministerio de la “verdad oficial”, o de “la defensa de la revolución”, “de la democracia» o “de la libertad”, pero en cambio, al menos en España se ha institucionalizado, se ha aceptado un “ministerio de igualdad” sostenido bajo ese ideal feminista. 

RENTISTAS, PRODUCCIÓN Y DEMOCRACIA LIBERAL

Aunque muchos creen que el problema son los capitalistas en nuestra sociedad, en mi opinión es más dañina la figura del rentista y propietario pasivo, pues un capitalista, aún explotador (en términos marxistas) de la mano de obra, puede llegar a desarrollar la actividad productiva de una sociedad. 

Si eliminamos la mayoría de los rentistas, es decir, el «aumento» usurero que pagamos por los «bienes públicos» básicos, países como Estados Unidos o España serían más aún las sociedades más prósperas del mundo. A priori, el empresario que produce “algo” no está robando su dinero: su arrendador lo está haciendo, su seguro, la entidad bancaria lo está haciendo, el accionista también, pues todos juegan en un entorno especulativo sin producir nada bajo la ficción del «dinero» (que no es más que un mecanismo de socialización y de poder en una sociedad.).

El empresario de gran corporación, en contra de lo que parece, y aunque pueda parecernos detestable, es una clase de «planificador central». Muchos de ellos por ejemplo apoyan Universal Healthcare (salud universal), ¿sabe por qué? Porque es más eficiente.  El caso del sistema de salud estadounidense no es «demasiado eficiente», ni siquiera está cerca de ser eficiente. Hay tanto desperdicio que va a intereses completamente improductivos. 

¿Pero adivinen el que? Incluso con miles de millones de dólares a favor de esa reforma, no se puede cabildear lo suficiente para que Universal Healthcare sea obligatorio por ley, porque la naturaleza de esa «democracia» hace que esas cosas sean imposibles. El poder que extrae rentas de la población a un gran sobrecoste en el caso de la salud, es el claro ejemplo de lo que quiero denunciar aquí.

La razón por la que los estadounidenses o europeos tienen un «Estado profundo» es porque la democracia representativa de nuestro tipo es tan ineficiente que no puede responder a la realidad de nuestros días, y existe la tendencia  a creer que la política parlamentaria es la realidad como seguramente sería al principio de la democracia liberal del siglo XIX, mientras que el «gobierno» real trabaja clandestinamente, extralegalmente, «por nuestro propio bien».

En una democracia representativa ocurren cosas bastante contradictorias, el talento y la habilidad son secundarios a la función retórica-dramática: alguien con el talento gestor del típico trabajando en el interés público, con el poder del Estado, contra los rentistas atrincherados sería genial, pero nunca podría ser elegido por muchos motivos.  «La campaña de marketing» para un candidato con la idea de “gran planificador” fracasaría en una democracia-liberal, porque los negocios serios son aburridos y la gente vota por razones simbólicas mitopoéticas sin sentido por sobre el «interés económico propio» o cualquier tipo de cálculo racional de beneficio. El sentimentalismo por eso es per sé reaccionario. 

Volviendo a la cuestión del rentismo, de hecho, la idea de alquiler es completamente parasitaria, y la mayoría de los «marxistas occidentales» deberían leer “El volumen 3 de Capital” para entenderlo mejor, junto con alguna lectura de Veblen. Sin embargo, muchos están instrumentalizados sentimentalmente para la «guerra cultural» mientras suben sus alquileres. 

La fórmula de la trinidad que Marx vislumbró en V3 del Capital, que arrojó su pluma con disgusto hace 150 años se ha convertido en algo que ha negado la producción industrial (fuera de la militar) en el mundo occidental. Bien podría llamarlo finanzas rentistas. La verdadera clave para entender quién es la «izquierda» (realmente existente que ha permitido esto) en esta sociedad es leer a Hilferding. Como casi todos los demás en el cambio de siglo (XIX a XX), además de Lenin, Hieldferding elogió el desarrollo del capital prometido como una fuerza progresista que los socialistas deberían superar. El utopismo progresista (que no marxista) empeñado en deuda al completo con esclavos externos (inmigrantes) y «trabajadores» serviles internos que nunca podrán lograr siquiera tener una vivienda en propiedad (innmueble básico que da estabilidad económica), algo que se ha vuelto fundamentalmente difícil por ser un bien altamente especulativo y mercantilizado.

La Revolución islámica y la guerra Irán-Irak: Como Irán transformó el Medio Oriente.

Desde la revolución iraní de 1979, pero también más recientemente, la geopolítica del mundo árabe frente a Irán ha sufrido una transformación significativa.  Irán ha fortalecido su alianza con Rusia y China y se ha mantenido como una fuerza hostil que resiste la hegemonía estadounidense.  Su influencia solo ha crecido a medida que una serie de grupos armados no estatales o cuasi estatales se extienden por la región.  Otro acontecimiento a favor de Irán ha sido el surgimiento del sectarismo en el mundo islámico. Finalmente, la Primavera Árabe, que anunció la democracia a la gente, al final fracasó particularmente en eso.  Estos hechos y otros nos obligan a ajustar el prisma a través del cual examinamos la geopolítica de la región hoy.

Antes de la Revolución de 1979, lo que dio forma a la geopolítica de la región fue la Doctrina Nixon.  La doctrina influyó en la decisión de política exterior de Nixon de armar hasta los dientes a sus aliados, tanto Irán como Israel, en la década de 1970.  Estados Unidos vendió constantemente las armas convencionales más modernas y sofisticadas a Mohammad Reza Shah Pahlavi (el sha de Irán).  Se estima que el Sha compró un total de 15 mil millones de dólares de las armas estadounidenses más avanzadas, armas que eran tecnológicamente superiores a la mayoría de las disponibles para otros aliados de Estados Unidos, excepto Israel.  Ajustados a la inflación, 15 mil millones de dólares en 1970 equivalen a casi 115 mil millones de dólares en 2022. Esto no deja dudas a los analistas de que tanto Nixon como Henry Kissinger creían que fortalecer el ejército de Irán estabilizaría el Medio Oriente;  Debido a que se consideraba que el Sha era el “policía” de la región, a Irán se le asignó el papel de un estado tapón cuya función era prevenir la expansión del comunismo y asegurar un suministro constante de petróleo junto con Arabia Saudí.

 El apoyo estratégico de Estados Unidos al Shah se debió a la proximidad geográfica de Irán con la antigua Unión Soviética. Como dijo una vez el analista estadounidense Gary Sick, Irán era el sitio ideal para que Estados Unidos vigilara las actividades de la Unión Soviética.  Al armar fuertemente a Irán, Estados Unidos buscó construir un escudo contra su rival, asegurándose de que los rusos nunca realizarían su sueño de “llegar a las cálidas aguas del Golfo Pérsico”.  Por lo tanto, el sha de Irán estuvo a la vanguardia en la recepción de las armas militares estadounidenses más grandes y avanzadas, como el Sistema de control y advertencia aerotransportado (AWACS), que entonces era el radar más sofisticado y costoso que Estados Unidos e Irán usaban para llevar a cabo  operaciones de reconocimiento en las fronteras soviéticas.  Además, Washington decidió ayudar a Irán a construir su programa nuclear ya en la década de 1950 bajo el “Programa Átomos para la Paz”.  Puede ser interesante para el lector notar que la CIA informó al entonces presidente Gerald Ford que el Shah tendría una bomba atómica en 1984.

Armado por Estados Unidos, el papel asignado por Estados Unidos a Irán como policía de la región se manifestó en muchos casos.  Uno fue durante la rebelión de Dhofar contra el sultán Qaboos de Omán de 1963 a 1976. La guerra civil comenzó con la formación del Frente de Liberación de Dhofar, un grupo comunista que tenía como objetivo crear un estado independiente en el área de Dhofar en el sur de Omán.  El Frente de Liberación de Dhofar fue fuertemente apoyado por la Unión Soviética y lanzó serios ataques contra el gobierno central en Qaboos.  Si no hubiera sido por la intervención del sha de Irán al enviar tropas para sofocar la rebelión de Dhofar, el Frente de Liberación de Dhofar habría continuado desafiando el gobierno del sultán Qaboos.  El hecho de que Irán interviniera en los llamados “asuntos árabes” como mejor le pareciera;  que envió tropas a otro país soberano;  y que ningún país se opusiera al Shah por sus intervenciones en los asuntos internos de otros países muestra claramente el poderío político de Irán en la región en aquella época.

 Otro ejemplo está relacionado con Bahrein.  El Sha había reclamado la soberanía persa ininterrumpida sobre Bahrein desde la era preislámica.  De hecho, a lo largo del siglo XIX, el Shah expresó objeciones a Londres por el tratado de 1930 para reconocer la soberanía de Bahrein.  De hecho, en 1927, Reza Pahlavi, el padre del Shah, llevó la disputa con Gran Bretaña sobre Bahrein a la Liga de las Naciones, aunque sin resolución.  Al final, en 1971, el Sha acordó con Gran Bretaña otorgar a Bahrein la independencia de Irán, pero insistió en que las islas Greater y Lesser Tonb y Abu Musa permanecerían bajo soberanía iraní.

Con el inicio de la Revolución de 1979, los asuntos regionales del Medio Oriente fueron objeto de cambios tremendos.  La revolución generó un discurso completamente diferente al derribar un más que centenario gobierno monárquico a una República Islámica.  Irán, una vez aliado de Estados Unidos, se convirtió en uno de sus ávidos enemigos, resistiendo sus tendencias imperiales.  Aunque se podría argumentar que los principios sobre los que la República Islámica elaboró ​​su política exterior han permanecido más o menos iguales, particularmente cuando se trató de resistir la presencia de EE. UU. en la región del Medio Oriente, derribando milenios de gobierno monárquico a través de las transformaciones que llevaron al surgimiento de una República Islámica como resultado de la revolución iraní de 1979 y, en particular, el efecto de la guerra entre Irak e Irán, nos obliga a repensar las formas en que vemos la geopolítica de la región.

Antes de eso, es importante examinar la posición actual de Irán en la región en comparación con países similares en la región, incluidos Arabia Saudita, Turquía y Pakistán.

 Posición de Irán en la región como aliado de EE. UU:

En la década de 1960, el Producto Interno Bruto (PIB) de Turquía era mayor que el de Irán y Pakistán, pero en la década de 1970, esta tendencia cambió.  Esto se puede atribuir en gran medida al hecho de que el precio del petróleo aumentó drásticamente, lo que le dio al sha una gran entrada de divisas, lo que también condujo a un crecimiento asombroso en el tamaño relativo del capital iraní.  A medida que el precio del petróleo aumentó justo después de la crisis del petróleo de 1973, el PIB de Irán superó al de Turquía.  Irán bajo el Shah también gastó el doble que Turquía y Pakistán en sus ejércitos. En 1975, Turquía y Pakistán gastaron entre el 4 y el 6 por ciento de su PIB en gastos militares, mientras que Irán gastó el 12 por ciento.

Estas cifras demuestran claramente el peso y la importancia de Irán como el aliado más influyente de Estados Unidos en la región de Oriente Medio.  De hecho, como el aliado militar más poderoso de EE. UU. en el Medio Oriente en ese momento, el Sha siguió una política que minimizaba el riesgo de confrontación con la Unión Soviética, y este enfoque de “problema cero” con la Unión Soviética es uno de los éxitos de su política exterior.

 Reforzado por su papel como aliado de Estados Unidos, Irán también pudo exhibir superioridad regional en términos de pura exhibición de poder sin grandes consecuencias.  Tomemos, por ejemplo, el Acuerdo de Argel de 1975 entre Irán e Irak para resolver cualquier disputa y conflicto relacionado con su frontera marítima común en el río Shatt Al-Arab.  A cambio de la retirada del apoyo del Sha a la rebelión kurda iraquí, se respetarían las fronteras de Irán.  Sin embargo, después de una guerra de ocho años con Irán, el Acuerdo de Argel fue abandonado, para no ser revisado nuevamente, e Irak era el que más podía perder con la abrogación del tratado, perdiendo los beneficios que una vez había obtenido del río fronterizo.

La Geopolítica de Medio Oriente y la Revolución de 1979

 Las manifestaciones populares en Irán encabezadas por el ayatolá Jomeini contra la dictadura del Sha y el dominio estadounidense de la región dieron lugar a la “última de las grandes revoluciones”.  La Revolución de 1979 estuvo acompañada de ciertos eventos que alteraron la geopolítica de la región del Medio Oriente como relaciones iraníes-estadounidenses que como sabemos todos se tambalearon.  La ocupación de la embajada de EE. UU. en Teherán el 4 de noviembre de 1979 y la toma de rehenes de diplomáticos estadounidenses que duró 444 días fue una de las primeras conmociones posrevolucionarias importantes después de la Revolución de 1979.  Aunque fue una reacción a veinticinco años de dominio estadounidense de Irán (1953-1979), hasta el día de hoy, este mismo evento se cierne sobre las relaciones de Irán con Occidente y, en particular, con Estados Unidos.  Irán se convirtió en el abanderado de los países hostiles a Estados Unidos hasta el punto de que ninguno de los aliados soviéticos en la región amenazaba tanto a Estados Unidos como Irán.

 El segundo evento que alteró la posición de Irán en relación con la región y los Estados Unidos fue la ruptura de los lazos diplomáticos con Israel, tras lo cual se cerró la embajada de Israel en Irán.  Irán pasó de ser un país amigo de Israel o mayormente amistoso a uno de sus obstinados enemigos.  La ruptura de los lazos con Israel y las subsiguientes hostilidades entre Irán e Israel tuvieron, y continúan teniendo, consecuencias para las relaciones de Irán-EE.UU.

 El tercer evento fue la promoción de la cultura política revolucionaria.  El ejemplo más revelador de esto fue el eslogan de Jomeini de “exportar la Revolución Islámica” a otros países del mundo islámico.  La transformación de la cultura política de la región bajo la influencia de la Revolución de 1979 asustó a las monarquías petroárabes de la región, pues sus regímenes eran similares al del Shah en lo que respecta a estructura política, lo que hacía que temieran más los levantamientos populares.  Es crucial señalar que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética temían la posibilidad de que la Revolución de 1979 fuera exportada a países del Medio Oriente, pero también a los estados satélites de Europa del Este.  Exportar una revolución basada en el modelo iraní significaba que los países en desarrollo que dependían de cualquiera de las superpotencias exigirían la independencia. Para muchos podría decirse que fue de los primeros eventos junto con la ruptura sino-soviética que empezó a configurar la idea de un mundo multipolar.

 La Revolución de 1979 trajo muchas consecuencias para la región en general.  Primero, produjo un estado que tenía una ideología e identidad antiimperialistas (según sus términos), uno que pretendía que resistir la hegemonía estadounidense era la única forma de liberar a las naciones “oprimidas” en el mundo poscolonial.  Debido a la difusión de esta ideología, el estado iraní se ha opuesto activamente a la acción estadounidense en la región durante las últimas cuatro décadas.  En segundo lugar, provocó que Irán apoyara los movimientos de resistencia a los amigos de EEUU en toda la región, desde Hezbolá en el Líbano hasta las Fuerzas de Movilización Popular en Irak.  En tercer lugar, durante la década de 1980, cuando Irak había lanzado una guerra prolongada contra Irán, incluido el lanzamiento de cientos de misiles y armas químicas contra civiles, el estado enfrentó una tremenda escasez de equipo militar debido al embargo impuesto por Estados Unidos.  Esto hizo que el Ejército iraní  comenzaran a fabricar misiles y otros equipos de artillería pesada a mediados de la década de 1980.  En gran parte debido a las sanciones económicas de Estados Unidos a Irán, junto con un embargo de armas por parte de todas las potencias mundiales, Irán se vio obligado a desarrollar capacidades técnicas nacionales en la producción de artillería pesada y misiles para sobrevivir a la guerra con el régimen de Hussein.

 A pesar de las sanciones económicas y el embargo de armas, Irán desarrolló importantes sectores industriales y manufactureros en acero, caucho, cemento y hierro de los que carecían otros países de la región, así como sectores de vanguardia como la industria aeroespacial automotriz, la nanotecnología y las células madre.  En las últimas décadas, particularmente después de la caída de Saddam Hussein, Irán emergió como un país que ejercía poder e influencia en la región y desarrolló una rivalidad particularmente con Arabia Saudita, lo que ha influido mucho en la dinámica geopolítica de la región.  En el frente político, Riyadh ha tratado continuamente de controlar el papel cada vez mayor de Irán en el mundo árabe, pero los intentos del Reino de hacerlo no han conseguido hacer de dique completamente a los esfuerzos iraníes.  Los intentos saudíes de reducir el poder del aliado de Irán, Hezbolá, en el Líbano, de contener el papel de Irán en Irak, de detener su apoyo a los hutíes, se han quedado cortos en muchas ocasiones. Estos fracasos ofrecen incentivos suficientes para que los saudíes se obsesionen con Irán como competidor geopolítico legítimo, aquí EEUU por supuesto jugaba un desbalance geopolítico con los enemigos regionales de Irán. Sin embargo, otro evento decisivo que tendría una influencia aún mayor en la geopolítica de la región es la Guerra Irán-Irak.

El papel de la guerra Irán-Irán en la configuración de la geopolítica regional de Oriente Medio:

 En septiembre de 1980, las fuerzas iraquíes lanzaron una invasión a gran escala de Irán, un conflicto que duró ocho años, matando al menos medio millón de vidas, hiriendo a más de un millón y desplazando a millones más.  La guerra Irán-Irak sigue siendo una de las guerras interestatales convencionales más grandes y largas desde la Segunda Guerra Mundial.  A lo largo de la década de 1980, cuando Irak invadió partes del territorio de Irán, siguió disfrutando del pleno apoyo del mundo árabe.  Se estima que el costo económico de la guerra fue de miles de millones de dólares. Después de ocho años de guerra, los ejércitos terminaron prácticamente en las mismas posiciones en las que habían comenzado en septiembre de 1980. También fue la única guerra en los tiempos modernos en la que se utilizaron armas químicas a gran escala junto con misiles balísticos para atacar ciudades. Fue el uso más extenso de armas de destrucción masiva desde el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki en Japón en 1945.

El 15 de enero de 1991, Reuters citó al rey Fahd de Arabia Saudita diciendo que la suma del apoyo financiero de Arabia Saudita a Irak superó los 27 mil millones de dólares, mientras que las estimaciones del apoyo del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) a Saddam alcanzaron los 80 mil millones de dólares en el  Década de 1980. Una cosa es el tremendo costo físico y humano que Saddam Hussein infligió a Irán, pero las consecuencias de esta guerra destructiva en la geopolítica de la región son muy distintas.  De hecho, la Guerra Irán-Irak marcó la trayectoria de la futura geopolítica de la región y sigue siendo una de las coyunturas más críticas en la historia contemporánea de la región de Oriente Medio.

 Primero, la Guerra Irak-Irán y los posteriores embargos impuestos a Irán dieron a Irán un fuerte incentivo para desarrollar un complejo militar autóctono después de haber sido uno de los mayores compradores de armas convencionales sofisticadas en la región.  De hecho, asegurar las armas convencionales para defender a su pueblo contra la agresión del régimen de Saddam fue uno de los principales desafíos del gobierno iraní.  Prácticamente ningún país estaba dispuesto a vender armas convencionales (es decir, misiles Scud) a Irán para que las usara en defensa cuando el ejército iraquí inundó sus ciudades con los mismos misiles.  Ahora está bien documentado que las fuerzas iraquíes lanzaron cientos de misiles rusos contra la población civil de Irán y decenas de miles de iraníes resultaron heridos o martirizados.

El costo masivo de la guerra obligó a Irán a establecer una industria de misiles local independiente.  Como resultado, Irán pasó de ser un importante comprador de misiles a uno de sus principales productores a fines de la década de 1990.  Hoy, la capacidad de Irán para producir misiles de largo alcance está a la par de las potencias mundiales.  Los misiles no son las únicas armas convencionales que fabrica Irán.  Aviones de combate, tanques, artillería, submarinos, drones y lanchas rápidas se encuentran entre los otros equipos militares que también fabrica.  Grupos como Hezbolá en el Líbano, Hamas en Palestina y los hutíes en Yemen han podido lograr un poder de misiles considerable con la ayuda del conocimiento iraní y han jugado un papel decisivo en la confrontación con Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, los tres países que están  unidos activamente contra Irán.

 En segundo lugar, el uso por parte de Saddam de armas no convencionales, como las armas químicas, contra Irán fue una pura violación del Tratado de No Proliferación Nuclear y todos los tratados sobre armas de destrucción masiva.  El mundo occidental no solo hizo la vista gorda ante el uso extensivo y comparativamente mayor de armas químicas por parte de Saddam contra la población civil de Irán, sino que también suministró y vendió más armas a su Partido Baath (al que luego derrocó). Además, el fracaso de las negociaciones con Occidente (1980-1995) para operar el reactor de investigación de Teherán, construido por los Estados Unidos en 1967 y para completar la planta de energía nuclear de Bushehr, cuya construcción comenzó en 1975 por empresas alemanas pero no se completó, fue otro razón principal por la que Irán trató de producir su propia energía nuclear. En 2003, Irán logró la tecnología de enriquecimiento y agua pesada, y su acceso a estas dos tecnologías significó que podría construir una bomba nuclear si así lo decidiera.  Aunque Irán ahora podría desafiar el monopolio de Israel sobre la posesión de un arma nuclear en el Medio Oriente, su capacidad nuclear se ha convertido en el mayor problema político y de seguridad entre Irán y las potencias mundiales en los últimos quince años.  El hecho de que Irán tenga tales capacidades técnicas en el campo nuclear, y otros países de la región (excepto Israel) no las tengan, le da a Irán una ventaja competitiva de disuasión según muchos.

En tercer lugar, las relaciones de Irán con los estados árabes del Golfo Pérsico empeoraron fundamentalmente después de la guerra entre Irak e Irán debido a su apoyo unilateral al régimen de Saddam Hussein.  Los estados del Golfo avanzaron hacia la compra de las armas más modernas y sofisticadas de los Estados Unidos.  Para ellos, la primera y mayor amenaza en la región provenía de Irán.  Estados Unidos también aumentó su presencia militar para apoyar a sus aliados, estableciendo 46 bases militares en once países del Medio Oriente, lo que se considera una cantidad asombrosa de bases militares en una región.

 En cuarto lugar, la Guerra Irán-Irak demostró a los funcionarios iraníes que los países de la región están dispuestos a hacer lo que sea necesario para lograr un cambio de régimen en Irán.  Desde unirse a Israel hasta usar armas no convencionales contra civiles, el objetivo de los estados árabes era cambiar el sistema de gobierno en Irán.  Los funcionarios iraníes sabían que necesitaban trascender sus fronteras nacionales para resistir la agresión de los países vecinos para generar disuasión, esto incluía Israel.  Hezbolá del Líbano es un ejemplo revelador que Irán apoyó para proyectar su influencia en la región.  Con el tiempo, Hezbollah adquirió un poder significativo y sigue siendo una fuerza poderosa hasta el día de hoy, de hecho derrotó a Israel en su invasión del Líbano en 2006. A su vez, los países árabes perdieron todas las guerras militares contra Israel, pero Hezbollah impidió que Israel avanzara hacia territorio libanés.  Hoy, el poder creciente de Hezbollah es una fuente importante de preocupación para Estados Unidos e Israel.  Sigue siendo una fuerza militar con decenas de miles de misiles y 100.000 soldados y tiene representación política en el parlamento y el gobierno libaneses.

Quinto, una de las transformaciones geopolíticas más cruciales ha sido el surgimiento de grupos armados no gubernamentales o cuasi gubernamentales en el Medio Oriente.  Hezbollah en el Líbano, los Houthis en Yemen, las Fuerzas de Movilización Popular en Irak y los fatimíes de Afganistán se encuentran entre los principales grupos chiítas que han sido apoyados por Irán.  Irán construyó alianzas con estos grupos en respuesta a la situación de seguridad en la región.  Por ejemplo, cuando ISIS conquistó Irak en 2014, ocupando el 40 por ciento del país en dos años y capturando las ciudades grandes y ricas en petróleo de Mosul y Kirkuk, las ciudades iraquíes de Bagdad y Erbil estaban al borde del colapso.  En respuesta, el ayatolá Sistani emitió una fatua para formar las Fuerzas de Movilización Popular, que recuerda a las Fuerzas Basij iraníes, establecidas en 1979 como una organización paramilitar voluntaria que opera bajo el mando del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y luego formó una “milicia popular” para  ayuda en la guerra contra Irán (La Fuerza Quds de Irán utilizó su experiencia de formar la fuerza popular Basij para contrarrestar la agresión de Saddam y para ayudar al Hezbolá libanés con su movilización popular).  La milicia de las Fuerzas de Movilización Popular, con la ayuda del ejército iraquí, finalmente derrotó a ISIS y limpió el territorio iraquí de terroristas y, como resultado, una nueva dinámica político-militar-de seguridad influyente entró en el equilibrio de poder en Irak.  Durante la crisis siria, el grupo chiíta “Fatimíes de Afganistán”, con el apoyo de Irán, jugó un papel importante en Siria y en la lucha contra ISIS y Al-Qaeda.  Sin duda, la alianza de Irán con los grupos organizados no se limita a los chiítas, sino también a los grupos sunitas como Hamás.  Esto muestra claramente que la alianza que Irán ha construido no está organizada en torno a líneas puramente de afinidad religiosa.

 Sexto, el giro de Irán hacia el Este fue el resultado del apoyo de las potencias mundiales a la agresión de Saddam en la guerra de Irak.  Después de la guerra, las potencias orientales, a saber, Rusia y China, buscaron una forma de acercamiento con Irán, mientras que las potencias occidentales, en particular Estados Unidos y Europa occidental, buscaron un enfoque hostil hacia Irán.  El resultado fue que después de la retirada de Trump de los intentos de tratado de la administración Obama con los iraníes y el incesante cumplimiento y sumisión de Europa a la estrategia de máxima presión de Trump, el líder supremo de Irán declaró oficialmente que Irán ya no confía en Europa y que debería contar más con Oriente.  Por lo tanto, la continuidad de la hostilidad de las potencias occidentales hacia Irán después de la guerra ha proporcionado los incentivos más fuertes para que Irán se vuelva hacia el Este.  El acuerdo estratégico de veinte años con China y el acuerdo estratégico de veinte años con Rusia son dos claros ejemplos de la desconfianza de Irán hacia Occidente.  Hoy, China y Rusia son los principales socios comerciales de Irán, mientras que a principios de la década de 2000 lo era Alemania.

Diplomacia de Irán en un mundo multipolar:

Para los iraníes, no es fácil olvidar la magnitud y la escala de muerte y destrucción de la Guerra Irak-Irán.  Sin embargo, dejando de lado las muertes y la destrucción masivas, las consecuencias a largo plazo de esa guerra moldearon de muchas maneras la geopolítica de la región.  De hecho, muchos de los problemas difíciles del Medio Oriente de hoy se originaron en esos ocho años.

 La guerra entre Irak e Irán marcó la trayectoria política de la región en algunos aspectos importantes para las próximas décadas.  Pero esa no es la única guerra que ha presenciado el Medio Oriente.  Si una guerra tiene tantas consecuencias perniciosas para la paz y la estabilidad en la región como analicé anteriormente, uno podría preguntarse con horror cuáles serían las consecuencias a largo plazo de la invasión de Irak y Afganistán por parte de Estados Unidos a principios de la década de 2000 y la  ¿Guerra liderada por Arabia Saudita contra Yemen por el futuro de la región?  Estas preguntas son difíciles incluso de contemplar.  Pero nos dan suficientes razones para creer que la exhibición de poder en forma de guerra cambia el panorama político tarde o temprano, Estados Unidos tendrá que darse cuenta de que su política de dominación ha tenido resultados desastrosos para la región y más allá.  Llenar el vacío que deja Estados Unidos al salir de la región es una invitación a crear un sistema regional de seguridad y cooperación entre los países de la región.  Un sistema regional de seguridad y cooperación en el Golfo Pérsico que envuelva a Irán, Arabia Saudita, Irak y los otros estados miembros del Golfo sería el primer logro vital seguramente para la estabilidad regional.

Sin duda, la Revolución de 1979 dio forma a la geopolítica de la región.  Sin embargo, la agresión de Irak contra Irán y el apoyo de los países regionales y las potencias internacionales fueron los factores más importantes que dieron forma a la estrategia de política exterior de Irán y su cambio geopolítico.  La Guerra Irán-Irak reforzó el discurso de resistencia contra la hegemonía y las formas de dominación por parte de las potencias mundiales, incluido, y sobre todo, Estados Unidos.  Los funcionarios iraníes recuerdan cuando Saddam contaba con el apoyo de potencias tanto de Occidente como de Oriente, tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética.  Si los líderes iraníes sospechan de Estados Unidos cuando se trata de cumplir con su parte del trato en cualquier mesa de negociación, la sospecha puede atribuirse casi por completo a las duras lecciones que aprendieron durante la guerra entre Irak e Irán. 

De la teoría de los tres mundos maoísta a la de los cuatro:


*Aclaración: Cuando hablemos de los «mundos» nos referimos en la teoría maoísta y no en la que entendemos en el lenguaje occidental común.

En febrero de 1974, el presidente de China, Mao Zedong, presentó su Teoría de los Tres Mundos. El concepto de Mao era simple pero elegante. Según el presidente , las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, constituían el primer mundo. Los países y regiones capitalistas desarrollados, incluidos Japón, Corea, la Europa de la OTAN, Australia Nueva Zelanda y Canadá , representaban el segundo mundo. Sin embargo, la parte más poblada del globo era el tercer mundo, que abarcaba toda Asia (excepto Japón), así como África y América Hispánica y de habla portuguesa.

Unos meses después, en la Asamblea General de la ONU celebrada en abril de 1974, Deng Xiaoping expuso la teoría de Mao. Como señaló Deng , existían tres mundos, que estaban relacionados entre sí y eran contradictorios. Deng Xiaoping afirmó que China era un país socialista, una nación en desarrollo que pertenecía al tercer mundo. También declaró que China no era ni sería nunca una superpotencia (algo que quizá hoy en día ya es discutible).

Rusia es, con mucho, el actor más importante del cuarto mundo. Esta categoría también incluye a Irán, Corea del Norte, Siria, Venezuela, Myanmar y algunos otros países.
Un mundo en muchas cuestiones alternativo.
Aunque la Teoría de los Tres Mundos de Mao-Deng pueda parecer cosa del pasado, podría volver a ser relevante, aunque con algunas modificaciones. Esta vez, la estructura geopolítica y geoeconómica se perfila como una división de cuatro partes.

Al igual que en la década de 1970, el primer nivel sigue ocupado por dos superpotencias rivales: EE. UU. todavía está allí, mientras que la extinta Unión Soviética es reemplazada por una nueva superpotencia: China. Los niveles segundo y tercero permanecen más o menos sin cambios desde la década de 1970. El segundo mundo todavía incluye a los países capitalistas ricos, de tendencia estadounidense, con algunos nuevos participantes externos a la idea de Occidente tradicional como Corea del Sur y Japón. El tercer mundo sigue representando a los países en desarrollo principalmente en Asia continental, África y América no anglosajona.

Sin embargo, a diferencia de la década de 1970, ahora hay un cuarto elemento en el esquema. Dentro del cuarto nivel están los jugadores que, por diversas razones, se han encontrado en una relación antagónica con el Oeste liderado por Estados Unidos. Rusia es, con mucho, el actor más importante del cuarto mundo. Este campo también incluye a Irán, Corea del Norte, Siria, Venezuela, Myanmar y algunos otros países que en algún momento han coincidido con lo que podría haber sido llamado por propagandistas estadounidenses como el «Eje del Mal».

Estados Unidos y gran parte del segundo mundo, que colectivamente siguen siendo el bloque más influyente del mundo, buscan aislar, o al menos marginar, al cuarto mundo y convertir a sus miembros en eternos parias. Sin embargo, esto no es fácil, dado que China y gran parte del tercer mundo se niegan a sumarse a la cruzada occidental contra los “malos”, el Eje del Mal o los enemigos geopolíticos tradicionales.

Hay una razón por la cual el concepto de división del mundo de Mao se está convirtiendo nuevamente en un lente pertinente a través del cual dar sentido a la política global. Cuando el gran timonel , el presidente Mao, lo articuló, el mundo estaba en el apogeo de la bipolaridad de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética estaban muy por delante de los demás en términos de reparto de poder global. Por supuesto, hubo otros actores geopolíticos, como China, India, Francia, el decadente Imperio Británico, Egipto, Turquía o Israel. Sin embargo, no contaban mucho como actores individuales, debido a la gran diferencia de capacidades entre cada uno de ellos y las dos superpotencias. La Teoría de la política internacional de Kenneth Waltz , publicada en 1979, es una exposición clásica de la forma en que funciona la bipolaridad extrema en este sentido.

Mao y Deng no eran estudiosos de las relaciones internacionales, pero es posible que hayan comprendido intuitivamente que la estructura de la política mundial que prevalecía en la década de 1970 solo permitía que las dos superpotencias se desempeñaran de manera significativa como individuos o como actores totalmente independientes. El resto de la multitud solo tenía importancia si se agrupaba «a granel», las aventuras individuales de hecho eran normalmente censuradas por las superpotencias o las potencias del primer mundo.

Para decirlo de una manera más teórica, el mundo de la década de 1970 presentaba la existencia superpotencias, pero carecía del siguiente nivel inferior de jerarquía geopolítica: no tenía verdaderas grandes potencias fuera de los hegemones. Países como Francia, China, Japón o Gran Bretaña eran simplemente los más poderosos entre los que no eran hegemones sin embargo, no eran grandes potencias de pleno derecho, carecían de potencial o poder (como, por ejemplo, en el caso de China en aquella época) y/o de autonomía en política exterior (como en el caso de Japón).

El concepto de las grandes potencias que había estado ausente durante mucho tiempo del sistema internacional comenzó a resurgir con el ascenso de China y el resurgimiento de la Rusia de Putin, más activa estratégicamente. La teoría de Mao quedó obsoleta a fines de la década de 1980 cuando la estructura bipolar se derrumbó a raíz del dramático declive y desaparición de la Unión Soviética. Se produjo el «momento unipolar» de la supremacía indiscutible de Estados Unidos. La hegemonía de la única superpotencia de Estados Unidos continuó durante la década de 1990 y principios de la de 2000, pero luego algo cambió: el nivel de las grandes potencias que habían estado ausentes durante mucho tiempo del sistema internacional comenzó a revertirse, empezaron múltiples potencias intermedias y la aspirante a superpotencia (China) a hacer valer sus intereses.

Al respecto a Rusia y el destino de quién gobierna en Moscú como gran potencia estará determinado por el resultado de la guerra en Ucrania, que se ha convertido en una batalla entre Rusia y Occidente liderado por Estados Unidos. La teoría de las relaciones internacionales es bastante sencilla en el sentido de que el gran poder está, ante todo, determinado por las capacidades de lucha en la guerra. Dice el profesor Robert Ross en el documento «Relaciones chino-rusas: la falsa promesa del equilibrio»: «Una gran potencia es un estado que puede luchar en una guerra contra todos los demás estados del sistema y, por lo tanto, puede proporcionar independientemente su propia seguridad vis -a-vis cualquier otro país sin depender de terceros.”

Actualmente hay tres jugadores en el sistema internacional que cumplen con este criterio. Son los EE. UU. (que simultáneamente tiene el rango de superpotencia), China (una segunda superpotencia emergente) y según algunos Rusia (una gran potencia en decadencia). Sin embargo, esta tripolaridad geoestratégica no es real ya que puede estar en la cúspide de dejar de ser vigente. Estados Unidos y China están muy por delante del resto en términos de sus capacidades generales. Mientras tanto, Rusia se encuentra en una lucha existencial para mantener su estatus de gran potencia.

La UE y Japón se encuentran en un estado de declive gradual. India, a pesar de todas sus ambiciones, parece estar perennemente atrapada en el intersticio entre una potencia regional y una gran potencia revindica siempre que puede su autonomía para tratar de tú a tú con todos los países sin que influyan terceros. Si Rusia cae de la liga de las grandes potencias, la estructura internacional se volverá más o menos bipolar, una reminiscencia de la era de la Guerra Fría. Es extremadamente improbable que cualquier otro jugador pueda ascender al rango de gran poder en el futuro previsible.

Mirando hacia las próximas dos décadas, un orden global emergente puede funcionar como una división de cuatro partes:

1- Los habitantes del primer mundo, Estados Unidos y China, competirán por la supremacía global.

2- El segundo mundo de países capitalistas ricos será en su mayoría leal a Washington.

3-El tercer mundo permanecerá en su mayoría no alineado o vasculara entre los bloques existentes. Aquí podemos incluir parte de los BRICS a excepción de China, Irán y Rusia, la civilización islámica menos el Eje de la Resistencia, Turquía, India, Pakistán y buena parte de Asia y África.

4-El cuarto mundo formado por Rusia y otros adversarios (como Irán) de EE. UU. se alineará cada vez más con China.


Este reparto y/o taxonomía de los Cuatro Mundos sólo podrá funcionar si se mantiene una paz relativa, similar a la paz precaria de la vieja era bipolar. Sin embargo, si lo que estamos presenciando en Ucrania y alrededor de Taiwán son de hecho las salvas iniciales de una Tercera Guerra Mundial como muchos temen, todas las apuestas de un orden cuatripartito están canceladas, pues seguramente y en este caso los esfuerzos del primer mundo, junto con los del segundo y occidente,y los del cuatro con el liderazgo de China forzaran al tercer mundo a apoyar a un bando. Eso y no otro es el previo de la Nueva Guerra Fría.

¿La «edad dorada» de la globalización ha terminado?

La administración del presidente estadounidense, Joe Biden, intensificó la guerra comercial de Estados Unidos con China la semana pasada, prohibiendo las exportaciones de semiconductores avanzados, equipos utilizados para fabricar chips de computadora y componentes necesarios para construir supercomputadoras, así como la participación de corporaciones e individuos estadounidenses en China. industria de fabricación de chips. La cadena de suministro global de semiconductores ya estaba bajo presión por las interrupciones causadas por la pandemia de coronavirus y las restricciones comerciales existentes entre EE. UU. y China. Estos últimos movimientos aumentan las apuestas y amenazan aún más la capacidad de los consumidores para adquirir los productos electrónicos necesarios para impulsar la economía global.

Debido a la ubicuidad de los chips en todo, desde computadoras y teléfonos inteligentes hasta automóviles y electrodomésticos, las restricciones de Washington tienen implicaciones más allá del mercado de semiconductores y son solo el último desafío para la economía global, cuya fragilidad se vuelve más evidente cada día.

Estamos muy lejos de la “Edad de Oro” de la globalización económica que marcó la década de 1990 y principios de la de 2000. Con el fin de la Guerra Fría, los países de Europa del Este, Rusia y luego China comenzaron a integrarse por completo en el sistema de comercio mundial. Esto culminó con el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Durante este tiempo, se escribió mucho sobre la naturaleza interconectada del mundo, que aparentemente se estaba volviendo sin fronteras y se relativizaba el poder de los Estados. El estado-nación se consideraba obsoleto , ya que las empresas privadas, instituciones financieras y organizaciones internacionales iban a recoger más poder, con la ayuda ocasional de los banqueros centrales, se convirtieron en los nuevos gobernadores del sistema global. Sin embargo, curiosamente ese orden solo se sostuvo sobre una desmesurada hegemonía política de los EEUU.
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La crisis financiera mundial de 2008 ya puso en tela de juicio la eficacia del aspecto financiero de la integración económica mundial. Podría haber sido fácil para los responsables de las políticas financieras y monetarias ver las crisis financieras anteriores en América Latina, el este de Asia y Rusia como periféricas a los centros financieros globales en Nueva York, Londres y Tokio. Pero la crisis financiera de 2008 afectó directamente a esos mismos centros financieros, dejando el corazón del sistema financiero mundial en desorden y requiriendo asistencia.
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A pesar del daño causado al sistema financiero global, el entusiasmo por el comercio y lo que se llamó globalización parecía perdurar, con una renovada esperanza de que se pudieran alcanzar nuevos acuerdos comerciales y que la globalización continuara a buen ritmo. Como dijo el entonces presidente de los EE. UU., Barack Obama, en 2015: “Algunas personas piensan que simplemente deberíamos retirarnos y ni siquiera tratar de participar en el comercio con estos países. No estoy de acuerdo. Tenemos que asegurarnos de que Estados Unidos escriba las reglas de la economía global”. Hizo esos comentarios cuando su administración estaba en medio de la negociación de la Asociación Transpacífica , un acuerdo comercial integral entre las naciones que bordean el Océano Pacífico , con la notable excepción de China con el objetivo de aislar al gigante asiatico.

Los factores que detuvieron la “edad de oro” de la globalización son en sí mismos productos de la economía global. En ese sentido, la economía global sembró las semillas de su propia desaparición. El TPP, como se le conocía, sobrevivió, pero sin la participación de EE. UU., ya que el sucesor de Obama, el expresidente Donald Trump, retiró a EE. UU. del mismo como uno de sus primeros actos después de asumir el cargo en 2017 y continua así desde entonces. Hoy es justo decir que el entusiasmo y la esperanza por el sistema de comercio global se han ido. Desde los productos de consumo hasta los alimentos y la energía , la capacidad de la economía global para satisfacer la demanda de los consumidores se cuestiona cada vez más. Vimos estas fisuras y fallas en la cadena de suministro global el año pasado cuando el bloqueo del Canal de Suez por un solo barco de contenedores pareció detener temporalmente toda la economía global. Ahora la situación es más grave por las vicisitudes geopolíticas actuales. Incluso ell FMI advierte que la fragilidad de la economía global puede no ser reparable.

¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo se detuvo la “edad de oro” de la globalización? Tres factores principales contribuyeron a esta fragilidad, con la ironía de que estos factores son en sí mismos productos de la economía global. En ese sentido, la economía global sembró las semillas de su propia desaparición.

1- Primero, una guerra comercial. Cuando la administración del entonces presidente Donald Trump impuso aranceles a los productos de China a partir de 2018, desencadenó una serie de medidas de represalia de ojo por ojo entre las dos principales economías del mundo que tenían un montón de sectores entrelazados con cadenas de suministro percibidas como amenazas. Si bien algunos criticaron la naturaleza beligerante de la decisión de Trump, burlándose de su autodesignación como un «hombre de los aranceles», la verdad es que tanto las administraciones demócratas como las republicanas reconocieron durante mucho tiempo que era necesario tomar medidas para obligar a China a alinearse con sus obligaciones en el marco de la Organización Mundial del Comercio (esta era la posición americana). Como indicación de este consenso bipartidista, es notable que los aranceles no se eliminaron cuando Biden asumió el cargo, ni mucho menos. Además al no rescindir los aranceles de la era Trump , la decisión de la administración Biden de cortar aún más el acceso de China a los semiconductores es una forma de “armarse” y reivindicar papel central de Estados Unidos en la economía global , todo con el propósito de competir entre las grandes potencias.

2- En segundo lugar, la pandemia del coronavirus. Debido a las diversas restricciones de viaje, así como a los cierres en los puertos, tanto en China como en los EE. UU., en respuesta a la pandemia, las cadenas de suministro de la economía mundial se vieron gravemente estresadas. Este fue el factor inicial que contribuyó a la inflación mundial inicialmente, ya que la demanda se desplazó hacia los bienes de consumo cuando la capacidad de los fabricantes para satisfacerla se vio limitada. La capacidad de propagación del coronavirus fue en sí misma producto de una mayor interconexión económica, exacerbada aún más por la incapacidad de EE. UU. y China para cooperar en la respuesta debido a las tensiones entre ellos.

3- Las cadenas de suministro comenzaron a recuperarse a fines de 2021 y principios de 2022, solo para verse afectadas por el tercer factor que tensa la economía mundial: la guerra en curso en Ucrania. Debido a que involucra a Rusia, que es un importante productor de energía, y Ucrania, que es un importante proveedor de trigo, la guerra asestó un doble golpe a la economía mundial. Tales interrupciones son de esperarse de una gran guerra de todos modos, pero el hecho de que los países occidentales estén desplegando el arma económica de las sanciones contra Rusia, particularmente las exportaciones de energía rusas , exacerba el problema. Sumado esto a las decisiones del mercado de la energía de la OPEP solo se tensó más aún el suministro de energía.

De hecho, las interrupciones en el suministro de energía solo subrayan el desafío de depender de las sanciones como una forma de coerción. Se basan en la voluntad de aceptar la autolesión de cortar el intercambio económico para hacer un punto o inducir un cambio de política sobre un tema considerado de importancia crítica. Pero, ¿cuánto tiempo se puede sostener la autolesión actual?

Quizá de forma indefinida, pero eso podría tener como consecuencia la alteración irreversible de la economía mundial, provocando tal vez su bifurcación en dos bloques que comprendan Estados Unidos, Europa y Japón por un lado y Rusia, China e India por el otro. ¿Se recuperará la economía mundial? Es posible. Para cuando termine la guerra en Ucrania, también puede haber una disipación de las tensiones entre Estados Unidos y China. Pero igual de probable es que estemos en la cúspide de un colapso irreversible en la economía global, uno que podría durar décadas. Atrás quedaron los días felices de «capital sin restricciones» y «fronteras abiertas». La edad de oro de la globalización económica se ha ido.

Sobre el PCCh y la República Popular de China.

El ascenso de Xi Jinping.

 Muchos observadores de China consideran que la institucionalización es la clave para la estabilidad política de China en el nivel de élite desde la década de 1980.  Andrew Nathan identificó la institucionalización de las transiciones de poder como una de las principales razones detrás de la adaptación de China aún manteniendo estructuras que según estándares occidentales son autoritarias.  Sin embargo, como ha señalado Joseph Fewsmith, lo que los académicos chinos definen como instituciones políticas en China no son más que normas políticas. Desde la era de Deng Xiaoping, estas normas han sido elaboradas y custodiadas por figuras importantes del Partido Comunista Chino (PCCh), que son la principal fuerza estabilizadora dentro del Partido.

 Estas personas son líderes nacionales jubilados que siguen siendo políticamente influyentes a través de sus redes y protegidos. Históricamente, han jugado un papel importante en la política china al mediar en los conflictos de élite, forjar un consenso entre facciones y establecer la dirección de la política. Desempeñaron un papel vital en los asuntos de personal mediante la promoción de seguidores, la designación de sucesores e incluso la destitución del máximo líder.

La primera generación de este tipo de élite política surgió durante la década de 1980.  Eran los camaradas de Mao que fueron purgados durante la Revolución Cultural y luego revividos por Deng Xiaoping y Hu Yaobang. Entre ellos, las ocho figuras más poderosas, conocidas como los Ocho Inmortales, disfrutaban de una influencia política inigualable. Estos adultos mayores jugaron un papel esencial en la configuración de las políticas económicas durante la década de 1980.

Dos políticos de este tipo en particular, el conservador Chen Yun y el reformador Deng Xiaoping, lideraron la lucha por el futuro de China entre una economía planificada con un mercado como complemento y una economía de mercado socialista. Hu Yaobang, el secretario del PCCh durante este período, se quejó de estar atrapado entre los dos líderes antiguos del partido al tiempo que enfrentaba las quejas de Li Xiannian, posiblemente el tercero más poderoso de China, de que Hu solo siguió a Chen y Deng mientras ignoraba a Li.

Durante los turbulentos cinco años entre 1987 y 1992, la política de alto nivel alcanzó una nueva dimensión: los altos cargos, especialmente Deng Xiaoping, desempeñaron el papel de creadores y destructores estructuras de poder en el partido.  Destituyeron a dos secretarios del partido debido a lo que percibieron como “errores políticos” antes de traer a Jiang Zemin, el secretario del partido de Shanghái, a Beijing.

 Al enfrentarse a las protestas estudiantiles de diciembre de 1986, Hu Yaobang adoptó un enfoque conciliador.  Creía que en lugar de suprimir el movimiento, la dirección del partido debería abordar las preocupaciones de los estudiantes y buscar una reforma democrática. Sin embargo, Deng y otros veteranos consideraron que Hu “no era lo suficientemente enérgico” para contrarrestar este liberalismo burgués inmerso en ese movimiento.  Después de varias reuniones en la casa de Deng, obligaron a Hu a renunciar.

 Después de la caída en desgracia de Hu, Deng y los líderes del partido tuvieron que elegir a su sucesor.  Dos candidatos se destacaron para el próximo secretario general del PCCh: el primer ministro de mentalidad liberal Zhao Ziyang y Deng Liqun (sin relación con Deng Xiaoping), un conservador obstinado y uno de los mejores teóricos políticos del PCCh respectivamente.  A Deng Xiaoping le preocupaba que Deng Liqun pudiera poner en peligro el proceso de reforma económica.  Después de recibir una carta de crítica, Deng Xiaoping decidió despedir a Deng Liqun de todos sus cargos, una medida que recibió el consentimiento de los conservadores como Bo Yibo y Chen Yun.  La caída de Deng Liqun allanó el camino para la ascensión de Zhao Ziyang.

Al final, sin embargo, Zhao compartió un destino similar al de su predecesor.  Durante las protestas de Tiananmen en 1989, Zhao apoyó un enfoque conciliador hacia los manifestantes y se opuso con vehemencia a cualquier forma de represión, lo que contradecía el enfoque de mano dura de Deng.  Cuando Zhao admitió ante el público que Deng aún tomaba todas las decisiones importantes, Deng lo vio como una traición personal y lo arrojó fuera de la arena política.  En última instancia, Deng y otros líderes de alto rango depusieron a Zhao por “dividir el partido” y lo pusieron bajo arresto domiciliario por el resto de su vida.

Tras la caída de Zhao, eligieron al secretario del Partido de Shanghái, Jiang Zemin, como el próximo líder, debido a su hábil manejo de las protestas estudiantiles en Shanghái.  Jiang era una figura aceptable tanto para los conservadores como para los reformadores. La demostración final de Deng de su influencia política fue su gira por el sur en 1992. Después de la protesta de Tiananmen y la sangrienta represión, muchos conservadores dentro del PCCh creían que la reforma económica había provocado el caos político.  Por lo tanto, la prioridad nacional pasó de la reforma económica a la lucha política.  En su discurso sobre el 70° aniversario del PCCh en 1991, Jiang declaró que “la lucha de clases existirá en China durante mucho tiempo”.  Hizo hincapié en la importancia de las campañas ideológicas, especialmente la lucha contra la «evolución pacífica» y la «liberalización burguesa».  Después del discurso, muchos observadores afirmaron que Jiang podría asaltar, incluso destruir, la naciente economía de mercado de China.  Por lo tanto, Deng creía que debía tomar medidas para evitar que Jiang y los conservadores revirtieran el proceso de “reforma y apertura”.

Durante el invierno de 1992, Deng recorrió la Zona Económica Especial de Shenzhen y pronunció un discurso en el que amenazó a Jiang, diciendo que “quien se negara a reformar renunciara”.  Según Li Rui, que estaba estrechamente relacionado con el centro de poder, Deng estaba tan preocupado por la trayectoria de la reforma que incluso había decidido deponer a Jiang.  Sin embargo, otros líderes de alto nivel como Chen Yun, Li Xiannan y Bo Yibo lo detuvieron.  Según los informes, Bo le dijo a Deng: “Derrotaste a Hua Guofeng, Hu Yaobang y Zhao Ziyang;  no puedes hacerlo a tu manera más de tres veces”.  Deng estuvo de acuerdo, pero Jiang entendió el mensaje.  Un año después, Jiang anunció que el camino de la reforma y la apertura “no deben cambiar en mucho tiempo”.

 El legado político final de Deng fue designar a un joven Hu Jintao como sucesor de Jiang, lo que inició la tradición de que un alto líder retirado designara al sucesor del líder actual. Entre 1992 y 1995, Jiang Zemin consolidó silenciosamente su poder cuando fallecieron importantes miembros influyentes.  Luchó contra sus principales oponentes políticos, Qiao Shi y Li Ruihuan. En 2002, demostró su poder al expandir el Comité Permanente del Politburó y llenarlo con sus protegidos, en particular, su confidente a largo plazo Zeng Qinghong.  La expansión aseguró que Jiang mantuviera su influencia política después de su retiro.  Jiang aprovechó su influencia para fomentar un entorno político relativamente abierto y una ola de reformas políticas a mediados de la década de 2000.  El ascenso de Xi Jinping como sucesor de Hu Jintao también fue decisión de Jiang.

 Mientras tanto, Hu fue considerado un líder débil que gobernó bajo la sombra de Jiang.  No pudo consolidar el poder de manera efectiva como Jiang, tuvo problemas para controlar el Ejército Popular de Liberación que apoyaba a Jiang y ni siquiera recibió el título de «núcleo de liderazgo».  La debilidad de Hu se demostró aún más cuando no logró promover a su protegido y jefe del Departamento de Organización, Li Yuanchao, al Comité Permanente del Politburó en 2012.

 La consolidación del poder de Xi fue el resultado del consenso entre los principales líderes.  Muchos veteranos creían que el estilo de liderazgo de «primero entre iguales» de Hu había obstaculizado la implementación de políticas porque el poder estaba demasiado fragmentado.  Pensaron que China necesitaba un líder superior más «presidencial» con poder centralizado para impulsar reformas difíciles.  También concluyeron del caso de Bo Xilai que un liderazgo débil condujo a una corrupción desenfrenada y a la lucha por el poder de las élites. Por lo tanto, como argumentó Fewsmith, los veteranos apoyaron la consolidación del poder de Xi y la campaña anticorrupción.  Tanto Cheng Li como Fewsmith han señalado que Xi debe haber obtenido la aprobación de Jiang Zemin y otros altos cargos de la facción de Jiang para purgar al resto.  Sin embargo, los veteranos ciertamente no esperaban que la consolidación del poder de Xi llegara tan lejos, con Xi derribando a todos los rivales políticos, independientemente de su origen faccional.

Hoy, China está en una nueva era.  Por primera vez desde 1978, China no tiene un alto cargo que pueda limitar a Xi. Jiang Zemin tiene 96 años y se rumorea que tiene graves problemas de salud;  su ausencia de la celebración del centenario del PCCh confirmó estos rumores.  Hu Jintao nunca fue una figura poderosa, y su influencia disminuyó aún más después de que Xi eliminó a muchos miembros de la facción de la Liga de la Juventud Comunista, la base de poder tradicional de Hu.  Otros veteranos, como Zeng Qinghong y Wen Jiabao, han mantenido un perfil bajo para evitar la campaña anticorrupción.  La enmienda constitucional de Xi en 2018, allanando el camino para su tercer mandato entrante como secretario general del PCCh y presidente de China, demuestra que ninguna figura importante puede limitar el intento de Xi de obstruir las normas del partido.

Aquí podemos observar un claro caso de concentración del poder en la persona de Xi en perjuicio de élites del partido que equilibran el sistema. Ahí la campaña anticorrupción es una forma de segar intermediarios entre la autoridad de Xi Jinping y el resto.

¿Qué significa la falta de contrapesos y faccionalismo para la política china?

 El caso de la alta política en Meiji Japón sirve como una comparación útil.  Los ancianos japoneses (genro) fueron héroes de la Restauración Meiji.  Su influencia en la política comenzó en 1892 cuando el grupo genro eligió un nuevo primer ministro tras la repentina partida del primer ministro Matsukata Masayoshi.  El genro compartió un papel político similar a los veteranos de la revolución  en China.  Primero, mantuvieron el poder de seleccionar primeros ministros para garantizar la estabilidad durante la transición de poder.  En segundo lugar, se ubicaron por encima de los estrechos intereses burocráticos y partidistas para guiar las políticas internas y externas basadas en objetivos nacionales.  En tercer lugar, ajustaron la diferencia entre los partidos políticos, la burocracia y las fuerzas armadas para mantener el control centralizado y no romper la unidad de mando y generar un gran faccionalismo que destruya el sistema.

 El grupo genro desapareció de la política japonesa en la década de 1920 debido a su edad.  Como resultado, la política japonesa cayó en un profundos cambios.  Oficiales militares tomaron el poder tras la partida de Genro mediante golpes de estado y aplicaron políticas exteriores agresivas, que el grupo de Genro aborrecía.  El poder sin control del gobierno militar llevó a Japón a ser más osado.

 El paralelo no es exacto, por supuesto y de ninguna forma esto necesariamente debe ocurrir en China.  El EPL ciertamente no está en condiciones de tomar el poder;  de hecho, Xi ha fortalecido el control del PCCh sobre este.  Sin embargo, los veteranos proporcionaron un control adicional sobre el líder superior tras la muerte de Mao.  También evitaron cualquier desviación política de la reforma y la apertura en los últimos 40 años.  Además, estabilizaron el proceso de toma de decisiones al proteger las normas políticas.  Sin personas mayores, Xi podría cometer el error de aplicar políticas extremas con un poder sin control.  Las políticas exteriores nacionalistas y la política de cero-COVID solo confirman este peligro.

El golpe de timón de Xi Jinping.

En la era posterior a la Guerra Fría, el mundo occidental no ha sufrido escasez de grandes teorías de la historia y las relaciones internacionales. Los escenarios y los actores pueden cambiar, pero el drama geopolítico global continúa: las variantes del realismo y el idealismo liberal compiten para explicar y predecir el comportamiento de los Estados los académicos debaten si el mundo está presenciando el fin de la historia, un choque de civilizaciones o algo completamente diferente. Y no sorprende que la pregunta que ahora atrae más atención analítica que cualquier otra sea el ascenso de China bajo el presidente Xi Jinping y el desafío que representa para el poder estadounidense. En el período previo al XX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino (PCCh), mientras Xi ha maniobrado para consolidar su poder y asegurar un tercer mandato sin precedentes.

Sin embargo, un importante cuerpo de pensamiento ha estado ausente en gran medida de esta búsqueda de comprensión: el marxismo-leninismo. Esto es extraño porque el marxismo-leninismo ha sido la ideología oficial de China desde 1949. Pero la omisión también es comprensible, ya que hace mucho tiempo que la mayoría de los pensadores occidentales consideraron que la ideología comunista estaba efectivamente muerta, incluso así lo creen al respecto China, donde, a fines de la década de 1970, el PCCh El líder Deng Xiaoping dejó de lado la ortodoxia marxista-leninista de su predecesor, Mao Zedong, en favor de algo más parecido al socialismo de Estado. Deng resumió sus pensamientos sobre el asunto con la franqueza característica: Bu zhenglun,“Prescindamos de la teoría”, dijo a los asistentes a una importante conferencia del PCCh en 1981. Sus sucesores, Jiang Zemin y Hu Jintao, siguieron su ejemplo, expandiendo rápidamente el papel de la producción tutelada por el Estado en la economía nacional china y adoptando una política exterior que maximizaba la participación de China en un orden económico global liderado por los Estados Unidos.

Xi ha puesto fin a esa era de gobierno pragmático y no ideológico según algunos. En su lugar, según los críticos ha desarrollado una nueva forma de nacionalismo marxista que ahora da forma a la presentación y la sustancia de la política, la economía y la política exterior de China. Al hacerlo, Xi no está construyendo castillos en el aire teóricos para racionalizar decisiones que el PCCh ha tomado por otras razones más prácticas. Bajo Xi, la ideología impulsa la política. Según a su vez los críticos favorables a las aperturas de Deng Xi ha llevado la política a la izquierda leninista (control férreo del partido), la economía al intervencionismo más feroz (como si esto no hubiera ocurrido incluso en época de Deng) y la política exterior a un multilateralismo alternativo al americano.

Reafirmó así Xi la influencia y el control que ejerce el PCCh sobre todos los dominios de la política pública y la vida privada, revitalizó las empresas estatales e impuso nuevas restricciones al sector privado. Mientras tanto, ha avivado el nacionalismo mediante la aplicación de una política exterior más activa, impulsada por una creencia de inspiración marxista de que la historia está irreversiblemente del lado de China y que un mundo anclado en el poder chino produciría un orden internacional más justo. En resumen, el ascenso de Xi ha significado nada menos que el regreso del Hombre Ideológico que creyeron muerto en el mundo unipolar.

Estas tendencias ideológicas no son una vuelta a la era de Mao. La cosmovisión de Xi es más compleja que la de Mao, mezclando pureza ideológica con pragmatismo tecnocrático. Los pronunciamientos de Xi sobre la historia, el poder y la justicia pueden parecer impenetrables o irrelevantes para las audiencias occidentales. Pero Occidente ignora los mensajes ideológicos de Xi bajo su propio riesgo. No importa cuán abstractas y desconocidas puedan ser sus ideas, están teniendo profundos efectos en el contenido del mundo real de la política china y la política exterior y, por lo tanto, a medida que continúa el ascenso de China, en el resto del mundo.

Como todos los marxista-leninistas, Xi basa su pensamiento en el materialismo histórico (un enfoque de la historia centrado en la inevitabilidad del progreso a través de la lucha de clases en curso) y el materialismo dialéctico (un enfoque de la política que se centra en cómo se produce el cambio cuando las fuerzas contradictorias chocan y se resuelven). En sus escritos publicados, Xi despliega el materialismo histórico para ubicar la revolución china en la historia mundial en un contexto en el que el avance de China hacia una etapa más avanzada del socialismo necesariamente acompaña el declive de los sistemas capitalistas. A través de la lente del materialismo dialéctico, retrata su agenda como un paso adelante en una contienda cada vez más intensa entre el PCCh y las fuerzas reaccionarias internas (un sector privado arrogante, organizaciones no gubernamentales con influencia occidenta, etc.).

Estos conceptos pueden parecer abstrusos y arcanos para quienes están fuera de China. Pero las élites del PCCh, los altos funcionarios chinos y muchos de los académicos en relaciones internacionales que asesoran al gobierno los toman en serio. Y los escritos publicados de Xi sobre teoría son mucho más extensos que los de cualquier otro líder chino desde Mao. El PCCh también se basa en los tipos de asesoramiento económico y estratégico que suelen guiar a los sistemas políticos occidentales. Pero dentro del sistema chino, el marxismo-leninismo todavía sirve como cabecera ideológica de una visión del mundo que coloca a China en el lado correcto de la historia y retrata a Estados Unidos luchando en medio del inevitable declive capitalista, consumido por sus propias contradicciones políticas internas. y destinado a caer en el camino. Eso, en opinión de Xi, será el verdadero final de la historia.

Bajo Xi, la ideología impulsa la política con más frecuencia que al revés según sus detractores. En 2013, apenas cinco meses después de su nombramiento como secretario general del partido, Xi pronunció un discurso ante la Conferencia Central sobre Ideología y Propaganda, una reunión de los principales líderes del partido en Beijing. El contenido del discurso no se informó en ese momento, pero se filtró tres meses después y lo publicó China Digital Times. El discurso ofrece un retrato sin filtros de las convicciones políticas más profundas de Xi. En él, se detiene en los riesgos de la decadencia ideológica que condujo al colapso del socialismo soviético, el papel de Occidente en el fomento de la división ideológica dentro de China y la necesidad de reprimir todas las formas de disidencia. “La desintegración de un régimen a menudo comienza desde el área ideológica”, dijo Xi. “El malestar político y el cambio de régimen pueden ocurrir de la noche a la mañana, pero la evolución ideológica es un proceso a largo plazo”, continuó, advirtiendo que una vez que “se rompen las defensas ideológicas, otras defensas se vuelven muy difíciles de sostener”. Pero el PCCh “tiene la justicia de nuestro lado”, aseguró a su audiencia, alentándolos a no ser “evasivos, tímidos o con moderación en nuestras palabras” al tratar con los países occidentales, cuyo objetivo es “competir con nosotros por los campos de batalla de los pueblos”. corazones y para las masas, y al final derrocar al liderazgo del PCCh y del sistema socialista de China”.

Esto significó tomar medidas enérgicas contra cualquiera que “albergara la disidencia y la discordia” y exigir que los miembros del PCCh demuestren lealtad no solo al partido sino también a Xi personalmente. Lo que siguió fue una “limpieza” interna del PCCh, lograda mediante la purga de cualquier oposición política o institucional percibida, en gran parte a través de una campaña anticorrupción de una década que había comenzado incluso antes del discurso. Una “campaña de rectificación” provocó otra ronda de purgas en el aparato de asuntos políticos y legales del partido. Xi también reafirmó el control del partido sobre el Ejército Popular de Liberación y la Policía Armada Popular y centralizó los sistemas de ciberseguridad y vigilancia de China. Finalmente, en 2019, Xi presentó una campaña de educación en todo el partido titulada “No olvides el propósito original del partido, ten en cuenta la misión. Según un documento oficial que anuncia la iniciativa, su objetivo era que los miembros del partido “ganaran aprendizajes teóricos y se bautizaran en ideología y política”. Hacia el final de su primer mandato, quedó claro que Xi buscaba nada menos que transformar al PCCh en algo que diría uno peyorativamente como más ideologizado (quizá como estrategia de centralización política y de inspirar lealtad bajo un ethos revitalizado).

En contraste con esos movimientos inmediatos hacia una disciplina más leninista en la política interna, el cambio a la ortodoxia teórica en la política económica bajo Xi ha sido más gradual. La gestión económica ha sido durante mucho tiempo el dominio de los tecnócratas que sirven en el Consejo de Estado, el gabinete administrativo de China. Los intereses personales de Xi también radican más en la historia del partido, la ideología política y la gran estrategia que en los detalles de la gestión financiera y económica. Pero a medida que el aparato del partido afirmaba cada vez más el control de los departamentos económicos del estado, los debates políticos de China sobre los roles relativos del estado y el mercado se volvieron cada vez más ideológicos. Xi también perdió progresivamente la confianza en la economía de mercado tras la crisis financiera mundial de 2008 y la crisis financiera interna de China de 2015.

La trayectoria de la política económica de China bajo Xi, desde un consenso en apoyo de las reformas del mercado hasta la adopción de una mayor intervención del partido y del estado (que nunca estuvo fuera de la ecuación), ha sido, por lo tanto, desigual, cuestionada y, en ocasiones, contradictoria. De hecho, a fines de 2013, menos de seis meses después del sermón revivalista de Xi sobre ideología y propaganda, el Comité Central del PCCh (los varios cientos de líderes principales del partido) adoptó un documento notablemente reformista sobre la economía, titulado crudamente “La decisión. ” Esbozaba una serie de medidas políticas que permitirían que el mercado jugara “el papel decisivo” en la asignación de recursos en la economía. Pero la implementación de estas políticas se detuvo en 2015. En el XIX Congreso del Partido del PCCh, en 2017, Xi anunció que, en el futuro, el desafío ideológico central del partido sería rectificar el “desarrollo desequilibrado e inadecuado” que había surgido durante el período de “reforma y apertura” de los cambios de política basados ​​en el mercado que Deng había inaugurado a fines de la década de 1970.

 En un discurso poco conocido publicado en el diario ideológico del partido en 2021, Xi desafió la definición de Deng de “la etapa primaria del socialismo” y la creencia de Deng de que China tendría que soportar la desigualdad durante cientos de años antes de lograr la prosperidad para todos. En cambio, Xi elogió una transición más rápida a una fase superior del socialismo y declaró que “gracias a muchas décadas de arduo trabajo, [este] es un período que marca un nuevo punto de partida para nosotros. Xi rechazó el gradualismo de Deng y la idea de que China estaba condenada a un futuro indefinido de desarrollo imperfecto y desigualdad de clases. A través de una adhesión más rigurosa a los principios marxistas, prometió, China podría lograr tanto la grandeza nacional como una mayor igualdad económica en un futuro no muy lejano.

Tal resultado dependería de que los comités del partido aumentaran su influencia en las empresas privadas al desempeñar un papel más importante en la selección de la alta gerencia y la toma de decisiones críticas de la junta. Y a medida que el estado chino comenzó a asegurar acciones en empresas privadas, el estado también alentaría a los empresarios exitosos a invertir en empresas estatales, mezclando el mercado y el estado en un grado cada vez mayor.

Mientras tanto, los planificadores económicos del PCCh tendrían la tarea de diseñar una “economía de doble circulación”, lo que en realidad significaba que China se volvería cada vez más autosuficiente en todos los sectores de la economía, mientras que las economías del mundo se volverían cada vez más dependientes de China. Y a fines de 2020, Xi presentó un enfoque para la redistribución de ingresos conocido como la «agenda de prosperidad común», a través del cual se esperaba que los ricos redistribuyeran fondos «voluntariamente» a programas favorecidos por el estado para reducir la desigualdad de ingresos. A fines de 2021, estaba claro que la era de «reforma y apertura» de Deng estaba llegando a su fin. En su lugar se levantó una nueva ortodoxia económica estatista, aún cuando el Estado nunca dejó de planificar realmente en China, solo permitió que las empresas privadas tuteladas por el partido gestionarán los pormenores de la producción mientras el partido tutelaba y definió los objetivos generales.

La política exterior de Xi Jinping:

El impulso de Xi hacia una economía política según algunos más dirigista y ortodoxa ha ido acompañado de su adopción de una forma de nacionalismo económico alimentando una asertividad en el extranjero que ha reemplazado la cautela tradicional y la aversión al riesgo que fueron los sellos distintivos de la política exterior de China durante la era Deng. El reconocimiento de Xi de la importancia del nacionalismo fue evidente al principio de su mandato. “En Occidente hay gente que dice que China debería cambiar el ángulo de su propaganda histórica, que ya no debería hacer propaganda sobre su historia de humillación”, señaló en su discurso de 2013. “Pero como yo lo veo, no podemos prestar atención a esto; olvidar la historia significa traición. La historia existe objetivamente. La historia es el mejor libro de texto. Una nación sin memoria histórica no tiene futuro”. Inmediatamente después de que Xi asumiera como secretario general del PCCh en 2012.

En los años transcurridos desde entonces, el concepto de “el gran rejuvenecimiento de la nación china” se ha convertido en la pieza central de la visión nacionalista de Xi. Su objetivo es que China se convierta en la potencia asiática y global preeminente para 2049. En 2017, Xi identificó una serie de puntos de referencia cuantitativos que el país debe alcanzar para 2035 en el camino hacia ese estado, incluido convertirse en una «economía desarrollada de nivel medio». y haber “básicamente completado la modernización de la defensa nacional de China y sus fuerzas armadas”. Para capturar y codificar su visión, Xi introdujo o destacó una serie de conceptos ideológicos que colectivamente autorizan el enfoque nuevo y más firme de China. El primero de ellos es el “poder nacional integral” ( zonghe guoli), que el PCCh utiliza para cuantificar el poder combinado militar, económico y tecnológico de China y su influencia en la política exterior. Mientras que este concepto fue utilizado por los predecesores de Xi, solo Xi fue lo suficientemente audaz como para afirmar que el poder de China ha crecido tan rápidamente que el país ya “ha entrado en las filas líderes del mundo”.

Xi también ha hecho hincapié en los rápidos cambios en “el equilibrio de fuerzas internacional” ( guoji liliang duibi ), que se refiere a las comparaciones oficiales que utiliza el partido para medir el progreso de China para alcanzar a Estados Unidos y sus aliados. La retórica oficial del PCCh también presenta referencias a la creciente “multipolaridad” ( duojihua) en el sistema internacional y al aumento irreversible del poder de China. Xi también ha rehabilitado un aforismo maoísta que elogia “el ascenso de Oriente y el declive de Occidente” ( dongsheng xijiang ) como un eufemismo para que China supere a Estados Unidos.

El elogio público de Xi por el creciente poder nacional de China ha sido mucho más agudo y expansivo que el de sus predecesores. En 2013, el PCCh abandonó formalmente la “orientación diplomática” tradicional de Deng, que data de 1992, de que China debería “ocultar su fuerza, esperar el momento oportuno y nunca tomar la iniciativa”. Xi usó el Informe del Congreso del Partido de 2017 para describir cómo China había promovido su “poder nacional económico, científico, tecnológico, militar e integral” hasta el punto de que ahora había “entrado en las filas líderes del mundo”, y eso debido a un aumento sin precedentes en la posición internacional de China, “la nación china, con una postura completamente nueva, ahora se mantiene erguida y firme en el Este”.

Teoría y práctica.

Lo que más les importa a quienes miran con recelo el ascenso de China es cómo se han puesto en práctica estas formulaciones ideológicas cambiantes. Las declaraciones doctrinales de Xi no son solo teóricas, también son operativas. Han sentado las bases para una amplia gama de medidas de política exterior que habrían sido inimaginables bajo líderes anteriores. China se ha embarcado en una serie de reclamos de islas en el Mar de China Meridional y las ha convertido en guarniciones, ignorando las garantías formales anteriores de que no lo haría. Bajo Xi, el país ha llevado a cabo ataques con misiles de fuego real a gran escala alrededor de la costa de Taiwán, simulando un bloqueo marítimo y aéreo de la isla, algo que los regímenes chinos anteriores se abstuvieron de hacer a pesar de tener la capacidad de hacerlo como contramedida al apoyo de Washington a Taiwán. Xi ha intensificado el conflicto fronterizo de China con India a través de repetidos enfrentamientos fronterizos y mediante la construcción de nuevas carreteras, aeródromos y otras infraestructuras relacionadas con el ejército cerca de la frontera, aún cuando Estados Unidos también ha intentado cerrar a China al Este con Japón y Corea del Sur, al Oeste por la India. En ese sentido China ha adoptado una nueva política de coerción económica y comercial contra los estados cuyas políticas ofenden a Beijing y que son vulnerables a la presión china como forma de poder blando.

China también se ha vuelto mucho más agresiva para perseguir a los críticos en el extranjero según algunos, quizá para evitar golpes internos planeados desde fuera. En julio de 2021, Beijing anunció por primera vez sanciones contra personas e instituciones occidentales que hayan tenido la temeridad de deslegitimar al régimen de China.

Las creencias ideológicas de Xi han comprometido a China con el objetivo de construir lo que Xi describe como un sistema internacional “más equitativo y equilibrado”, uno anclado en el poder chino en lugar del estadounidense y que refleje normas más consistentes con su perspectiva del mundo. Por esa razón, China ha presionado para despojar a las resoluciones de la ONU de todas las referencias a los derechos humanos universales y ha creado un nuevo conjunto de instituciones internacionales centradas en China, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y la Organización de Cooperación de Shanghái, para rivalizar y eventualmente reemplazar a los dominados por Occidente. Una búsqueda de un mundo “más justo” en sus términos también da forma a la promoción de China de su propio modelo de desarrollo nacional en todo el Sur global como una alternativa al “consenso de Washington” de gobierno democrático.

Estos cambios en la política exterior y de seguridad de China fueron señalados con mucha anticipación por cambios anteriores en la línea ideológica de Xi. Usando lo que las audiencias occidentales podrían ver como oscuros y teóricos galimatías, Xi le ha comunicado al partido un mensaje claro: China es mucho más poderosa que nunca, y tiene la intención de usar este poder para cambiar el curso de la historia.

Sobre España: Evolución histórica y nuestro presente en marcha.

Si tuviera que definir tres factores que determinan la existencia de un Estado y que España debería contemplar, sería en primer lugar la defensa del territorio sobre el que mantiene jurisdicción, la continuidad biológica de sus habitantes y la pericia diplomática, militar y de disuasión para asegurar su seguridad y existencia a largo plazo en el orden internacional, sumado todo esto al buen orden interno.

En este sentido, cualquier cesión regionalista a élites regionales a intereses particularistas debe ser entendida como una amenaza de seguridad, como una reminiscencia reaccionaria a la constitución de un Estado premoderno repleto de jurisdicciones intermedias entre el Rey (que representaba al Estado) y los gobernados. Traído esto a nuestro mundo contemporáneo, como una fuerza centrífuga que disuelve el poder, prestigio y hegemonía del centro o Estado. También como una tendencia de una élite que a priori disfruta de una unidad en la estructura de toma de decisiones por delegar cierta actividad de gobernanza a poderes intermedios, ya sea por debilidad o por vicisitudes procedimentales internas. Siendo, en mi opinión la descentralización únicamente una opción cuándo el conocimiento localizado es un valor para conseguir los fines y los planes y programas del Estado. La aceptación de este hecho por parte de las élites españolas por cuestiones románticas es quizá uno de los principales problemas en la actualidad.

Obviamente, como ha ocurrido muchas veces en la historia, dichas fuerzas centrífugas han disuelto Imperios, Estados, Repúblicas y Reinos con una aparente fortaleza. Esto es difícil de entender para quién se encuentra seducido por movimientos separatistas/regionalistas, que son tratados, por nuestras democracias (de partidos) como opciones legítimas aún cuando suponen un menoscabo de la idea de democracia, que presupone la igualdad (formal y jurídica en un sentido liberal) y la homogeneidad interna como principios básicos fundantes de la holización de las naciones europeas que adoptaron el liberalismo (igual ocurre con la deriva multiculturalista que niega dicha homogeneidad europea aunque no es el tema en cuestión ahora).

En este sentido, el liberalismo occidental (a pesar de ser un hábil centralizador), ha privilegiado la particularidad como una extensión de la tolerancia y la pluralidad política por encima del proyecto unificador, holizador y homogeneizador, que al parecer, será a su vez la causa de su propia destrucción al permitir intermediarios entre el Estado y el gobernados, privilegiando a nivel regional poderes subsidiarios, restituyendo una especie de sistema compuesto premoderno en la modernidad de nuestro presente en marcha.

Dicho proceso homogenizador, quizás se podría decir que comenzó antes que el propio liberalismo con la ambición de los reyes absolutistas por su afán de recoger más y más fuerzas de las naciones que gobernaban, algo que sin una unificación legislativa, un asentamiento de su poder coercitivo, proteccionismo hacía el exterior, unidad de mercado (con la eliminación de jurisdicción civil y mercantil local) y su unidad jurisdiccional con la vigencia del derecho real en todo el territorio frente al derecho particular, era imposible.

El estado absolutista sería heredado y continuados por los liberales decimonónicos en España, con la limitación evidente del carlismo como fuerza reaccionaria que quería mantener características de organización típicas de un Estado compuesto (ni absolutista), que con este proceso, en algunas naciones canónicas occidentales recogieron el suficiente poder para seguir existiendo.

Esta contradicción entre la tolerancia liberal, y su práctica homogeneizante ha podido mantenerse mientras se ha podido nutrir de un material humano, el europeo, abundante, homogéneo y superior (por mejor organizado, regimentado y tecnificado) en número a cualquier otro en el planeta. El viejo continente era tan fecundo que daba para repoblar otras latitudes y desangrarse cada veinte años en una guerra fratricida. Pero las circunstancias han dado un giro radical: no solamente Europa está en pleno declive demográfico como nunca lo ha estado.

Sin embargo, las amenazas a día de hoy para España, nuestro país teniendo en cuenta el contexto son evidentes se encuentra en un contexto de sumisión geopolítica a los Estados Unidos en cuestiones de defensa y política exterior, y de sumisión a la Unión Europea en lo que respecta a cuestiones de política económica, legislativa y monetaria, junto con una serie de mitos políticos ajenos a nuestros intereses que aquejan las propias élites españolas que abren un evidente frente interno.

-Sobre la idea de España:

Así pues, entre esos mitos el liberalismo político tiene como sujeto operatorio a un individuo universal y abstracto además de la relativización de España como nación política. Sin embargo, este individuo liberal aparece en una Europa decimonónica cuya población era ya homogénea entre naciones europeas si la comparamos con sus contemporáneos del resto de continentes. A pesar de la cercanía que existía entre los europeos del XIX (economía, religión, derecho, estética, filosofía, literatura, lenguas habladas por las élites, etc), los estados-nación del XIX, gracias al desarrollo del capitalismo industrial, imprimen una creciente homogeneización entre sus ciudadanos, llegando a finales del siglo XX a hacer desaparecer por primera vez en la Historia las diferencias entre el ámbito urbano y el rural en Europa occidental y a tener naciones bastante homogéneas la España de la Restauración no era muy distinta en este sentido.

España en ese sentido no cristalizó completamente como Estado Nación que había abandonado la forma de imperio dado que en el momento que perdió sus posesiones en ultramar de Cuba y Filipinas, empezaron a aquejarle serios problemas internos (con el permiso en tiempos pretéritos de las guerras carlistas y las guerras napoleónicas), las élites regionales con el nacimiento del nacionalismo catalán y vasco (como revanchas románticas al régimen liberal de la Restauración) y el terrorismo anarquista junto con las guerras en África, más por imposición de mantenimiento de la estabilidad en Marruecos que por interés de los políticos españoles. Esto dio lugar a un claro pretorianismo interno.

A su vez, surge el problema entre hispanismo y nacionalismo es quizá más relevante en la actualidad para los hispanoamericanos que para los españoles, aún cuando tanto los hispanos peninsulares como los americanos, se debaten entre su identidad nacional nueva p criolla y la herencia hispánica. Aunque esto no siempre ha sido así: En el caso español tenemos un problema respecto a la construcción nacional moderna (que en si es nacionalista e hispanista a la vez) y de la propia idea de España. 

En primer lugar tenemos un proceso de realización  de lo que sería la Hispanidad como idea, que es el culmen del Imperio español en los dos hemisferios, centrado en el elemento catolico como vertebrador de la comunidad hispana en los dos hemisferios. Luego tenemos en segundo lugar una reificación bajo la liberal decimonónica Constitución de Cádiz, que con el liberalismo español de la época de la era del liberalismo (Siglo XIX) va erosionando ese carácter hispanista y reforzando el carácter nacional para sufrir de nuevo una reorganización y alineación (síntesis hegeliana) en el nacional catolicismo que detesta por un lado el liberalismo por rechazar la Hispanidad y la catolicidad subyacente a esta, pero no rechaza a la idea de Estado-Nación que empezó a construir el liberalismo.

Si en España es complicado la cuestión de la identidad, imagínense en las naciones del continente americano, donde el proyecto de construcción nacional se da en oposición al hispanismo como idea universalista, teniendo que necesariamente desde el Estado crear una nación argentina,colombiana, mexicana, chilena, etc. etc. 

Esto se agrava bajo el hecho el hecho de que aunque el español como lengua universal era muy relevante los años antes de las independencias, para así crear una identidad nacional, la mayoría de las naciones hispanoamericanas “hispanizaron” su población, siendo así la identidad hispánica de los criollas la que aunque basada en el mito legitimador de la independencia contra el Imperio, también una potenciación de esta identidad en el ámbito lingüístico mismo.

Aquí hay una clara contradicción en tanto incluso el nacionalismo hispanoamericano que a priori parecería antihispanista, al menos a nivel político (por su aversión a la idea de Imperio universal), sin embargo, se dotó de la cultura hispánica y la utilizó como base para futuros desarrollos de construcción nacional.

Por otro lado, y en el terreno de la práctica, las naciones americanas, al menos en el contexto actual, implica que aunque ya no se puede restaurar una idea de hispanidad como sujeto político unitario, dado que podríamos decir que esto construiría un Imperio (no en el sentido leninista sino como extensión de territorio que domina a diversas naciones) algo diametralmente opuesto a la época actual que mantiene aún la primicia del Estado-Nación debilitado por las presiones globalizadoras, si se podrían o se pueden construir organismos de cooperación entre las potencias herederas de estas, con la previsible oposición de EEUU a una idea de integración regional hispanoamericana con una relación preferente con la Península. 

-Sobre el problema de España.

El “Problema de España”, en singular, es un problema vinculado con la unidad y la identidad de España: “¿Qué es España?” Como ven ustedes, esta pregunta necesita una respuesta desde la filosofía, no desde la política.

Con ello no queremos decir que el Problema de España sea un problema meramente teórico o contemplativo, como si fuese un problema metafísico. Se trata más bien de una cuestión práctica: el problema de España, como problema de su fractura, es el principal problema que está hoy día planteado en España a causa del desafío de los nacionalismos regionalistas y separatistas y de la posible disolución de España en Europa. Existen ciertas líneas-fuerza que pretenden definir la nueva identidad de España en cuanto parte formal de Europa. Hay que estar muy ciegos para no ver que el proyecto de unidad europea es cada día menos viable y ahí tenemos el Brexit y la nulidad que es Europa en los asuntos geopolíticos en un mundo que está dejando de ser unipolar para ser multipolar, con tres grandes potencias: Estados Unidos, China y Rusia, junto con una tesela de potencias regionales que reclaman su lugar en el mundo.

La llamada Unión Europea no es una plataforma continental con suficiente unidad para afrontar retos geopolíticos, sino más bien una biocenosis en la que durante siglos sus Imperios y naciones se han enfrentado a muerte.

A la idea de una Europa sublime, que es a la que aspiran nuestros políticos se enfrenta a la Europa realmente existente; no esa Europa imaginaria, sino una Europa sometida a los intereses geopolíticos y de confrontación con Rusia, que desempeña un papel relevante en la política de energía europea. Esta Europa real, material, es la que se somete a los dictados de EEUU cuando dice que hay que boicotear determinadas exportaciones e importaciones a Rusia. Pero no olvidemos que si Cataluña, País Vasco, Galicia y demás autonomías tienen interés histórico no es directamente, sino a través de España. Estas regiones poseen rasgos riquísimos e interesantísimos para la etnolingüística, para la antropología y para el folclore, pero no para la historia porque no tienen historia enteramente propia, la tienen a través de España.

Por eso resulta tan amenazante este europeísmo, porque pone en riesgo no solo la unidad sino sobre todo la identidad de España. Porque España no se agota en Europa aunque forma parte de ella, su contundente realidad histórica en el que por ejemplo, tiene a América.

Por tanto, vamos a resumir los puntos más importantes en este esquema:

1ª fase (VIII al XV): España nace con voluntad imperialista: los restos del Reino visigodo se agrupan en expansión global “obligada” contra el Islam. No olvidemos que, en esta primera fase, promovida bajo la norma de la “resistencia frente al invasor”, también se contiene la avanzada de los musulmanes hacia el interior del continente europeo y que, al mismo tiempo, el Reino de Oviedo tiene que frenar las intenciones expansivas de sus vecinos: Bernardo del Carpio, sobrino de Alfonso II, derrota en Roncesvalles a Roldán, el sobrino de Carlomagno, en 808.

2ª fase (fin del XV al XVIII): se produce el desbordamiento peninsular y la unidad de la sociedad española empieza a tomar forma de nación, pero no todavía en sentido político, sino como nación histórica. España continua en Europa su lucha contra el turco y aparece un nuevo antagonista al que tiene que enfrentar: el protestantismo junto con los intentos franceses de hegemonía continental, bastante claros en las biografías del Emperador Carlos y de Felipe II con sus continuas guerras con Francia, el turco y el protestante al mismo tiempo. Esto en el caso del protestante fue más por un interés de las posesiones en el Flandes español y el Sacro Imperio que por los propios intereses de la España Peninsular.

3ª fase (XIX y principios de XX): la nación histórica experimentará su metamorfosis en nación política estricta tras el primer desmembramiento del mismo imperio tras las guerras napoleónicas, construyendo un régimen liberal, que encontró fuertes resistencias en las denominadas guerras carlistas, junto con una revancha cuasi anárquica y federalista en la I República. Posteriormente habrá una segunda época de segundo liberalismo revisado con tendencias conservadoras y proteccionistas que colapsarían como producto dicho segundo liberalismo de una gran polarización política entre unas fuerzas de seguridad pretorianas que se volvieron garantes del orden público ante la incapacidad del poder civil, frente a posiciones anarquistas, socialistas y regionalistas que ejercían de factores de desestabilización.

4ª fase (principio de XX y segunda mitad de finales del XX). El auge de la política de masas entre los grupos antes indicados generaron que el sistema de la Restauración entrará en una espiral de militarización del orden público ante la debilidad de un poder civil, esto desembocaría en un régimen pretoriano bajo la dictadura de Primo de Rivera primero, y en una segunda vuelta tras la caótica II República en el régimen del general Franco, que aún en contra de tendencias nacionalistas de este, por razones de su anticomunismo, se producieron los acercamientos al atlantismo estadounidense sin alterar la estructura política.

5ª fase (finales XX y XXI o actualidad): La nación histórica española se subsume en un proceso de disolución interna en las estructuras atlantistas con su entrada definitiva en la OTAN, y en el disfuncional bloque geopolítico europeo tras la entrada de la Unión Europea, generando un proceso de endeudamiento extremo bajo el auspicio del Banco Central Europeo. Esto se produce junto con una crecida del separatismo en el contexto del régimen del 78, junto con un sistema descentralizado que deshace la nación por dentro hasta nuestro presente en marcha, creando identidades subestatales que generan identidades alternativas a la construida entre el Imperio y los regímenes pretorianos del siglo pasado.

Teniendo todo esto en cuenta, España como nación y como Estado, junto con su existencia efectiva como sujeto soberano seguramente se resolverá en el proceso de este siglo, con desencadenantes que a duras penas podemos prever. 

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